Vivir con Conciencia de la Muerte
Ricardo Jiménez, Enero 2008 (Entrevista y reportaje realizado por Andrea Munizaga y Pamela Torres para la Revista Uno Mismo, pero finalmente no publicado)
Todas las tradiciones espirituales y corrientes de la psicología profunda coinciden en señalar a la muerte como tema central, donde, por una parte se encuentra la matriz primordial que genera la totalidad de nuestros miedos y condicionamientos limitantes y, por otra parte, el umbral que de ser atravesado nos libera de la ilusión y posibilita descubrir nuestra verdadera esencia.
- ¿Qué es la muerte para las antiguas tradiciones espirituales?
El Budismo Tibetano es, sin lugar a dudas, la tradición que más exhaustivamente a explorado el misterio de la muerte y, sobre todo, su decisiva implicancia en la vida. Todo este bello y profundo conocimiento está magistralmente expuesto en la obra de Sogyal Rimpoché, “El libro Tibetano de la Vida y la Muerte”, generosamente escrito para occidentales.
En el Tibet los niños desde muy pequeños son invitados a participar de la despedida de sus seres cercanos, porque, en las palabras de propio Rimpoché: “Para la persona que se ha preparado y ha practicado, la muerte llega no como una derrota, sino como un triunfo, el momento más glorioso que corona toda la vida.”
Pero todos los maestros espirituales nos han estado constantemente recordando, desde distintas aproximaciones y énfasis, esta notable oportunidad: “Tomar a la muerte por consejera”, es la consigna del sabio indio Yaqui protagonista de la saga de Castaneda, para inducir a una existencia valerosa y cargada de propósito; “Hasta que no entiendas la muerte no te será posible entender la vida” nos dice el mismo Buda en su invitación a liberarnos de los apegos que generan el sufrimiento; “Sin comprender la muerte pueden ustedes pasarse la vida buscando lo desconocido y jamás lo encontrarán” recalca Krishnamurti en su implacable compromiso con la verdad; “Negando la muerte, la posibilidad de saber quienes somos mas allá del nombre y la forma, la dimensión trascendente desaparece de nuestras vidas porque la muerte es a puerta a esa dimensión” dicen los sutras de Eckhart Tolle para convocar el contacto con la esencia de nuestra alma; “La semilla debe morir para poder germinar”, nos recuerda el maestro Jesús señalando el camino hacia el Padre.
- ¿Qué enseñanza trae la muerte para todos los seres humanos?
Desde diferentes épocas y latitudes la invitación de fondo es una y bien puede sintetizarse en las poéticas palabras de Michel de Montaigne:
“No hay lugar en la tierra donde la muerte no pueda encontrarnos, por mucho que volvamos constantemente la cabeza en todas direcciones como si nos halláramos en una tierra extraña y sospechosa…”
“Los hombres vienen y van, trotan y danzan, y de la muerte ni una palabra. Todo muy bien. Sin embargo, cuando llega la muerte, a ellos, a sus esposas, sus hijos, sus amigos, y los sorprende desprevenidos, ¡Qué tormentas de pasión no los abruman entonces, qué llantos, qué furor, qué desesperación¡…”
“Para empezar a privar a la muerte de su mayor ventaja sobre nosotros, adoptemos una actitud del todo opuesta a la común; privemos a la muerte de su extrañeza, frecuentémosla, acostumbrémonos a ella; no tengamos nada más presente en nuestros pensamientos que la muerte… No sabemos donde nos espera la muerte: así pues, esperémosla en todas partes. Practicar la muerte es practicar la libertad. El hombre que ha aprendido a morir ha desaprendido a ser esclavo.”
- ¿Qué opina sobre la mirada que posee la cultura occidental sobre la muerte?
Es evidente que la actitud predominante de la cultura occidental, en su absurdo e inútil intento de negar esta realidad tan natural como inevitable, nos lleva a quedarnos tras el umbral, para que nuestras vidas terminen gobernadas por el miedo y la superficialidad. La máxima expresión de esta tendencia la encontramos en el patético ejemplo de aquellos que han solicitado conservar artificialmente sus cuerpos sin vida, en “espera” de algún descubrimiento científico que les permita retomarla.
Negar y huir de la muerte es posiblemente el acto más soberbio y arrogante que un ser humano puede acometer, pues lo lleva a desafiar y desconocer la más simple y evidente realidad que lo trasciende y que, paradójicamente, lo conduce a perder totalmente el sentido de su existencia. En palabras de Chuang Tzu: “El nacimiento de un hombre es el nacimiento de su pena. Cuanto más vive, más estúpido se vuelve, porque su ansia por evitar la muerte inevitable se hace cada vez más aguda. ¡Qué amargura!. ¡Vive por lo que está siempre fuera de su alcance!. Su sed de sobrevivir en el futuro le impide vivir en el presente.”
Afortunadamente la muerte tiene esa fuerza implacable que, de cuando en cuando, entra en nuestra existencia para recordarnos que tarde o temprano nos encontraremos con ella… así, los funerales son de los pocos rituales sociales que aún logran liberarse de la banalidad y posibilitan una introspección y encuentro más profundo y sentido entre los convocados.
Pero sería injusto hablar de este tema sin mencionar a la valerosa doctora Elizabeth Kübler-Ross, quién tuvo la lucidez y coraje para desafiar la actitud enajenante frente a la muerte y nada menos que en pleno seno de la comunidad médica europea. Su palabra, su obra y finalmente toda su vida fue un testimonio, sin parangón en occidente, que despertó una nueva conciencia en todos quienes estuvieron dispuestos a escucharla y cuyo legado rinde sus frutos hasta el día de hoy. Comenzó reclamando lo más básico: un trato digno para los moribundos, continuó con el desarrollo y promoción de programas de apoyo para las personas que enfrentaban la etapa final de sus vidas y, a través de su propio proceso de transformación, culminó descubriendo en la muerte la gran oportunidad para despertar a las dimensiones espirituales y trascendentes. En definitiva, rescató lo temido y despreciado hasta ubicarlo en el sitial de lo sagrado… una pionera que, a costa de muchas penurias personales y con una perseverancia inquebrantable, logra construir el puente desde la ciencia médica hasta la espiritual.
- ¿Cuál es la oportunidad que se abre para quienes enfrentan el desafío de la muerte?
La tentación de quienes siguen algún camino espiritual o religioso es a cubrir el temor natural que despierta la muerte con un cúmulo de creencias, habitualmente adoptadas desde un saber externo y ajenas a toda experiencia directa, que solo refuerzan de manera más sofisticada y solapada la actitud evasiva.
El desafío que nos impone la realidad de la muerte es muchísimo mayor que la construcción de defensas racionales, es la rendición ante el misterio, donde toda pretensión o ambición se desploman en forma absoluta. Debemos partir por reconocer y aceptar que hay realidades que nos trascienden y que están totalmente fuera de nuestras posibilidades de control y certeza.
Cuando realmente miramos de frente a la muerte quedamos desnudos, todo atisbo de importancia personal y apego cae derrotado y es descubierto en su carácter ilusorio, lo cual posibilita la apertura de las verdaderas puertas de la trascendencia: la humildad y la vulnerabilidad; solo desde allí podemos experimentar nuestra naturaleza esencial e inmortal: el alma y el espíritu dejan de ser conceptos abstractos para instalarse en el resplandor de una nueva conciencia.
Así, nos encontramos con la manera más eficaz de disolver las tendencias esclavizantes de nuestro ego: contemplar su muerte anunciada. Liberados, podemos gozar de la paz y alegría del espíritu, dulcemente conquistadas con la aceptación de la muerte.
- ¿Qué trabajo terapéutico realiza usted sobre la muerte?
Durante cuatro años, con mi amigo Mario Ritter realizamos un taller vivencial que denominamos “Explorando la Muerte” con el fin de posibilitar la emergencia de este enorme potencial transformador, torpemente desperdiciado por los condicionamientos culturales.
Desde luego el taller no proponía ni intentaba inducir ningún tipo de creencia específica respecto a la muerte, que por lo demás es la forma habitual como ejerzo mi oficio de terapeuta, que ha mi modo de ver difiere absolutamente de la aproximación que pudiera tener un “maestro” o experto en determinada materia. Entiendo mi trabajo como un facilitador que propone experiencias para que cada persona encuentre las respuestas que necesita, en ese determinado momento existencial y dentro de su propia sabiduría interna, en su profundidad natural. No me siento ni con el derecho ni con la autoridad para inducir “verdades”, simplemente porque confío mucho más en el poder personal de cada persona para descubrir su propio camino de autorrealización y trascendencia.
Heredo esta mirada desde el enfoque gestáltico y lo aplico en todo mi trabajo, pero especialmente cuando se trata de temas tan profundos como la muerte, que de forma natural nos lleva a una confrontación radical con el sentido de la existencia.
En el proceso, la gran mayoría de los participantes debieron enfrentarse con los condicionamientos asociados a la muerte, teniendo que atravesar miedos, prejuicios y vivencias, a veces con alta carga emocional. Una vez “vaciada la taza”, era posible el encuentro gentil con alguno de los multifacéticos rostros de la muerte y recibir la inspiración de su mensaje: unos se encuentran con su propia trascendencia, a otros les posibilita concluir con un duelo que han cargado por largo tiempo, a muchos se les revela la necesidad de soltar o renunciar a un apego esclavizante, hay quienes descubren la conexión de alma con algún ser querido que ha muerto y también quienes pierden el temor a acompañar a un ser querido en sus días finales.
Trabajar en torno al tema de la muerte tiene ese enorme poder y belleza que hace emerger el maestro interno de cada uno y, para mi, no hay mayor satisfacción ni privilegio que compartir esa experiencia.
- ¿Qué Maestros o fuentes de inspiración han sido significativos en su vida y trabajo?
Me considero una persona que aprende de la vida y la experiencia, más que de los textos o maestros… como dijo Neruda: “soy hombre del pan y del pescado y no me encontrarán en los libros, sino que con los hombres y mujeres, ellos me han enseñado el infinito”. Esta tendencia, junto a mi innata curiosidad me ha llevado a explorar vivencialmente y aprender de una enormidad de propuestas y caminos de crecimiento espiritual: desde las prácticas provenientes de las tradiciones orientales hasta las chamánicas de suramérica; desde métodos desarrollados en las escuelas de la psicología humanística hasta la transpersonal.
Esta opción es muy atractiva desde el punto de vista de la riqueza que otorga la diversidad, pero impone también un desafío importante por el riesgo de caer en una dispersión que finalmente te mantiene en un plano superficial. Por este motivo la figura de Ken Wilber ha sido tan importante para mi, ya que su genialidad y conocimiento ha permitido articular las más diversas visiones del desarrollo humano y espiritual en torno a su estructura profunda, para desembocar en un modelo muy consistente e integrador que él denomina “Visión Integral”.
Mi trabajo en psicoterapia es el resultado de lo que ha sido mi propio proceso de crecimiento: en él ofrezco diversas alternativas de acompañamiento según los requerimientos del proceso y momento de cada persona; pero la forma en que se vinculan los distintos métodos está inspirada en las premisas de la psicología integral desarrollada por Wilber. Su modelo es sumamente abstracto y genérico, por lo que yo he tenido que desarrollar mi propio modelo para aterrizar los principios básicos en un plano operativo y metodológico, de tal forma que relaciona herramientas específicas de trabajo con las necesidades que surgen en el desarrollo de un proceso de crecimiento o sanación.
-¿Alguna experiencia personal en relación a la muerte?
El fallecimiento de mi madre ocurrido hace 18 años es, hasta el momento, la experiencia más significativa que he vivido en lo que se refiere al tema de la muerte. Lloré por muchísimas horas y en ese llanto transité desde el total desgarro hasta la dulzura más sublime… contemplar el rostro inmóvil y plácido de esa mujer que había amado con pasión en mi niñez, detestado con furia en mi adolescencia y con quién terminé en una dolorosa distancia e incomunicación, hacía que mis emociones se desbordaran ilimitadamente y que casi toda nuestra relación se me revelara como un gran absurdo: un enorme amor obstaculizado por el miedo y el orgullo. Cuando recuerdo esa experiencia, las palabras de Soygal Rimpoche: “la muerte es un espejo donde se refleja el sentido de la vida”, encarnan un sentido muy concreto para mi.
Afortunadamente la pena amarga se fue transformando en dulce tristeza que reconocía ese amor esencial que habitaba tras los velos del ego… días más tarde tuve un encuentro con mi madre, obviamente en un plano simbólico-espiritual, donde nuestras almas se reconocieron íntimamente unidas, solo entonces abracé la paz de su partida.
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Lunes 20 de agosto de 2007 at 19:13
Jiddu Krishnamurti y Satish Kumar.
Mi encuentro con Jiddu Krishnamurti me reveló una visión totalmente diferente a las de Gandhi y Vinoba. Según ellos, uno encuentra significado en su vida a través del servicio. Pero Krishnamurti enfatizaba la necesidad de la libertad. Uno necesita estar libre del miedo y del condicionamiento de la mente antes de poder ofrecer cualquier servicio significativo. La libertad interna es el requisito previo de la libertad social y política.
LA LIBERTAD ESPIRITUAL EMERGE CUANDO SE INDAGA PROFUNDAMENTE EN LA CONSCIENCIA
En 1960 yo estaba en la ciudad de Varanasi (Benarés). Allí un amigo, Achyut Patwardhan, me dijo: “Debes conocer a Krishnamurti. Tu historia de entrar en una orden religiosa y luego abandonarla, le fascinará. El también abandonó su orden”.
Había oído hablar de Krishnamurti. Muchos de mis amigos eran admiradores suyos. Eran lectores asiduos de sus libros y habían acudido a sus discursos. Pero yo conocía muy poco de él y de que había dejado una orden religiosa. Achyut alegremente disipó mi ignorancia:
“Krishnamurti nació en 1895 en Madanapalle, en el sur de India. Su padre, un brahmín y funcionario del gobierno, era miembro de la Sociedad Teosófica. Tras jubilarse del funcionariado, el padre, junto con sus hijos, fue a trabajar y vivir a Chennai (Madrás), en el Centro Teosófico que estaba dirigido por la carismática y sociable señora Anni Besant. Ella quedó impresionada con el aura especial de Krishnamurti. Sus ojos profundos, oscuros y penetrantes contenían una especie de misterio y espíritu que hipnotizaban a la señora Besant. Había encontrado al Mesías, el maestro mundial, a quien ella y sus seguidores habían estado esperando durante tanto tiempo. La señora Besant quedó completa y absolutamente cautivada por la sencillez, la espiritualidad y la pureza de ese niño extraordinario”.
Achyut paró un momento para tomar algo de té. Pensé que yo tenía nueve años cuando conocí a mi gurú. Krishnamurti tenía catorce cuando conoció a Annie Besant. “¿Qué sucedió entonces?”, pregunté.
“La señora Besant no perdió tiempo. Durante los siguientes dos años ella y otros teósofos formaron una organización llamada “La Orden de la Estrella del Este” y pusieron a Krishnamurti al frente. En 1912 lo proclamaron el maestro mundial, y la señora Besant se hizo su tutora legal y lo educó en Inglaterra. Durante los siguientes diecisiete años, hasta 1929, se portó de la manera que se esperaba de él. La Orden de la Estrella del Este atrajo a varios miles de miembros por todo el mundo, y adquirió interés internacional. Pero entonces, después de indagar en su propia consciencia y alma durante mucho tiempo, después de muchas noches de confusión y angustia, Krishnamurti emergió como un espíritu libre y renunció a su papel de “Maestro iluminado”, “Gurú” o “Maestro Mundial”. Disolvió la Orden y abandonó la organización. Desde entonces ha hecho públicas sus opiniones, que me han ayudado a mí y a muchos otros a buscar la verdad y encontrar la libertad”.
Este relato me pareció apasionante y solicité, a través de Achyut, poder entrevistarme con Krishnamurti. Arreglado el encuentro, fuimos a la casa de huéspedes del colegio y Achyut tocó suavemente a la puerta. El mismo Krishnamurti, listo y expectante, abrió la puerta. “Este es Satish, el que fue monje jainista”, dijo Achyut, presentándome. “Buenos días, señor”, dijo Krishnamurti, con voz educada y suave. Yo era un joven ordinario de veinticuatro años de edad, así que me sorprendió que me llamara “señor”. No sabía qué decir. Salimos a dar un paseo matinal por la orilla del Ganges. El alba apenas rompía. En esa luz tenue miré al gran hombre, del cual había oído hablar tanto. Tenía sesenta y cinco años, pero andaba con paso enérgico. No muy alto, y sin darse aires, parecía ser un hombre muy amable.
LO SAGRADO HA PERDIDO SU SIGNIFICADO Y SE HA CONVERTIDO EN CONCEPTO Y RITUAL
Justo al borde de la ribera había una familia de peregrinos que se metían en las aguas sagradas. Krishnamurti comentó: “Los hindúes consideran sagrado el Ganges, pero permiten que aguas residuales, excrementos y otras porquerías de la ciudad fluyan al río. La palabra sagrado ha perdido su significado y se ha convertido en un mero concepto. Bañarse en el agua sagrada no es más que un ritual”. Su cara denotaba una expresión de tristeza.
“Ayer, Achyut me habló de cómo disolviste la Orden de la Estrella. Lo habrás comentado muchas veces, pero me gustaría oír de ti por qué lo hiciste”. “Sentí –dijo- que no hay un programa fijo con el que se pueda llegar a la verdad. La verdad es una tierra sin caminos. Ninguna religión es capaz de llevarnos a la espiritualidad o a la libertad. Las religiones son una causa de esclavitud tanto como cualquier otra. Sólo nos pueden ofrecer una jaula o prisión religiosa. Para andar libres tenemos que deshacernos de todas las muletas. Las religiones no son más que los intereses creados de la creencia organizada, separando y dividiendo a las personas. Las religiones se basan esencialmente en el miedo. Cuando comprendí esto, cuando lo vi claro, como la luz del día, me dije: si es así, entonces yo no puedo liderar una orden religiosa”.
“Antes de disolver la Orden de la Estrella, tuve que disolver mi propio miedo, mi propia inseguridad. Una vez logrado eso, lo demás se hizo fácil. Sencillamente anuncié que la Orden no sólo no era esencial, sino que era una absoluta barrera contra el verdadero entendimiento, así que no se podía justificar más. Y así fue”. “¿Cómo reaccionó la gente ante tu afirmación?”. “Cuando se dieron cuenta de que no sólo estaba yo abandonando la Orden, sino que tampoco les estaba ofreciendo un ideal que pudieran perseguir, se sintieron defraudados. La gente ansiaba certezas, yo les estaba ofreciendo sorpresas”.
“Si no les estabas ofreciendo un ideal, entonces ¿qué les estabas ofreciendo?”, pregunté. “Amistad, conversación y diálogo, para explorar la naturaleza de la realidad. La verdad no es algo prefabricado que te pueda dar una religión o un maestro. La verdad necesita ser descubierta. La vida es un viaje de descubrimiento. La certeza sólo es posible cuando existe algo fijo y permanente, mientras que la realidad se mueve y cambia continuamente. Se encuentra constantemente en estado de transformación.
Si nuestras mentes están atadas a una creencia fija, a una determinada sabiduría, entonces ¿cómo podemos bregar con este cambio continuo? Ya que la realidad no es estática necesitamos mentes rápidas y corazones flexibles. Sólo entonces sabremos responder ante la naturaleza dinámica de la existencia. Yo no podía, y no puedo, ofrecer más que una constante conversación y exploración. A través de tal exploración podemos disfrutar de libertad total del miedo y de ideales fijos”.
LA RELIGIÓN Y LA POLÍTICA SON PARTE DEL PROBLEMA, NO DE LA SOLUCIÓN
“¿Estás diciendo que no hay nada de valor en los grandes textos religiosos como la Bhagavad Gita o la Biblia?”, le pregunté. “Puede que haya algo de valor en esos libros en términos de literatura o como un relato del pensamiento de una persona. Pero la verdad no está en ningún libro. Si la verdad estuviera allí, entonces no habría ningún conflicto entre la Biblia y el Corán, entre la Bhagavad Gita y los sutras budistas. El conflicto sólo puede existir entre lo falso y lo falso. No puede haber conflicto entre lo verdadero y lo verdadero. Ni entre lo verdadero y lo falso.
Igual que no puede haber conflicto entre dos personas que amen la paz, o entre una persona que ama la paz y otra que ama la guerra. El conflicto en realidad sucede sólo cuando hay dos que aman la guerra y quieren salirse con la suya. El conflicto religioso es entre una religión falsa y otra religión falsa. Las religiones se han convertido en vehículos de propaganda, y la propaganda no es la verdad”.
“¿Quieres decir que las religiones no son parte de la solución, sino parte del problema?”. “Gracias, señor”, dijo Krishnamurti. “Has estado prestando atención a nuestra conversación. Tienes toda la razón. La verdad no se puede comprender a través de ningún credo, ningún dogma, ninguna sabiduría filosófica, ninguna técnica psicológica, ningún ritual o sistema teológico. La verdad se experimenta de momento a momento, en la red de relaciones”.
“¿Qué es la “red de relaciones”?”, pregunté. “Te das cuenta, señor, de que tú eres el mundo y el mundo eres tú? El mundo no es algo aparte de ti y de mi. Hay un hilo común de relaciones que nos teje a todos juntos. Fundamentalmente estamos todos totalmente conectados. Superficialmente las cosas parecen estar separadas. Especies distintas, razas distintas, culturas y colores distintos, nacionalidades y religiones y políticas distintas. Si te fijas bien, inmediatamente verás que todos somos parte del gran tapiz de la vida. Cuando podemos vernos a nosotros mismos como parte de este glorioso patrón de relaciones, entonces los conflictos entre naciones, religiones y sistemas políticos se acabarán.
Los conflictos nacen de la ignorancia. Cuando ignoramos que toda la vida está interconectada, entonces intentamos controlarnos los unos a los otros. Cuando no existe el entendimiento de que las relaciones son la base de nuestra existencia, entonces sólo hay desintegración en la sociedad. Las relaciones son el cimiento sobre el que todos existimos”.
Debimos de estar andando durante casi una hora. Krishnamurti tenía que dar su discurso público a las diez. Comenzamos a regresar. Achyut permanecía callado. Se alegraba de haberme presentado, un joven “rebelde”, a Krishnamurti, un viejo “rebelde”.
Tras haber dado la vuelta, aún pregunté: “Dices que la religión, la política y las ideologías han herido a la humanidad. ¿Cómo podemos curar estas heridas? ¿Cómo podemos regresar al estado de unión?”. “El problema es mucho más profundo que lo concerniente a religiones o política”, dijo Krishnamurti. “Comienza en nuestras mentes, nuestros hábitos, nuestras vidas. Existe un condicionamiento constante que ha perdurado durante siglos. Estamos sujetos al condicionamiento y participamos en nuestro propio condicionamiento.
El juzgar, el prejuicio, los gustos y disgustos, todos forman parte del mismo problema. Se nos ha condicionado para creer que el observador es distinto a lo observado, que el pensador está separado del pensamiento. Este dualismo, esta división en compartimentos, es la madre de todos los conflictos, la base de todo dolor y sufrimiento. ¿Me entiendes, señor? Es muy importante”. “Espero haberlo entendido. Sin embargo, ¿cómo pasamos del dualismo a la totalidad?”, proseguí averiguando.
“Para poder sanarnos, debemos ir más allá de las teorías, las fórmulas y las respuestas prefabricadas. Debemos estar callados y prestar atención. El silencio y la atención proporcionan la base para la meditación. La meditación es un proceso curativo para las heridas de la fragmentación. Al meditar, las divisiones se acaban y la totalidad emerge. Ya no hay división entre “yo” y “tú”, entre “nosotros” y “ellos”, entre “bien” y “mal”. Cuando no existe el ego, no existe la vanidad, o el miedo, o el aislamiento, la inseguridad o la ignorancia, entonces hay curación y totalidad”.
LA TRANSFORMACIÓN DE LAS CONCIENCIAS NO ES UNA UTOPÍA O UN LUJO, SINO UNA NECESIDAD
Reiniciamos el camino. Krishnamurti me preguntó: “¿Qué crees, señor? ¿Qué piensas?”. “Tiene sentido. Entiendo lo que dices, pero cuando veo a esos bañistas ahí abajo, tus palabras parecen estar desconectadas de la manera en que ellos piensan, sienten y viven. Parece existir una enorme brecha. ¿Qué significan tus palabras para ellos?”. “Nada, quizás nada. Y sin embargo, si no nos transformamos radicalmente, corremos el riesgo de destruir no sólo a la especie humana, sino a la Tierra misma. Por favor, piensa en las armas nucleares y lo que todo eso implica. Una vida completa, noble y llena de claridad, es un imperativo para la supervivencia. No es una utopía o un lujo, sino una necesidad. Por favor. Cuando miremos profundamente y nos veamos a nosotros mismos como una parte integral del universo, entonces nuestras mentes parlanchinas se calmarán, la sordidez de la guerra humana desaparecerá, conseguiremos establecer un parentesco profundo y perdurable con la naturaleza”.
Acompañamos a Krishnamurti hasta la casa de huéspedes y nos despedimos inclinándonos respetuosamente. El momento estaba impregnado de sentimientos profundos hacia un nuevo horizonte para la humanidad. Al llegar a la casa de Achyut, le dije: “Sus palabras son radicales, sus pensamientos sinceros, pero ¿puedes imaginarte un tiempo en el que estemos libres de templos, iglesias, mezquitas, rezos, curas, partidos políticos y todo lo demás que divide a la humanidad? Además, ¿no está tirando al bebé con el agua sucia de la bañera?”. Achyut me dijo: “Debemos comprender lo que es el bebé y diferenciarlo del agua sucia de la bañera. Existe una gran diferencia entre la religión y las religiones. Krishnaji estaría de acuerdo en que necesitamos ser religiosos, pero ¿necesitamos quedarnos con el agua sucia de los dogmas y las disciplinas?”.
“Achyut, tú has pasado gran parte de tu vida en la política. Eras un importante miembro del Partido Socialista de India. Trabajabas para conseguir una transformación a través del cambio político. Pero ahora vives una vida tranquila, en este bungalow, rodeado de árboles y tranquilidad, mientras hay millones de personas ahí fuera sufriendo”.
Achyut se quedó pensando. Y me dijo: “La política me falló, y ha fallado a India. Los políticos usan el lema de “servir al pueblo” como una cortina de humo. Una vez llegan al poder su meta principal es permanecer en el poder, por las buenas o por las malas. Yo ví todo esto con mis propios ojos. La historia de la política está llena de decepción, corrupción y desilusión. Por eso decidí que todo era una pérdida de tiempo y lo dejé. Así de sencillo. No hay ningún gran misterio. La política se ha convertido, como la religión, en parte del problema, y no en parte de la solución. La política significa “dividir” y “dominar”; esto era así con los ingleses y es así ahora con el partido Congreso. La lucha por la independencia fue una lucha desinteresada; ahora la lucha es por el poder, por los privilegios y por la riqueza”.
“¿Qué alternativa hay, entonces?”. “La alternativa es la educación. Debemos dejar de corromper y condicionar a nuestros niños. Por eso, Krishnamurti y sus amigos han establecido colegios para hacer precisamente eso: uno en el sur de India, llamado Rishi Valley; otro aquí, otro en Inglaterra y otro en California. En estos colegios no existen dogmas fijos. Los niños son capaces de aprender sobre la unidad de la vida, a ver las cosas como son, a ser íntegros y plenos. Yo encuentro mucha más satisfacción trabajando con niños de la que hallé en la política”.
Lo dejamos ahí. Vinoba había ampliado mi entendimiento de la espiritualidad para incluir el servicio a la comunidad y a la Tierra como una práctica religiosa primaria, pero ahora la búsqueda de Krishnamurti de la verdadera libertad había retado los mismísimos fundamentos de las tradiciones religiosas.
SATISH KUMAR, Tú eres, luego yo soy. Ediciones i, 2006.
Martes 12 de octubre de 2010 at 19:04
No sé, se parte del apriori mas bien prejuicioso que la Muerte es incognoscible, una especie de misterio sin-sentido, ambivalente, porque a la vez ora libera de las penurias, ora se transita a una existencia superior. Pero tal vez la muerte si pueda ser conocida, no por el positivismo, pero por la dialéctica, o por algún tipo de despertar o saber, o por un acto de valor y entrega. Lo primero que hay que hacer-saber para comprender la muerte es despreciarla. Y amar la vida.
En el artículo, aparte de frases “efectistas” (aforismos, o frases hechas muy bien cuidadas) no hay ni un solo SABER genuino sobre la muerte. Es el viejo y ramplón dicho de Heiddeger del ser-para-la-muerte. No me sirve. Más enseñan los que dan la vida de una, aunque sea por algo falso.