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Vivir con Conciencia de la Muerte

Ricardo Jiménez, Enero 2008 (Entrevista y reportaje realizado por Andrea Munizaga y Pamela Torres para la Revista Uno Mismo, pero finalmente no publicado)

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Todas las tradiciones espirituales y corrientes de la psicología profunda coinciden en señalar a la muerte como tema central, donde, por una parte se encuentra la matriz primordial que genera la totalidad de nuestros miedos y condicionamientos limitantes y, por otra parte, el umbral que de ser atravesado nos libera de la ilusión y posibilita descubrir nuestra verdadera esencia.

- ¿Qué es la muerte para las antiguas tradiciones espirituales?

El Budismo Tibetano es, sin lugar a dudas, la tradición que más exhaustivamente a explorado el misterio de la muerte y, sobre todo, su decisiva implicancia en la vida. Todo este bello y profundo conocimiento está magistralmente expuesto en la obra de Sogyal Rimpoché, “El libro Tibetano de la Vida y la Muerte”, generosamente escrito para occidentales.

En el Tibet los niños desde muy pequeños son invitados a participar de la despedida de sus seres cercanos, porque, en las palabras de propio Rimpoché: “Para la persona que se ha preparado y ha practicado, la muerte llega no como una derrota, sino como un triunfo, el momento más glorioso que corona toda la vida.”

Pero todos los maestros espirituales nos han estado constantemente recordando, desde distintas aproximaciones y énfasis, esta notable oportunidad: “Tomar a la muerte por consejera”, es la consigna del sabio indio Yaqui protagonista de la saga de Castaneda, para inducir a una existencia valerosa y cargada de propósito; “Hasta que no entiendas la muerte no te será posible entender la vida” nos dice el mismo Buda en su invitación a liberarnos de los apegos que generan el sufrimiento; “Sin comprender la muerte pueden ustedes pasarse la vida buscando lo desconocido y jamás lo encontrarán” recalca Krishnamurti en su implacable compromiso con la verdad; “Negando la muerte, la posibilidad de saber quienes somos mas allá del nombre y la forma, la dimensión trascendente desaparece de nuestras vidas porque la muerte es a puerta a esa dimensión” dicen los sutras de Eckhart Tolle para convocar el contacto con la esencia de nuestra alma; “La semilla debe morir para poder germinar”, nos recuerda el maestro Jesús señalando el camino hacia el Padre.

- ¿Qué enseñanza trae la muerte para todos los seres humanos?

Desde diferentes épocas y latitudes la invitación de fondo es una y bien puede sintetizarse en las poéticas palabras de Michel de Montaigne:

“No hay lugar en la tierra donde la muerte no pueda encontrarnos, por mucho que volvamos constantemente la cabeza en todas direcciones como si nos halláramos en una tierra extraña y sospechosa…”

“Los hombres vienen y van, trotan y danzan, y de la muerte ni una palabra. Todo muy bien. Sin embargo, cuando llega la muerte, a ellos, a sus esposas, sus hijos, sus amigos, y los sorprende desprevenidos, ¡Qué tormentas de pasión no los abruman entonces, qué llantos, qué furor, qué desesperación¡…”

“Para empezar a privar a la muerte de su mayor ventaja sobre nosotros, adoptemos una actitud del todo opuesta a la común; privemos a la muerte de su extrañeza, frecuentémosla, acostumbrémonos a ella; no tengamos nada más presente en nuestros pensamientos que la muerte… No sabemos donde nos espera la muerte: así pues, esperémosla en todas partes. Practicar la muerte es practicar la libertad. El hombre que ha aprendido a morir ha desaprendido a ser esclavo.”

- ¿Qué opina sobre la mirada que posee la cultura occidental sobre la muerte?

Es evidente que la actitud predominante de la cultura occidental, en su absurdo e inútil intento de negar esta realidad tan natural como inevitable, nos lleva a quedarnos tras el umbral, para que nuestras vidas terminen gobernadas por el miedo y la superficialidad. La máxima expresión de esta tendencia la encontramos en el patético ejemplo de aquellos que han solicitado conservar artificialmente sus cuerpos sin vida, en “espera” de algún descubrimiento científico que les permita retomarla.

Negar y huir de la muerte es posiblemente el acto más soberbio y arrogante que un ser humano puede acometer, pues lo lleva a desafiar y desconocer la más simple y evidente realidad que lo trasciende y que, paradójicamente, lo conduce a perder totalmente el sentido de su existencia. En palabras de Chuang Tzu: “El nacimiento de un hombre es el nacimiento de su pena. Cuanto más vive, más estúpido se vuelve, porque su ansia por evitar la muerte inevitable se hace cada vez más aguda. ¡Qué amargura!. ¡Vive por lo que está siempre fuera de su alcance!. Su sed de sobrevivir en el futuro le impide vivir en el presente.”

Afortunadamente la muerte tiene esa fuerza implacable que, de cuando en cuando, entra en nuestra existencia para recordarnos que tarde o temprano nos encontraremos con ella… así, los funerales son de los pocos rituales sociales que aún logran liberarse de la banalidad y posibilitan una introspección y encuentro más profundo y sentido entre los convocados.

Pero sería injusto hablar de este tema sin mencionar a la valerosa doctora Elizabeth Kübler-Ross, quién tuvo la lucidez y coraje para desafiar la actitud enajenante frente a la muerte y nada menos que en pleno seno de la comunidad médica europea. Su palabra, su obra y finalmente toda su vida fue un testimonio, sin parangón en occidente, que despertó una nueva conciencia en todos quienes estuvieron dispuestos a escucharla y cuyo legado rinde sus frutos hasta el día de hoy. Comenzó reclamando lo más básico: un trato digno para los moribundos, continuó con el desarrollo y promoción de programas de apoyo para las personas que enfrentaban la etapa final de sus vidas y, a través de su propio proceso de transformación, culminó descubriendo en la muerte la gran oportunidad para despertar a las dimensiones espirituales y trascendentes. En definitiva, rescató lo temido y despreciado hasta ubicarlo en el sitial de lo sagrado… una pionera que, a costa de muchas penurias personales y con una perseverancia inquebrantable, logra construir el puente desde la ciencia médica hasta la espiritual.

- ¿Cuál es la oportunidad que se abre para quienes enfrentan el desafío de la muerte?

La tentación de quienes siguen algún camino espiritual o religioso es a cubrir el temor natural que despierta la muerte con un cúmulo de creencias, habitualmente adoptadas desde un saber externo y ajenas a toda experiencia directa, que solo refuerzan de manera más sofisticada y solapada la actitud evasiva.

El desafío que nos impone la realidad de la muerte es muchísimo mayor que la construcción de defensas racionales, es la rendición ante el misterio, donde toda pretensión o ambición se desploman en forma absoluta. Debemos partir por reconocer y aceptar que hay realidades que nos trascienden y que están totalmente fuera de nuestras posibilidades de control y certeza.

Cuando realmente miramos de frente a la muerte quedamos desnudos, todo atisbo de importancia personal y apego cae derrotado y es descubierto en su carácter ilusorio, lo cual posibilita la apertura de las verdaderas puertas de la trascendencia: la humildad y la vulnerabilidad; solo desde allí podemos experimentar nuestra naturaleza esencial e inmortal: el alma y el espíritu dejan de ser conceptos abstractos para instalarse en el resplandor de una nueva conciencia.

Así, nos encontramos con la manera más eficaz de disolver las tendencias esclavizantes de nuestro ego: contemplar su muerte anunciada. Liberados, podemos gozar de la paz y alegría del espíritu, dulcemente conquistadas con la aceptación de la muerte.

- ¿Qué trabajo terapéutico realiza usted sobre la muerte?

Durante cuatro años, con mi amigo Mario Ritter realizamos un taller vivencial que denominamos “Explorando la Muerte” con el fin de posibilitar la emergencia de este enorme potencial transformador, torpemente desperdiciado por los condicionamientos culturales.

Desde luego el taller no proponía ni intentaba inducir ningún tipo de creencia específica respecto a la muerte, que por lo demás es la forma habitual como ejerzo mi oficio de terapeuta, que ha mi modo de ver difiere absolutamente de la aproximación que pudiera tener un “maestro” o experto en determinada materia. Entiendo mi trabajo como un facilitador que propone experiencias para que cada persona encuentre las respuestas que necesita, en ese determinado momento existencial y dentro de su propia sabiduría interna, en su profundidad natural. No me siento ni con el derecho ni con la autoridad para inducir “verdades”, simplemente porque confío mucho más en el poder personal de cada persona para descubrir su propio camino de autorrealización y trascendencia.

Heredo esta mirada desde el enfoque gestáltico y lo aplico en todo mi trabajo, pero especialmente cuando se trata de temas tan profundos como la muerte, que de forma natural nos lleva a una confrontación radical con el sentido de la existencia.

En el proceso, la gran mayoría de los participantes debieron enfrentarse con los condicionamientos asociados a la muerte, teniendo que atravesar miedos, prejuicios y vivencias, a veces con alta carga emocional. Una vez “vaciada la taza”, era posible el encuentro gentil con alguno de los multifacéticos rostros de la muerte y recibir la inspiración de su mensaje: unos se encuentran con su propia trascendencia, a otros les posibilita concluir con un duelo que han cargado por largo tiempo, a muchos se les revela la necesidad de soltar o renunciar a un apego esclavizante, hay quienes descubren la conexión de alma con algún ser querido que ha muerto y también quienes pierden el temor a acompañar a un ser querido en sus días finales.

Trabajar en torno al tema de la muerte tiene ese enorme poder y belleza que hace emerger el maestro interno de cada uno y, para mi, no hay mayor satisfacción ni privilegio que compartir esa experiencia.

- ¿Qué Maestros o fuentes de inspiración han sido significativos en su vida y trabajo?

Me considero una persona que aprende de la vida y la experiencia, más que de los textos o maestros… como dijo Neruda: “soy hombre del pan y del pescado y no me encontrarán en los libros, sino que con los hombres y mujeres, ellos me han enseñado el infinito”. Esta tendencia, junto a mi innata curiosidad me ha llevado a explorar vivencialmente y aprender de una enormidad de propuestas y caminos de crecimiento espiritual: desde las prácticas provenientes de las tradiciones orientales hasta las chamánicas de suramérica; desde métodos desarrollados en las escuelas de la psicología humanística hasta la transpersonal.

Esta opción es muy atractiva desde el punto de vista de la riqueza que otorga la diversidad, pero impone también un desafío importante por el riesgo de caer en una dispersión que finalmente te mantiene en un plano superficial. Por este motivo la figura de Ken Wilber ha sido tan importante para mi, ya que su genialidad y conocimiento ha permitido articular las más diversas visiones del desarrollo humano y espiritual en torno a su estructura profunda, para desembocar en un modelo muy consistente e integrador que él denomina “Visión Integral”.

Mi trabajo en psicoterapia es el resultado de lo que ha sido mi propio proceso de crecimiento: en él ofrezco diversas alternativas de acompañamiento según los requerimientos del proceso y momento de cada persona; pero la forma en que se vinculan los distintos métodos está inspirada en las premisas de la psicología integral desarrollada por Wilber. Su modelo es sumamente abstracto y genérico, por lo que yo he tenido que desarrollar mi propio modelo para aterrizar los principios básicos en un plano operativo y metodológico, de tal forma que relaciona herramientas específicas de trabajo con las necesidades que surgen en el desarrollo de un proceso de crecimiento o sanación.

-¿Alguna experiencia personal en relación a la muerte?

El fallecimiento de mi madre ocurrido hace 18 años es, hasta el momento, la experiencia más significativa que he vivido en lo que se refiere al tema de la muerte. Lloré por muchísimas horas y en ese llanto transité desde el total desgarro hasta la dulzura más sublime… contemplar el rostro inmóvil y plácido de esa mujer que había amado con pasión en mi niñez, detestado con furia en mi adolescencia y con quién terminé en una dolorosa distancia e incomunicación, hacía que mis emociones se desbordaran ilimitadamente y que casi toda nuestra relación se me revelara como un gran absurdo: un enorme amor obstaculizado por el miedo y el orgullo. Cuando recuerdo esa experiencia, las palabras de Soygal Rimpoche: “la muerte es un espejo donde se refleja el sentido de la vida”, encarnan un sentido muy concreto para mi.

Afortunadamente la pena amarga se fue transformando en dulce tristeza que reconocía ese amor esencial que habitaba tras los velos del ego… días más tarde tuve un encuentro con mi madre, obviamente en un plano simbólico-espiritual, donde nuestras almas se reconocieron íntimamente unidas, solo entonces abracé la paz de su partida.

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