La Alquimia de la Intención Creadora

Ricardo Jiménez O., 2007 (Publicado en Revista Mundo Nuevo Año 9 Nro. 57, Enero/Febrero 2008)

A la luz de la filosofía perenne, trabajar con el potencial transformador de nuestras intenciones adquiere su verdadera significación y sentido: una práctica espiritual para la expansión de nuestra conciencia que nos lleva a las profundidades del alma y a la revelación de nuestro Ser verdadero. alquimia2

Documentales como “What’s the bleep do we know?” o “El Secreto”, han vuelto a poner sobre el tapete el tema de nuestra capacidad de influir la realidad. Toman ciertos principios que hoy sustentan la física cuántica, la bioquímica y la neurociencia, llevándolos hacia ámbitos propios de la conciencia humana…

Atractivos en su potencial de abrirnos hacia nuevas posibilidades e introducirnos en los nuevos paradigmas de la ciencia moderna, pero engañosos (y en ese sentido peligrosos) en su reeducación de trasladar leyes válidas para realidades más básicas hacia otras muchísimo más profundas y complejas.

¿Por qué no puedo hacer esto, que se ve tan simple? Quizá muchos hemos experimentado esperanza seguida de frustración, después de ver esos filmes. Y lo simple es la respuesta: ¡porque no es tan fácil! No somos un mero conjunto de partículas y procesos bioquímicos, somos mucho más que eso.

Sin desconocer sus aportes, debemos prevenirnos de esta habitual tendencia superficial del pragmático pensamiento anglosajón. Por más modernos y sofisticados que sean los descubrimientos realizados en niveles inferiores (como la materia y el cuerpo), es erróneo pretender explicar a partir de ellos fenómenos y realidades de orden superior (como la mente, el alma y el espíritu).

Sabiduría antigua en el mundo moderno

Para adentrarnos con solidez en los dominios propios de la conciencia, debemos recurrir al enorme legado de las tradiciones espirituales que, durante milenos, han explorado el ilimitado mundo de la conciencia, elaborando mapas comprensivos y diseñando prácticas para su desarrollo.

Con el surgimiento de la psicología transpersonal y el decisivo aporte de Ken Wilber, la filosofía perenne se encuentra hoy en un proceso de destilación. Proceso destinado a extraer la esencia de la sabiduría que subyace en todas las escuelas de desarrollo humano y espiritual, más allá de sus inevitables connotaciones e influencias históricas y culturales. Nos estamos aproximando a un modelo integrador que permite articular los hallazgos fundamentales de las distintas tradiciones.

Abordaré el tema que nos convoca tomando como punto de partida los dos postulados fundamentales del modelo integral propuesto por Wilber (en su acepción más simple, genérica y abstracta); a la luz de ellos podremos captar con mayor profundidad lo que está implicado cuando trabajamos con nuestra intención.

Primero, como es adentro es afuera.

Toda realidad tiene dos manifestaciones: la cara interna (o subjetiva) y la externa (u objetiva), no existe una sin la otra. Estas dimensiones se influyen mutuamente, es decir, todo cambio interno conlleva necesariamente un cambio externo y viceversa.

Entonces no sólo se puede influir en la realidad externa a partir de lo interno, sino que ello siempre es así, porque toda realidad objetiva tiene su correspondiente a nivel subjetivo. El primer paso que debemos hacer cuando intencionamos una transformación en nuestra realidad externa, es responsabilizarnos de que nuestra actual realidad está siendo creada o sostenida desde nuestro mundo interno, es decir, por nuestros sentimientos, pensamientos y creencias. Sin asumir esto, cualquier juego de magia se constituye en una contradicción, en que apelamos a un “poder” para ciertos fines y del cual al mismo tiempo renegamos.

Salvado este primer obstáculo, nuestro trabajo cae de lleno en el campo intencional y comenzamos a navegar en los distintos niveles de profundidad de la conciencia, lo cual nos lleva al segundo postulado.

Segundo, los deseos del ego y los anhelos del alma

La realidad se estructura en un orden particular (holoárquico), donde los niveles superiores de la jerarquía incluyen a los inferiores, poseyendo siempre mayor profundidad y complejidad que su nivel predecesor. Un principio sumamente fácil de constatar en cualquier realidad que observemos: en lo físico los átomos conforman células, estas tejidos y después órganos y cuerpos. En el lenguaje con las letras formamos sílabas, con ellas palabras y después frases, párrafos, textos, etc. Aplicándolo al área de la conciencia, en forma muy genérica podemos decir: material, corporal, mental-afectivo y espiritual.

En virtud de esta premisa, debemos concluir que cuando deseamos modificar algo de nuestra realidad, necesariamente ese anhelo emerge desde un nivel de conciencia distinto del nivel que gobierna nuestra actual realidad. Los intereses de uno compiten con los del otro y el ganador es aquel que actúa desde las sombras de la inconciencia. El motivo de ello es muy obvio: nadie crea deliberadamente algo que no quiere.

En términos simples: los anhelos del alma están siendo postergados por los deseos “ocultos” del ego; y es aquí donde comienza nuestro trabajo: necesariamente deberemos traer a la conciencia aquellas motivaciones, intereses y deseos que están determinando nuestra actual realidad, solo así podremos ejercer responsablemente nuestro libre albedrío. Sobre ello, dos consideraciones:

Dependiendo del material inconciente que estamos enfrentando, tendremos grados muy distintos de peso y profundidad: desde simples hábitos cotidianos hasta patrones caracterológicos y condicionamientos kármicos. Así, lo que tal vez comenzó con una inocente intención puede llevarnos a un significativo proceso de confrontación con zonas negadas y/o reprimidas de nuestro ser… cuando es así, las más de las veces desistimos en la perseverancia de nuestro trabajo, lo cual siendo completamente legítimo, siempre será más conveniente asumirlo con conciencia y responsabilidad, en vez de evadirlo recurriendo a justificaciones auto engañosas.

Si nuestra opción es perseverar en el proceso, debemos disponernos a realizarlo en el nivel de profundidad que nos está requiriendo y recurriendo a las herramientas adecuadas para ello, que sin duda son muchas y diversas: desde la simple reiteración sistemática de nuestra intención, o recurriendo al apoyo psicoterapéutico, o hasta prácticas rituales o meditativas. La elección debe surgir de una evaluación honesta y realista en un contraste entre el desafío, y las capacidades y recursos.

Ejerciendo el poder creador

Para quienes disponen de recursos propios de la dimensión transpersonal (como el ritual, la oración y la meditación), plantearé una pauta de lo que en mi experiencia conforman los elementos centrales del trabajo, con algunas precisiones y sugerencias que pueden ayudar en el proceso. Todo ello suponiendo que efectivamente los propósitos emergen desde un nivel superior de conciencia (alma) y las resistencias u obstáculos desde un nivel inferior (ego).

Invocando la fuerza del Espíritu. Lo primero es reconocer que en el área intencionada nuestra conciencia habitual está en un nivel inferior a lo que quisiéramos. Por tanto, nuestro trabajo requiere que dispongamos de alguna práctica para expandirla hacia un estado superior, hacer algo para conectarnos desde ese nivel más elevado.

Sugiero recurrir a formas lo más simples posibles, con las cuales nos sintamos cómodos y sean fácilmente accesibles. Las prácticas sofisticadas o exigentes no hacen más que distanciarnos de un acceso cotidiano a ese nivel de conciencia que anhelamos. Lo central es la actitud y disposición para entrar en la quietud y armonía interna que caracteriza el contacto con el alma, que se reconoce también por la capacidad que adquiere la conciencia de atestiguar ecuánimemente nuestro mundo interno sin identificarse con sus contenidos (sensaciones, sentimientos y pensamientos) y, por tanto, sin caer en las habituales tendencias de enjuiciamiento, evaluación, crítica, etc. O sea, en lo que muchos han denominado “el testigo”.

En el espejo de la conciencia. Una vez adquirido el estado, podemos focalizarnos en nuestra intención para iluminar con la presencia del “testigo” los contenidos que emanan desde nuestros niveles inferiores de conciencia, recordando que la estructura concadenada implica que dichos niveles están igualmente presentes e incluidos en este nivel superior del alma o testigo. Este punto es de gran relevancia, ya que marca la gran diferencia entre aproximaciones espirituales evasivas que nos disocian (el “opio del pueblo” como las denominó Marx), de aquellas que nos integran en el reconocimiento y aceptación de la totalidad de nuestro ser.

Llegado este momento, requeriremos también disponer de algunas actitudes adicionales a la mirada ecuánime, como son la honestidad, humildad y algún grado de coraje. Con esos ingredientes, inherentes todos al estado del “testigo”, podremos mirar con la determinación y perseverancia necesaria aquello que se esconde en los rincones oscuros y esquivos del inconciente, boicoteando nuestros anhelos más profundos.

En la llama de la transformación. Cuando hemos logrado encender la luz de la conciencia superior, lo que viene dependerá del estrato psíquico involucrado y su “material” asociado.

Cuando confrontamos raíces kármicas, los contenidos ocultos suelen ser bastante extravagantes, amenazadores e incluso delirantes; con fuerte carga emocional y posiblemente violentos. A veces como recuerdos de vidas anteriores, otras como representaciones simbólicas y no necesariamente permiten establecer el vínculo directo con lo intencionado. Lo central es que aflora el “complejo energético” asociado.

Cuando la indagación nos lleva a situaciones negadas u olvidadas de nuestra historia personal, los contenidos ocultos suelen estar asociados a experiencias de dolor y/o miedo con sus correlatos psíquicos y emocionales de pena, rabia, frustración, resentimiento, amargura, negatividad, etc.

Así, podemos encontrarnos con una infinidad de situaciones diversas, para las que sugiero las siguientes indicaciones generales:

Cuando la experiencia involucra mucha intensidad emocional, se hace imprescindible fortalecer la actitud de ecuanimidad (para lo cual necesitaremos paralelamente reforzar la presencia del “testigo” apoyándonos, por ejemplo, en alguna oración o mantram) y recordar e incluso agradecer la bendición de estar liberándonos de esta carga nociva que nos contamina.

Lo sustancial de la práctica es la vivencia y no la intelectualización de la misma. No distraerse en análisis, interpretaciones o juicios, pues obstaculiza el proceso.

Mantener en todo momento una actitud de aceptación, en especial de aquellos aspectos nuestros que nos parecen reprochables. Debemos recordar que en el origen de toda “insanidad” hay una experiencia de des-amor que no debe ser reforzada con el rechazo. Ver y acoger la herida es el primer paso para sanarla.

Dejar ir y despedirse agradecidamente de todo apego, interno o externo, que nos mantenga atados al sufrimiento. Perdonarse y perdonar, son formas privilegiadas de soltar culpas y resentimientos esclavizantes.

Y por último: en el periodo que estemos trabajando sobre una intención es muy probable que en nuestras vidas cotidianas se presenten situaciones que nos confronten, a veces de manera álgida, con el tema propuesto. Más que intimidarnos, debemos acoger estos desafíos como una señal clara de que nuestro trabajo interno está movilizando la realidad externa hacia la transformación, es decir, como una confirmación de que nuestro proceso va bien encaminado y de que a llegado el momento de pasar de la intención a la acción.

La estructura profunda de la Alquimia

En la perseverancia de la práctica podremos atestiguar la transmutación de los contenidos ocultos, que al calor de la luz, la gratitud y la aceptación, comienzan a suavizarse y dulcificarse para finalmente presentarse como legítimas necesidades de nuestras esferas más básicas, que naturalmente requieren atención y consideración. Surge en ese momento la conciencia clara e integradora de un orden interno reestablecido donde nuestra propia intención original es posible que sea resignificada y revalorada. Lo fundamental -y principal logro- es que: ¡hemos dado un paso en nuestro crecimiento!

Lo que he presentado corresponde a lo que podríamos llamar el noble arte de los alquimistas. Un oficio desarrollado por hombres sabios que tras el símbolo de transmutar el plomo en oro, nos enseñaron el camino de transformar nuestras limitaciones en oportunidades para expandir la conciencia a través de la luz de la conciencia misma, siendo realmente esa luz el tesoro anhelado… Así, la Conciencia se va revelando como camino y meta, como nuestro verdadero ser y destino.

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