Espiritualidad Indígena y Plantas Maestras

Por Ricardo Jiménez O. (Publicado en Revista UnoMismo Nro.230 – Febrero 2009) 

Una aproximación a la espiritualidad indígena que establezca puentes hacia el positivismo puede ayudar a abrir caminos de entendimiento y promover un diálogo fecundo hacia el común horizonte de una comprensión más amplia de la realidad.image

He estado buscando puentes de encuentro entre quienes valoramos el trabajo terapéutico con apoyo de las llamadas plantas de poder y quienes discrepan de esta alternativa por considerarla peligrosa o atentatoria contra la salud física o psíquica.

Un punto de partida fácilmente observable es que la línea divisoria entre ambos bandos se establece entre quienes hemos tenido la experiencia directa y quienes no. Entre estos últimos se incluyen algunos que se han aventurado a la exploración de forma inadecuada y han terminado en lo que vulgarmente se denomina “mal viaje”, atribuyendo el “fracaso” a la sustancia y no al contexto, la forma y el propósito con que se ingiere.

Siguiendo el pensamiento de Ken Wilber, esto tiene su origen en que el desarrollo de la psicología moderna –humanista y transpersonal– en Occidente ha utilizado en forma privilegiada la experimentación directa como vía de conocimiento, apoyándose para ello en la fenomenología. Su razón es muy clara y evidente: el foco de atención de la psicología es el mundo interno y subjetivo, al cual sólo podemos acceder sumergiéndonos en él y experimentándolo. Por este motivo, también, la alianza entre la psicología transpersonal y las tradiciones espirituales se produce a través de la veta esotérica de estas últimas, que provee los métodos y prácticas para experimentar las realidades espirituales.

En nuestra cultura occidental, el concepto de ciencia está fuertemente cargado hacia el positivismo, que busca su fundamentación en las realidades externas y objetivas. El diálogo entre ambas aproximaciones se hace insostenible, porque los métodos de validación de cada una de ellas son totalmente distintos: uno se sustenta en la vivencia subjetiva consensuada, y el otro, en mediciones empíricas y objetivas. Cada uno de los bandos descalifica al otro.

El camino del entendimiento requiere un acto de generosidad que trascienda la legítima defensa de las opciones personales y descubra la necesidad del “oponente” para invitarlo a participar de una nueva perspectiva más amplia que permita el encuentro. Un punto de partida es asumir que quienes estamos muy identificados con la exploración de la conciencia por la vía experiencial hemos descuidado el desarrollo de la ciencia psicológica y espiritual en sus aspectos objetivos y, con ello, contribuimos a ensanchar la grieta cultural que nos separa e impide un diálogo fecundo.

Quisiera, entonces, hacer una presentación al tema del desarrollo de la conciencia y la espiritualidad indígena, incorporando elementos objetivos simples, que pudieran contribuir a un debate constructivo.

¿Alucinaciones o realidades?

Un ejemplo muy simpleimage, restringido a la facultad de percepción del mundo físico, pero muy ilustrativo: Supongamos que  estamos en una sala y los invito a mirar una pared de color azul que está al fondo. Si les pregunto qué color ven, la respuesta será unánime: azul.

En seguida, toman una copita de San Pedro y, al cabo de una hora o más, les reitero la pregunta. Les aseguro que la respuesta ya no sería la misma: la mayoría seguiría viendo el azul como predominante, pero junto a él verían otros matices y brillos enriqueciendo la experiencia perceptiva.

¿Qué pasó…? El juicio que habitualmente surge es: ¡Están alucinando!, especialmente de alguien que no ha bebido la pócima y observa a este grupo de “locos” describir una simple pared azul como un cuadro rico en tonalidades y brillos.

Pero hay dos elementos objetivos que hacen dudar de esta calificación de la experiencia: primero, entre los locos habría una sorprendente coincidencia en la descripción de la pared y, segundo, si en ese momento entra a la sala Picasso, lo más probable es que esté completamente de acuerdo con la descripción que hacen los locos.

Entonces, ¿cómo nos explicamos que diferentes alucinadores puedan coincidir en sus supuestos delirios? Y más aún, ¿por qué alguien que no ha bebido la pócima alucinógena puede compartir esa misma realidad?

La respuesta que se ha ido tejiendo en Occidente, tras muchos años de investigación y experimentación, puede sintetizarse en dos puntos: Primero, la conciencia humana no es rígida ni predeterminada, sino que se puede desarrollar y expandir utilizando métodos diseñados para ello. El punto de encuentro de las tradiciones espirituales es justamente ése: todas proveen herramientas prácticas –ya sea meditación, oración, posturas corporales, pautas respiratorias, ingesta de plantas u otras – para acrecentar la conciencia. Hay mediciones que permiten correlacionar los estados de conciencia con modificaciones cerebrales, tales como la aparición de nuevas pautas de conexión neuronal a medida que se accede a niveles superiores de la conciencia.

Y segundo, el estado de conciencia influye en las facultades perceptivas y cognitivas del individuo en relación directa: a mayor nivel de conciencia, mayores capacidades. He aquí también una posible explicación a la conclusión a la que han llegado en forma unánime los investigadores en neurociencia: los seres humanos sólo utilizamos una parte ínfima del potencial cerebral… y, bajo esta mirada, agregaríamos: ya que el resto sólo se activa en estados de conciencia superior.

En base a estos dos elementos podemos entrar a responder las interrogantes que quedaron planteadas del ejemplo anterior: la ingesta de la planta indujo una expansión de conciencia en los participantes, lo que habilitó facultades que no están disponibles en estados de conciencia ordinarios. No se trata de alucinaciones, sino de percepciones completamente reales, pero que requieren de una agudeza visual muy fina, tanto como la que obtuvo Picasso tras muchos años de ejercer su oficio de pintor.

El poder de la conciencia

A diferencia de la veta exotérica, cuya atención se focaliza en aspectos doctrinales que son patrimonio institucional de las iglesias, el desarrollo de técnicas para acrecentar la conciencia ha sido, históricamente, dominio de las tradiciones espirituales en su vertiente esotérica o mística, las que por milenios han cultivado muy celosamente las artes esotéricas, orientadas y aplicadas fundamentalmente a la sanación y al crecimiento espiritual.

Sin embargo, las facultades que se abren en niveles superiores de conciencia no están restringidas al área psicológica y/o espiritual. No son pocos los científicos modernos que han encontrado inspiración para sus teorías en ceremoniales amazónicos, validándolas posteriormente en sus laboratorios.

Existe un ritual chamánico llamado “caminata sobre el fuego”, presente en diferentes tradiciones indígenas, que consiste en transitar a pies descalzos por una superficie de cinco o más metros de largo, cubierta por brasas ardientes. En el mundo y la historia, sumamos millares las personas que hemos experimentado la alteración de una ley física accediendo a un estado de conciencia superior. Este ritual demuestra en forma categórica que el efecto del calor sobre el cuerpo se torna inocuo cuando la conciencia así lo determina. image

¿No será ésta una buena pista para responder a las muchas interrogantes que aún permanecen  abiertas ante la   magnificencia de algunas obras realizadas por culturas antiguas? Porque aún no es posible explicar cómo las culturas  inca, maya y egipcia lograron construir sus grandiosos templos o sus monumentales pirámides, respectivamente. Lo que sí sabemos es que la fuente de energía requerida para modelar y movilizar esos enormes macizos rocosos es incomprensible e inaccesible para los actuales paradigmas tecnológicos. Esos pueblos tenían formas para expandir su conciencia y con ello, la posibilidad de trascender paradigmas y acceder a recursos que están más allá de la mente puramente racional que hoy gobierna nuestra ciencia.

En los ámbitos sutiles

Cuando nos adentramos en los mundos de la mente, el alma y el espíritu, la posibilidad de hacer traslaciones hacia lo objetivo se hace muchísimo más difícil y compleja, debido a que dichos ámbitos son realidades más sutiles, y las posibilidades de medición empírica se restringen considerablemente. Así, por ejemplo, nadie pondría en duda la relevancia del amor en la salud psicológica y la realización espiritual, pero al mismo tiempo, resulta ridícula la sola idea de medir el amor y mucho más el disponer de un instrumento para ello. Sin embargo, hay algunos indicadores que pudieran aproximarse, como serían las alteraciones bioquímicas benéficas que se producen en el organismo cuando experimentamos el amor (mayor cantidad de endorfinas, por ejemplo).

Para confrontar más radicalmente este punto, ayudaría cuestionarse sobre el testimonio dejado por seres cuya conciencia se ha elevado por niveles superiores al común de los mortales. Tomemos, por ejemplo, a San Francisco de Asís y su conocida capacidad de comunicación con animales, a quienes atribuía una relación de hermandad. Si calificamos su conducta desde el entendimiento que provee la psiquiatría clásica, tendríamos que diagnosticar una psicosis (estado de quiebre con la realidad). Pero, para cualquier persona que haya experimentado un estado de conciencia expandido, aún muy por debajo de las alturas del santo, es evidente que la realidad que él describe no constituye un delirio sino una hermosa facultad adquirida por un místico incuestionable.

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Entre los extremos

El hecho que el desarrollo de las técnicas para acrecentar la conciencia históricamente se haya producido bajo el amparo de las tradiciones espirituales obedece a un orden superior, ya que éstas proveen los marcos valóricos y éticos que dan mayor garantía para encauzar evolutivamente los enormes poderes que se habilitan en los estados de conciencia expandidos. Sólo seres humanos sanos –de cuerpo, mente, alma y espíritu –pueden usar y administrar poderes ilimitados con sabiduría y bondad.

Cuando estos poderes han sido utilizados motivados por ambiciones, se cae en la profanación de lo sagrado. Cuando se alteran los procedimientos y los propósitos con que se usan las artes esotéricas, los resultados son siempre involutivos. El poder al servicio de las pasiones es finalmente destructivo. La red del narcotráfico es el peor ejemplo de ello.

En el otro extremo y como reacción a lo anterior, surge la actitud sacrílega, que desconoce lo sacro de una práctica esotérica y la condena o prohíbe. ¿Como se sentiría un practicante católico si alguien censurara el ritual de la misa por promover el alcoholismo? Suena absurdo, pero es lo que sentimos quienes practicamos un ceremonial indígena con fines de sanación y las sustancias utilizadas son calificadas de droga que amenaza la salud.

Entre ambos extremos, debemos encontrar formas y actitudes que permitan encauzar evolutivamente las prácticas de desarrollo espiritual, que día a día se hacen accesibles a mayor cantidad de personas. A nadie se le ocurriría proscribir la teoría de la relatividad, aún cuando sus primeras aplicaciones dieron origen a las peores matanzas de la humanidad. El desafío es orientar el uso de la energía nuclear hacia fines constructivos.

La encrucijada

Todas las tradiciones espirituales indígenas o chamánicas han encontrado su fuente de inspiración honrando la naturaleza como manifestación de lo sagrado. A través de una relación íntima y muy profunda con lo natural se cultivan las dimensiones trascendentes. Es por ello que en dichas culturas encontramos manifestaciones sorprendentes y aún inexplicables de su arquitectura, agricultura y medicina. A través de sus prácticas espirituales, han develado muchos misterios del mundo físico y biológico que aún son inaccesibles para nuestra ciencia.

No quisiera caer en una idealización ingenua de las culturas más primitivas, ya que no desconozco que sus doctrinas estuvieron impregnadas del pensamiento mágico y mítico, lo que se plasmó en expresiones tan aberrantes como el sacrificio humano y finalmente hizo inviable su continuidad histórica. Lo que quiero rescatar es el valiosísimo legado de conocimiento de la biosfera que dichas culturas poseen y que alcanzaron mediante sus prácticas esotéricas, donde las plantas maestras juegan un rol fundamental. Esto equivale a valorar el importante aporte del misticismo cristiano, diferenciándolo de las atrocidades cometidas por la iglesia católica durante la Inquisición.

image El punto se vuelve especialmente crucial si recordamos que la llamada “crisis global” en la que se encuentra la humanidad converge justamente en una amenaza para los ecosistemas y hace insostenible el desarrollo con las actuales tecnologías y métodos de producción. La supervivencia del planeta requiere de un salto sustantivo hacia tecnologías basadas en nuevos paradigmas, que muchas culturas indígenas conocieron y aplicaron.

Todo ese conocimiento será inaccesible mientras se mire con desprecio la espiritualidad indígena, porque la arrogancia y sensación de superioridad jamás nos permitirán llegar a aquellos hombres sabios, que normalmente moran en modestas construcciones rodeadas de un entorno virginal. La humildad es la puerta de acceso a los poderes de la conciencia…y ése ha sido un rasgo distintivo de todos los grandes maestros que han pisado la Tierra.

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ABUSO: la dignidad atropellada

Ricardo Jiménez O., Febrero 2008 Abuso(Publicado en Revista Psicología&Sociedad Nro. 25, Junio 2008)

En los últimos años a través de los medios de comunicación y con tono escandaloso, ha quedado de manifiesto la enorme magnitud de la herida que aqueja nuestra sociedad, mayoritariamente centrada en el abuso sexual y generalmente oculta por el silencio, la vergüenza y la hipocresía. Por razones obvias, las noticias solo muestran la cara superficial de este flagelo, centrando su atención en los aspectos jurídicos y sociales asociados a los victimarios y a datos estadísticos o secundarios relativos a las víctimas.

El difícil proceso de estas últimas solo puede ser conocido desde el encuentro privado que permite compartir el dolor y las secuelas de una intimidad violentada. Esta cara interna y más profunda es la que nos ha tocado conocer a muchos terapeutas que hemos tenido el privilegio de acompañar a personas en su lucha por sanar las heridas del abuso, la mayor de las veces perpetrado en sus propios hogares.

Lo que sigue, no pretende ser más (ni menos) que una sistematización muy resumida de las enseñanzas que estas personas trajeron a mi vida y a quienes declaro mi profundo respeto, admiración por su coraje y gratitud por su confianza. Espero que puedan ser orientadoras para quienes han sufrido esta dolorosa experiencia y también para aquellas que tengan la posibilidad de apoyarlas en su proceso.

Para estos últimos, comienzo advirtiendo una exigencia surgida de mi propia experiencia: una posición, implícita o explícitamente cargada con los propios prejuicios o miedos, puede ser sumamente perjudicial para quién pretendemos ayudar…. El norte central es la reparación de un daño que llega a la delicadeza del alma y el proceso no debe ser contaminado con la condena moral de quién acompaña el proceso, ya que tiende a aliarse con el resentimiento y la posición victimosa de quién necesita sanarse.

Reconocer la herida ante si mismo: recuperar la conciencia bloqueada

Generalmente las víctimas del abuso son personas menores de edad en situación de indefensión, que son violentadas por una persona mayor, a veces, de la propia familia o muy cercana a ella. No habiendo estructura síquica para asimilar una experiencia de esta naturaleza, lo más frecuente es que se active el único mecanismo de defensa disponible: la negación. Este mecanismo se ve fuertemente reforzado por el condicionante social-familiar, internalizado conciente o inconcientemente por la persona, de haber participado de un evento prohibido o indebido o muy vergonzoso. Así, una de las respuestas iniciales clásicas es suprimir la experiencia de la conciencia o, en el mejor de los casos, aferrarse a un pretendido y auto engañoso olvido.

Como quiera que sea, el mecanismo defensivo, que pudo ser imprescindible en su origen, no tarda en mostrar sus falencias. Mas temprano que tarde la herida que sangra desde la sombra del inconciente se manifestará interna y/o externamente en la vida de la persona y sus expresiones pueden ser muchas y muy variadas: relaciones conflictivas con personas del género del victimario, miedo irracional al contacto, baja autoestima, tendencias a la victimización… en fin, se trata de una interminable lista. Cuando el abuso tiene componentes sexuales, debemos agregar desprecio por el propio cuerpo y el sexo, conductas insanas y disfunciones en el ámbito de la sexualidad y una probable ambivalencia de identidad sexual.

Pero todos estos “síntomas” no son más que el llamado a desenterrar aquello que, en su momento, intentamos cubrir con el manto de la negación u olvido. Los primeros pasos generalmente son inciertos y los recuerdos comienzan a llegar envueltos en una nube de confusión, ambigüedad y duda; se genera una tensión inevitable entre la resistencia del mecanismo protector reforzado con el paso del tiempo y la conciencia que busca su liberación. La paciencia, la contención y la aceptación son el bálsamo para acompañar esta fase del proceso, que habitualmente re-moviliza la memoria corporal inhibida (la estructura del mecanismo defensivo se sustenta en una fuerte disociación cuerpo/mente) a través de sensaciones que buscan configurarse en recuerdos claros… acoger y validar todo “el material” emergente (imágenes, sueños, sensaciones, etc.) es fundamental para su desarrollo, depuración y decantación.

La luz de la conciencia va recolocando las piezas en su lugar y, dependiendo fundamentalmente de la relación afectiva pasada y presente, entre víctima y victimario, esto puede ser muy difícil y doloroso… aún así es necesario reconstruir con precisión todos y cada uno de los hechos vinculados al abuso, lo cual irá acompañado de una re-integración de las funciones sensoriales y cognitivas de la persona.

Pero la reconstitución de la historia no involucra solo las circunstancias directas, sino también aquellas indirectas, objetivas y subjetivas, que circundaron la situación e hicieron complicidad con esta.

En primer lugar está el rol jugado por la propia víctima, quién puede haber sido violentada no solo a través de la fuerza, sino de una seducción que despertó su natural curiosidad por el placer, o buscando satisfacer una carencia afectiva. Cuando el abuso transcurre al interior del hogar, ya sea por miedo o vergüenza, es habitual que la victima establezca una alianza implícita o explicita con su victimario, a fin de mantener el delito en secreto. En cualquier caso, el abuso se sustenta en situación de poderes desiguales que la persona afectada debe saber reconocer y discriminar con nitidez, a objeto de despejar asociaciones culposas y auto condenatorias relativas a su participación y conducta, situándolas en el marco objetivo de la madurez y circunstancias del momento.

Pero además de los implicados directos, también pueden haber terceros involucrados, lo cual es habitualmente así en un abuso bajo contexto familiar. La complicidad de personas cercanas a través de la colaboración, el silencio o la omisión constituye una parte relevante de la herida, que no puede ser ignorada.

Todo esto requiere ser restituido en la conciencia y demás estará decir que para ello se requiere aceptación incondicional de la totalidad los sentimientos que este difícil proceso moviliza. Desde el odio al pánico, pasando por el asco, la tristeza y la vergüenza, todas las emociones reprimidas necesitan su espacio y expresión bien encauzada para conquistar la liberación.

Las huellas del abuso: perdón y transformación de las secuelas.

En forma natural y paralela con lo anterior, la persona irá asumiendo las consecuencias que esta herida negada ha dejado en su mundo interno y externo; y en su historia presente y pasada. Como ocurre en la mayoría de los casos en que hemos sido víctimas de situaciones injustas, será necesario reconocer en nuestro corazón los sentimientos de odio, anhelos de venganza, resentimiento, impulsos destructivos, negatividad, amargura, etc. Y toda esa carga interna posiblemente tendrá su correlato externo en relaciones insanas, miedo al compromiso, conductas autodestructivas, inestabilidad emocional, estados depresivos, deterioro de la salud, etc.

Surge de manera urgente la necesidad de una mirada compasiva que les permita reconciliarse con ellos mismos, en un perdón profundamente sentido, que abrace la totalidad de la herida y sus secuelas. La tendencia a la auto recriminación debe ser re-direccionada hacia un compromiso con ellos mismos, para transformar la vida hacia una mayor sanidad y felicidad. Es imprescindible que este compromiso se manifieste en forma concreta haciendo amorosamente los cambios internos y externos que su vida requiera.

Confrontar al victimario: recuperar el poder y la dignidad

Es altamente probable que parte del proceso exija una confrontación con el agresor, lo cual inicialmente debe situarse en el plano simbólico, a través del diálogo imaginativo (gestalt), la escritura o el “acto sicomágico”, donde la persona pueda expresar con toda libertad los sentimientos que se le susciten. En un comienzo, lo más probable es que las expresiones tiendan a focalizarse en la descarga energética y emocional de los contenidos asociados al abuso y sus secuelas, tales como la rabia y la pena. En caso de haber vínculo afectivo con el victimario, es posible que dicha confrontación vaya derivando hacia la diferenciación entre los aspectos sanos e insanos de la relación, para rescatar los primeros y desvincularse de los segundos. Eventualmente, la persona puede llegar a una comprensión de las raíces enfermas que originaron la conducta de su victimario, posibilitando incluso un perdón genuino.

En cualquier caso, es importante que el eje de esta parte del proceso esté centrado en la expresión auténtica, que fluye espontáneamente del sentimiento, sin forzar ni orientar nada hacia un objetivo predeterminado. Recordemos que ante las situaciones de injusticia “errar es humano y perdonar es divino”, por lo mismo, un perdón auto impuesto puede llevarnos nuevamente al espacio de la negación.

Son pocas las ocasiones en que resulta posible y aconsejable una confrontación real y directa entre ambos implicados. La participación conciente y voluntaria del victimario solo tendrá sentido si está motivado por una auténtica intensión de reparación, está en condiciones de hacer un reconocimiento de los hechos y su disposición es privilegiar las necesidades de la víctima por sobre las propias (lo cual equivale a revertir la actitud que predominó en la situación de abuso); todo lo cual debe ser rigurosamente supervisado. Por parte de la víctima es fundamental que se sienta con la fortaleza suficiente para atravesar el desafío, que inevitablemente estará plagado de miedos y fantasmas… bajo este contexto no se deben escatimar las precauciones y apoyos necesarios que garanticen una dirección evolutiva en el proceso.

Ya sea en el plano real o imaginario, el sentido y propósito profundo de una confrontación con el victimario, sea con el consentimiento de este o no, debe ser la reconquista del poder personal y la dignidad, atropellados por quién abuso del poder injustamente.

La sanción del entorno: la verdad y justicia que libera.

Como escribió en un diario de la época un lúcido psiquiatra referente al “caso Lavanderos”, la condena social y legal de este forma parte importante e indispensable del proceso de sanación de las víctimas. Y así es toda vez que la injusticia o abuso de poder sean componentes de la situación, porque la sanción del entorno interpersonal de la víctima vienen a validar y a respaldar, en el nivel cultural y social, los impulsos personales tendientes a restablecer un orden ético y valórico quebrantado, posibilitando así su plena reincorporación.

Esto tiene tanta validez para situaciones de gran escala, como el ejemplo citado en que la resolución debe plasmarse en el nivel jurídico y cultural de la sociedad; como en escalas menores, donde el ámbito familiar afectado debe encontrar los mecanismos para sancionar al abusador y apoyar el proceso de reintegración de quién fue violentado al interior de su seno.

Cualquiera sea la escala, el punto aquí es el siguiente: si una persona no tiene en su entorno (familiar o social) la confianza y contención suficiente para exponer abiertamente su herida, psicológicamente se sentirá profundamente marginada, tanto porque su más importante experiencia no puede ser recibida y asimilada por su medio, lo cual la coloca en una posición de “vicho raro” que debe ocultar su verdad; como porque ese medio no le otorga la seguridad mínima, lo cual la ubica en una posición de desprotección. En definitiva un circulo vicioso en que la misma herida la sitúa en una condición de “paria” y esta condición imposibilita la sanación de la herida.

Es parte importante del proceso reconocer y romper esta circularidad viciada, lo cual suele ser sumamente delicado y complejo, dado que involucra exponer la fragilidad de la herida ante terceros, cuya reacción es finalmente impredecible y riesgosa. Hay muchos factores interrelacionados que intervienen en este proceso y que conviene tener presente:

Lo primero que debe ser evaluado con la mayor objetividad posible, es si el entorno cuenta con la solidez ética y madurez suficiente como para enfrentar sana y justamente una verdad dolorosa y que eventualmente puede significar el desplome de figuras, que se han sostenido y a veces engrandecido, a costa del secreto y la mentira.

En segundo lugar, se debe tener contemplar la posibilidad de fuertes decepciones ante reacciones negativas por parte de personas que, por incapacidad o por haber actuado en complicidad con la situación de abuso o por lealtad con el victimario, se resistan a aceptar la verdad e insistan en la vía de la negación, lo cual se traduce en acusar de mentiroso a quién intenta poner la verdad sobre la mesa. En el otro extremo, pero igualmente negativo, se pueden presentar reacciones sobredimensionadas que fomenten el escándalo y violen la privacidad, provenientes de personas que, en definitiva, no tienen la generosidad y entereza suficiente como para colocar el cuidado por la vulnerabilidad de la victima como primera prioridad.

En tercer lugar es necesario poner conciencia profunda en las motivaciones e intensiones que, en cada paso dado o no dado, se movilizan al interior de la víctima, a fin que el proceso se encauce constructivamente. La negativa a revelar la verdad a una determinada persona puede ser una alternativa sanamente prudente en algunas circunstancias o puede ser la reactivación del miedo paralizante que restablece la alianza silenciosa con la experiencia de abuso. Por el contrario, declarar la verdad puede ser un paso positivo en tanto busca restablecer el orden (personal y/o familiar y/o social) alterado, pero puede ser contraindicado si está impulsado por afanes vengativos o desafiantes, que más conveniente resulta trabajar en el espacio interno.

Respetar un ritmo naturalmente cauteloso, con actitud flexible, atento y conciente a las señales internas y externas, es lo más indicado para ir tejiendo la red de contención en forma paulatina, partiendo por las personas que se tiene mayor cercanía y confianza, para idealmente construir el soporte suficiente que permita abrir sana y protegidamente la herida a todo el entorno requerido por la víctima. Los aportes del enfoque sistémico pueden resultar especialmente relevantes para orientar adecuadamente este aspecto del proceso que, repito, es altamente complejo y muy delicado.

Lo central es mantener el foco siempre puesto en restablecer la verdad y la justicia, generando un nuevo orden que beneficiará a todos, incluido el victimario. Esta comprensión fue asimilada por una de mis más jóvenes y heroicas clientes, que en expresión de gratitud por el acompañamiento recibido, envió el siguiente fragmento de Rudolf Steiner: “La luz del Sol fortalece lo creado sobre la tierra, la luz de la Verdad fortalece nuestro corazón”.

La búsqueda del sentido: el desafío espiritual de trascender.

Todo lo anterior sintetiza cuanto podemos hacer en el plano de lo humano, tanto a nivel individual como colectivo, en lo podríamos llamar el proceso de sanación psicológica que: libera la enorme carga psíquica y emocional bloqueada en la conciencia, posibilita transformaciones positivas y significativas en nuestras vidas, permiten recuperar la dignidad y el poder personal y nos habilitan para restablecer un orden saludable con el entorno familiar y social.

Hecho este proceso, que demás estará decir requiere de una fuerte dosis de coraje, esfuerzo, perseverancia, paciencia y determinación; quedamos naturalmente expuestos a un desafío que trasciende lo puramente psicológico y nos confronta con el sentido más profundo de nuestra existencia: ¿de que se trata todo esto?, ¿por que tuve yo que pasar por esta pesadilla tan absurda como injusta?, ¿hay algo más que el haber sido una víctima inocente del delirio de un enfermo?.

La respuesta a estas legítimas interrogantes evidentemente no las encontraremos en la mente racional y serán un acicate para sumergirnos en las profundidades metafísicas del alma y el espíritu, donde la existencia toda se revela como un enorme e inefable misterio, cuya exploración bien pudiera darle el sentido último a nuestra vida.

Lo anterior naturalmente dependerá de las inquietudes y motivaciones de cada persona, pero mi experiencia señala que a quienes nos ha tocado experimentar los límites de la locura humana (en cualquiera de sus formas), estamos llamados a despertar a nuestra realidad trascendente, integrando lo que un sabio maestro sintetizó así: “No somos seres humanos que podemos tener una experiencia espiritual, somos seres espirituales teniendo una experiencia humana”.

Desde esta perspectiva, cuyo alcance solo es factible desde un nivel de conciencia transpersonal, es que podemos disolver la condición de víctima y reinsertarnos como co-creadores del perfecto orden universal… un logro que sin duda nos consagra en las artes de la alquimia, haciendo que nuestra dolorosa experiencia se revele como la estrella que guió la gran liberación, profundamente anhelada por el alma.

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El Sentido del Dolor

Ricardo Jiménez O., 1991 (Publicado en Revista Uno Mismo Nro. 60, Diciembre 1994)Tisteza

Los seres humanos, en una actitud de soberbia, hemos pretendido erradicar lo que es un elemento constitutivo de la  vida: el dolor. Pretendemos decidir lo que la vida es cuando en realidad somos gracias a la vida. Es natural, entonces, el consenso que actualmente existe en las diversas corrientes de la psicología humanística y transpersonal, en cuanto a que todo proceso de crecimiento o de maduración pasa, inexorablemente, por el dolor. En realidad pasa por reintegrar lo que artificial e inútilmente hemos intentado enajenar.

El punto se torna más crucial si recordamos que somos una totalidad y que el excluir una parte arrastra la exclusión de muchas otras. En este sentido, es habitual por ejemplo, que la risa escasee en los rostros de quienes hemos sido mezquinos en la aceptación del dolor.

Pero, ¿qué obtenemos de este esfuerzo por huir del dolor?

En primer lugar, no solo no logramos alejarlo de nuestras vidas, sino más bien lo perpetuamos. Ignorar la presencia del dolor se traduce en fijar, inconcientemente, un halo de amargura permanente en nuestra alma. ¿Cuántos de nosotros transitamos por la vida en la inconciencia de la mirada ensombrecida y el corazón resentido?. Lo que hemos descubierto, aquellos que alguna vez tuvimos la ilusión del olvido, es que en definitiva este no existe. Lo que sí existe es la negación, cuyo costo es el que mencionábamos antes. Nuestras memorias, especialmente la corporal, son infalibles e inagotables en su capacidad de traer al recuerdo lo que buscamos negar, no importa cuantos años insistamos en ese fallido intento.

Asumir y enfrentar el dolor nos da la posibilidad de diluirlo e integrarlo a nuestro ser, podemos transmutar la energía que él encierra, para transformarla y recrearla en nuevas formas de energía… finalmente, podemos trascenderlo; pero negar su existencia nos cierra la puerta a todas estas posibilidades.

En la evasión del dolor lo perpetuamos pero, además, lo acrecentamos. Nuestra actitud de esquivarlo es, en definitiva, oponernos, orientar nuestras fuerzas en su contra. Es casi como comprobar el principio físico de acción y reacción cuando observamos que la intensidad del dolor se acrecienta en la misma magnitud de la fuerza invertida en resistirlo. Cuando le damos la cara, nos encontramos con su verdadero antídoto: la expresión. La toma de conciencia activa, de manera instantánea, la magia de una alquimia que hace desaparecer el dolor para que este se transforme en grito y/o llanto, sobre los cuales podremos tener muchos prejuicios, pero hay un hecho innegable: no duelen. Sentimos el sonido rugiente que brota de nuestro cuerpo entero, como si fuéramos un parlante en vibración; sentimos la piel humedecida y las lágrimas emergiendo de nuestros ojos, pero no sentimos dolor…, sentimos su expresión.

Con lo dicho hasta aquí bastaría para reflejar lo absurdo de nuestros afanes por arrancar del dolor, pero más allá de ello, pagamos un costo muchísimo más importante: la pérdida de su sentido. Cada componente de nuestra experiencia humana tiene un sentido único e irremplazable; es una pieza clave en la comprensión, armonización e integración de la vida. Pero no hay manera de capturar el sentido profundo de una experiencia dolorosa si no estamos dispuestos a vivirla. El dolor tiene la facultad de las fuerzas centrípetas: nos impulsan hacia el interior, hacia el núcleo de nuestro ser, allí donde habitan las respuestas existenciales más profundas. Así es como podremos constatar que nuestras vidas se tornan superficiales cuando insistimos en la actitud de obviar la dimensión dolorosa de nuestras experiencias. De modo contrario, el dolor estará presente en los momentos cruciales y significativos de nuestra existencia: cuando resolvemos nuestros grandes dilemas, cuando asumimos nuestra misión y destino… baste recordar que habitualmente acompaña el momento de nuestra llegada, en el nacimiento y de nuestra partida, en la muerte.

 

“Tal vez, tal vez el olvido sobre la tierra como una copa,

puede desarrollar el crecimiento y alimentar la vida (puede ser),

como el humus sombrío en el bosque.

Tal vez, tal vez el hombre como un herrero acude a la brasa,

a los golpes del hierro sobre el hierro,

sin entrar en las ciegas ciudades del carbón,

sin cerrar la mirada,

precipitarse abajo en hundimientos, aguas, minerales, catástrofes.

Tal vez, pero mi plato es otro, mi alimento es distinto;

mis ojos nJesús_Huerto de los Olivoso vinieron para morder olvido;

mis labios se abren sobre todo el tiempo, y todo el tiempo,

no solo una parte del tiempo ha gastado mis manos.

Por eso te hablaré de esos dolores que quisiera apartar,

te obligaré a vivir una vez más entre tus quemaduras,

no para detenernos como en una estación al partir,

ni tampoco para golpear con la frente la tierra,

ni para llenarnos el corazón con agua salada,

sino para caminar conociendo,

para tocar la rectitud con decisiones infinitamente cargadas de sentido,

para que la severidad sea una condición de la alegría,

para que así seamos invencibles.” - Pablo Neruda -

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La Alquimia de la Intención Creadora

Ricardo Jiménez O., 2007 (Publicado en Revista Mundo Nuevo Año 9 Nro. 57, Enero/Febrero 2008)

A la luz de la filosofía perenne, trabajar con el potencial transformador de nuestras intenciones adquiere su verdadera significación y sentido: una práctica espiritual para la expansión de nuestra conciencia que nos lleva a las profundidades del alma y a la revelación de nuestro Ser verdadero. alquimia2

Documentales como “What’s the bleep do we know?” o “El Secreto”, han vuelto a poner sobre el tapete el tema de nuestra capacidad de influir la realidad. Toman ciertos principios que hoy sustentan la física cuántica, la bioquímica y la neurociencia, llevándolos hacia ámbitos propios de la conciencia humana…

Atractivos en su potencial de abrirnos hacia nuevas posibilidades e introducirnos en los nuevos paradigmas de la ciencia moderna, pero engañosos (y en ese sentido peligrosos) en su reeducación de trasladar leyes válidas para realidades más básicas hacia otras muchísimo más profundas y complejas.

¿Por qué no puedo hacer esto, que se ve tan simple? Quizá muchos hemos experimentado esperanza seguida de frustración, después de ver esos filmes. Y lo simple es la respuesta: ¡porque no es tan fácil! No somos un mero conjunto de partículas y procesos bioquímicos, somos mucho más que eso.

Sin desconocer sus aportes, debemos prevenirnos de esta habitual tendencia superficial del pragmático pensamiento anglosajón. Por más modernos y sofisticados que sean los descubrimientos realizados en niveles inferiores (como la materia y el cuerpo), es erróneo pretender explicar a partir de ellos fenómenos y realidades de orden superior (como la mente, el alma y el espíritu).

Sabiduría antigua en el mundo moderno

Para adentrarnos con solidez en los dominios propios de la conciencia, debemos recurrir al enorme legado de las tradiciones espirituales que, durante milenos, han explorado el ilimitado mundo de la conciencia, elaborando mapas comprensivos y diseñando prácticas para su desarrollo.

Con el surgimiento de la psicología transpersonal y el decisivo aporte de Ken Wilber, la filosofía perenne se encuentra hoy en un proceso de destilación. Proceso destinado a extraer la esencia de la sabiduría que subyace en todas las escuelas de desarrollo humano y espiritual, más allá de sus inevitables connotaciones e influencias históricas y culturales. Nos estamos aproximando a un modelo integrador que permite articular los hallazgos fundamentales de las distintas tradiciones.

Abordaré el tema que nos convoca tomando como punto de partida los dos postulados fundamentales del modelo integral propuesto por Wilber (en su acepción más simple, genérica y abstracta); a la luz de ellos podremos captar con mayor profundidad lo que está implicado cuando trabajamos con nuestra intención.

Primero, como es adentro es afuera.

Toda realidad tiene dos manifestaciones: la cara interna (o subjetiva) y la externa (u objetiva), no existe una sin la otra. Estas dimensiones se influyen mutuamente, es decir, todo cambio interno conlleva necesariamente un cambio externo y viceversa.

Entonces no sólo se puede influir en la realidad externa a partir de lo interno, sino que ello siempre es así, porque toda realidad objetiva tiene su correspondiente a nivel subjetivo. El primer paso que debemos hacer cuando intencionamos una transformación en nuestra realidad externa, es responsabilizarnos de que nuestra actual realidad está siendo creada o sostenida desde nuestro mundo interno, es decir, por nuestros sentimientos, pensamientos y creencias. Sin asumir esto, cualquier juego de magia se constituye en una contradicción, en que apelamos a un “poder” para ciertos fines y del cual al mismo tiempo renegamos.

Salvado este primer obstáculo, nuestro trabajo cae de lleno en el campo intencional y comenzamos a navegar en los distintos niveles de profundidad de la conciencia, lo cual nos lleva al segundo postulado.

Segundo, los deseos del ego y los anhelos del alma

La realidad se estructura en un orden particular (holoárquico), donde los niveles superiores de la jerarquía incluyen a los inferiores, poseyendo siempre mayor profundidad y complejidad que su nivel predecesor. Un principio sumamente fácil de constatar en cualquier realidad que observemos: en lo físico los átomos conforman células, estas tejidos y después órganos y cuerpos. En el lenguaje con las letras formamos sílabas, con ellas palabras y después frases, párrafos, textos, etc. Aplicándolo al área de la conciencia, en forma muy genérica podemos decir: material, corporal, mental-afectivo y espiritual.

En virtud de esta premisa, debemos concluir que cuando deseamos modificar algo de nuestra realidad, necesariamente ese anhelo emerge desde un nivel de conciencia distinto del nivel que gobierna nuestra actual realidad. Los intereses de uno compiten con los del otro y el ganador es aquel que actúa desde las sombras de la inconciencia. El motivo de ello es muy obvio: nadie crea deliberadamente algo que no quiere.

En términos simples: los anhelos del alma están siendo postergados por los deseos “ocultos” del ego; y es aquí donde comienza nuestro trabajo: necesariamente deberemos traer a la conciencia aquellas motivaciones, intereses y deseos que están determinando nuestra actual realidad, solo así podremos ejercer responsablemente nuestro libre albedrío. Sobre ello, dos consideraciones:

Dependiendo del material inconciente que estamos enfrentando, tendremos grados muy distintos de peso y profundidad: desde simples hábitos cotidianos hasta patrones caracterológicos y condicionamientos kármicos. Así, lo que tal vez comenzó con una inocente intención puede llevarnos a un significativo proceso de confrontación con zonas negadas y/o reprimidas de nuestro ser… cuando es así, las más de las veces desistimos en la perseverancia de nuestro trabajo, lo cual siendo completamente legítimo, siempre será más conveniente asumirlo con conciencia y responsabilidad, en vez de evadirlo recurriendo a justificaciones auto engañosas.

Si nuestra opción es perseverar en el proceso, debemos disponernos a realizarlo en el nivel de profundidad que nos está requiriendo y recurriendo a las herramientas adecuadas para ello, que sin duda son muchas y diversas: desde la simple reiteración sistemática de nuestra intención, o recurriendo al apoyo psicoterapéutico, o hasta prácticas rituales o meditativas. La elección debe surgir de una evaluación honesta y realista en un contraste entre el desafío, y las capacidades y recursos.

Ejerciendo el poder creador

Para quienes disponen de recursos propios de la dimensión transpersonal (como el ritual, la oración y la meditación), plantearé una pauta de lo que en mi experiencia conforman los elementos centrales del trabajo, con algunas precisiones y sugerencias que pueden ayudar en el proceso. Todo ello suponiendo que efectivamente los propósitos emergen desde un nivel superior de conciencia (alma) y las resistencias u obstáculos desde un nivel inferior (ego).

Invocando la fuerza del Espíritu. Lo primero es reconocer que en el área intencionada nuestra conciencia habitual está en un nivel inferior a lo que quisiéramos. Por tanto, nuestro trabajo requiere que dispongamos de alguna práctica para expandirla hacia un estado superior, hacer algo para conectarnos desde ese nivel más elevado.

Sugiero recurrir a formas lo más simples posibles, con las cuales nos sintamos cómodos y sean fácilmente accesibles. Las prácticas sofisticadas o exigentes no hacen más que distanciarnos de un acceso cotidiano a ese nivel de conciencia que anhelamos. Lo central es la actitud y disposición para entrar en la quietud y armonía interna que caracteriza el contacto con el alma, que se reconoce también por la capacidad que adquiere la conciencia de atestiguar ecuánimemente nuestro mundo interno sin identificarse con sus contenidos (sensaciones, sentimientos y pensamientos) y, por tanto, sin caer en las habituales tendencias de enjuiciamiento, evaluación, crítica, etc. O sea, en lo que muchos han denominado “el testigo”.

En el espejo de la conciencia. Una vez adquirido el estado, podemos focalizarnos en nuestra intención para iluminar con la presencia del “testigo” los contenidos que emanan desde nuestros niveles inferiores de conciencia, recordando que la estructura concadenada implica que dichos niveles están igualmente presentes e incluidos en este nivel superior del alma o testigo. Este punto es de gran relevancia, ya que marca la gran diferencia entre aproximaciones espirituales evasivas que nos disocian (el “opio del pueblo” como las denominó Marx), de aquellas que nos integran en el reconocimiento y aceptación de la totalidad de nuestro ser.

Llegado este momento, requeriremos también disponer de algunas actitudes adicionales a la mirada ecuánime, como son la honestidad, humildad y algún grado de coraje. Con esos ingredientes, inherentes todos al estado del “testigo”, podremos mirar con la determinación y perseverancia necesaria aquello que se esconde en los rincones oscuros y esquivos del inconciente, boicoteando nuestros anhelos más profundos.

En la llama de la transformación. Cuando hemos logrado encender la luz de la conciencia superior, lo que viene dependerá del estrato psíquico involucrado y su “material” asociado.

Cuando confrontamos raíces kármicas, los contenidos ocultos suelen ser bastante extravagantes, amenazadores e incluso delirantes; con fuerte carga emocional y posiblemente violentos. A veces como recuerdos de vidas anteriores, otras como representaciones simbólicas y no necesariamente permiten establecer el vínculo directo con lo intencionado. Lo central es que aflora el “complejo energético” asociado.

Cuando la indagación nos lleva a situaciones negadas u olvidadas de nuestra historia personal, los contenidos ocultos suelen estar asociados a experiencias de dolor y/o miedo con sus correlatos psíquicos y emocionales de pena, rabia, frustración, resentimiento, amargura, negatividad, etc.

Así, podemos encontrarnos con una infinidad de situaciones diversas, para las que sugiero las siguientes indicaciones generales:

Cuando la experiencia involucra mucha intensidad emocional, se hace imprescindible fortalecer la actitud de ecuanimidad (para lo cual necesitaremos paralelamente reforzar la presencia del “testigo” apoyándonos, por ejemplo, en alguna oración o mantram) y recordar e incluso agradecer la bendición de estar liberándonos de esta carga nociva que nos contamina.

Lo sustancial de la práctica es la vivencia y no la intelectualización de la misma. No distraerse en análisis, interpretaciones o juicios, pues obstaculiza el proceso.

Mantener en todo momento una actitud de aceptación, en especial de aquellos aspectos nuestros que nos parecen reprochables. Debemos recordar que en el origen de toda “insanidad” hay una experiencia de des-amor que no debe ser reforzada con el rechazo. Ver y acoger la herida es el primer paso para sanarla.

Dejar ir y despedirse agradecidamente de todo apego, interno o externo, que nos mantenga atados al sufrimiento. Perdonarse y perdonar, son formas privilegiadas de soltar culpas y resentimientos esclavizantes.

Y por último: en el periodo que estemos trabajando sobre una intención es muy probable que en nuestras vidas cotidianas se presenten situaciones que nos confronten, a veces de manera álgida, con el tema propuesto. Más que intimidarnos, debemos acoger estos desafíos como una señal clara de que nuestro trabajo interno está movilizando la realidad externa hacia la transformación, es decir, como una confirmación de que nuestro proceso va bien encaminado y de que a llegado el momento de pasar de la intención a la acción.

La estructura profunda de la Alquimia

En la perseverancia de la práctica podremos atestiguar la transmutación de los contenidos ocultos, que al calor de la luz, la gratitud y la aceptación, comienzan a suavizarse y dulcificarse para finalmente presentarse como legítimas necesidades de nuestras esferas más básicas, que naturalmente requieren atención y consideración. Surge en ese momento la conciencia clara e integradora de un orden interno reestablecido donde nuestra propia intención original es posible que sea resignificada y revalorada. Lo fundamental -y principal logro- es que: ¡hemos dado un paso en nuestro crecimiento!

Lo que he presentado corresponde a lo que podríamos llamar el noble arte de los alquimistas. Un oficio desarrollado por hombres sabios que tras el símbolo de transmutar el plomo en oro, nos enseñaron el camino de transformar nuestras limitaciones en oportunidades para expandir la conciencia a través de la luz de la conciencia misma, siendo realmente esa luz el tesoro anhelado… Así, la Conciencia se va revelando como camino y meta, como nuestro verdadero ser y destino.

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