La Evolución de los Poderes

Ricardo Jiménez – Agosto 2011

Politica y espírituA estas alturas parece casi pretencioso y egocéntrico pretender hacer algún comentario de la actualidad y que sea referido exclusivamente a nuestro país, pues resulta evidente que los signos de transformación de esta década afloran en muchas partes del mundo y con muchos elementos sorprendentemente comunes.

Uno de estos fenómenos es el que se ha rotulado como “empoderamiento ciudadano”, que emerge fuerte y contagiosamente en latitudes y contextos tan disímiles como los países árabes, Europa y Chile. Me parece interesante indagar en un análisis más profundo de este fenómeno, intentando dilucidar sus raíces fundamentales y que posibiliten proyectarlo consistentemente en un plano más universal.

El juego del poder

Un primer elemento de análisis surge de recordar que la dinámica del poder es de aquellos “juegos” sociales que técnicamente se califican de “suma cero”: es decir, si un determinado grupo social emerge con mayor poder, esto siempre será relativo a otro grupo que experimenta un detrimento; y esto por la naturaleza misma de lo que significa el poder. Siempre que uno sube hay otro que baja; y viceversa.

Entonces, la comprensión integral del fenómeno requiere mirar ambas caras de la moneda, pues se explican inexorable y mutuamente. Si atendemos a la realidad, nacional e internacional de los últimos años, quedará en evidencia como la caída en diferente referentes del poder hizo de catapulta para el surgimiento del llamado “poder ciudadano”:

- El poder religioso capitalizado por la Iglesia Católica a experimentado una vertiginosa y sistemática caída fruto de sus propias contradicciones, con su pérdida de hegemonía como referente ético no solo en Chile, sino en todo occidente.

- El poder económico, representado por la clase empresarial y autoridades del área económica-financiera, se torna cada vez menos confiable ante la crisis de un sistema que solo muestra signos de debilidad y revela su inconsistencia absoluta a partir de sus prácticas codiciosas y/o tramposas y/o abusivas y/o especulativas.

- El poder político – representado por la clase dirigente, los partidos y el gobierno – pierde total credibilidad ante una práctica política extraviada de su misión fundamental: el servicio público. Todo esto refrendado con dogmatismo ideológico, discursos vacíos-demagógicos y una dinámica entrampada en sus propias luchas de poder.

TIC’s: el caballo de Troya de la (r)Evolución

Seria ingenuo pensar que la corrupción que debilita las principales estructuras de poder social comenzó en estos últimos años, pues la evidencia histórica demuestra que la tendencia tiene larga y sostenida data. La particularidad de nuestros tiempos radica en que hoy una inmensa mayoría de ciudadanos tiene acceso a herramientas tecnológicas que le permiten mantenerse muchísimo y más verazmente informado; así como comunicado.

La fuerza alcanzada por el desarrollo de las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC’s), en particular Internet, ha posibilitado una auténtica democratización de la información/comunicación, haciendo perder al resto de las estructuras de poder (religioso, económico y político) una de sus principales armas: el control hegemónico de los medios de comunicación y, con ello, la posibilidad de manipulación sobre la ciudadanía.

La relevancia de Internet como instrumento operativo clave de los movimientos ciudadanos lo vemos reflejado cotidianamente en dos aspectos evidentes:

- Manejo de información actualizada y fundamentada por parte de quienes participan en los movimientos y particularmente sus líderes. Sus planteamientos son cada vez más sólidos y consistentes, haciéndolos creíbles para la opinión pública. Buena parte de la información además revela y socializa evidencia que demuestra la corrupción de los poderes instituidos, propiciando aún más su debilitamiento.

- Para todos los efectos de comunicación: toma de contacto, intercambio de antecedentes y opiniones, coordinación de actividades, convocatorias, difusión de información relevante, etc.; la plataforma virtual los habilita para transmitir a gran escala, mucha rapidez y bajo costo.

Un nuevo eje articulador del poder: la ética por sobre la ideología

Si bien los dos elementos anteriormente expuestos (el debilitamiento/corrupción de los poderes constituidos y las posibilidades que permiten las tecnologías de información) son condiciones necesarias para explicar el fenómeno del “empoderamiento ciudadano”, no me parece que sean suficientes, pues tiene que haber una motivación poderosa como para movilizar a cientos de miles tras una causa común y que en la mayoría de los casos trasciende con creces los meros intereses personales.

Sin duda que la indignación que provoca el ejercicio abusivo del poder instituido ya provee el “combustible” necesario para movilizar a muchos miles que se encuentran profundamente frustrados y desesperanzados frente a un sistema que sienten aplastante. De hecho, los que se encuentran en esta situación generalmente se suman a las movilizaciones ciudadanas (y en general a cualquier aglomeración masiva) para expresar su descontento a través de la violencia, muchas veces indiscriminada e inconducente. En algún sentido responden de manera catártica solo para descargar el tremendo resentimiento que les provoca una vida socialmente marginada.

En el corazón de los movimientos ciudadanos hay también una dosis de sana indignación y rebeldía, pero sus planteamientos son principalmente constructivos, en su forma y fondo buscan proponer un nuevo orden, que hace eco en el alma de una mayoría que se va sumando con optimismo y entusiasmo.

En Chile lo hemos visto principalmente en el movimiento por la educación, pero también en las movilizaciones ambientalistas y por el respeto a las diferencias, es donde aparecen estos rasgos distintivos:

- Una nueva forma de protestar y manifestarse, donde predomina un espíritu creativo y lúdico.

- Una férrea unidad entre sus líderes, donde las legítimas diferencias ideológicas se respetan y ocupan un segundo plano frente a sus demandas de reformas.

- Un planteamiento riguroso de sus posturas, donde se equilibra adecuadamente la denuncia de la perversión en los sistemas imperantes, con la propuesta de alternativas de solución.

- Una visión global e integradora para enfrentar la problemática, que supone no solo una capacidad cognitiva, sino también una actitud generosa para abordar los temas sociales contemplando las necesidades de todos los sectores afectados. Cuestión que destaca sobre la perspectiva parcializada que habitualmente domina en el resto de los poderes, que se limitan a proponer “soluciones parche”.

- Un respeto de los procedimientos democráticos, mediante los cuales consultan con frecuencia a sus bases para definir sus posiciones en el conflicto.

Las características que presentan los movimientos ciudadanos me llevan a abrazar la tesis (y también la esperanza) de que estemos frente a un proceso muchísimo más profundo y significativo: un cambio de conciencia de nivel colectivo que nos posibilite acceder como sociedad a nuevos paradigmas, que a su vez nos permitirán establecer transformaciones profundas de nuestros sistemas sociales, superando las crisis en una dirección evolutiva.

Si tuviera que titular este salto cuántico, lo definiría como un paso desde un ordenamiento ideológico a uno valórico. Asumo que este planteamiento es aventurado atendiendo el clima de confusión que hoy reina principalmente en las estructuras de poder formal, pero veo con claridad que gran parte de ese caos reside en la incapacidad de aceptar que la primacía ideológica llega a su fin… cada vez escuchamos con más frecuencia acerca de “posiciones transversales” que desarticulan las hegemonías ideológicas, ya sean estas religiosas, políticas o económicas.

Así, el flujo de los movimientos ciudadanos y sus propuestas se encauza y direcciona por opciones éticas compartidas, que además cautivan el amplio apoyo de toda la ciudadanía. La opción ideológica adopta un rol secundario, con un carácter instrumental al servicio del valor anhelado. El quiebre fundamental entre quienes aún ostentan poderes formales y el resto de los ciudadanos radica precisamente allí: los primeros insisten en defender sus dogmas ideológicos, generalmente muy asociados a sus intereses personales… en la porfía de aferrarse a un eje obsoleto están perdiendo la representatividad y capacidad de ejercer poder real.

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!Que vivan los estudiantes!

Ricardo Jiménez – 17 de Junio 2011clip_image002[4]

“¡Que vivan los estudiantes,
jardín de las alegrías!
Son aves que no se asustan
de animal ni policía,

y no le asustan las balas
ni el ladrar de la jauría.”

- Violeta Parra-

Ayer estuve en el centro de Santiago y me encontré con la multitud vociferante que inundaba las anchas alamedas… lejos de incomodarme, sus gritos me llegaron como cánticos alegres que inmediatamente me hicieron evocar la canción de la Violeta.

La mezcla de tensión y entusiasmo me trajo también el recuerdo de aquellos años gloriosos en que nuestro país se atrevió a cruzar el umbral del miedo y expresar su oposición mayoritaria a la continuidad de la dictadura militar. Más de 20 años han debido pasar para que la voz ciudadana se vuelva a sentir en las calles de las principales ciudades de Chile, reclamando sus legítimos derechos y señalando nuevos rumbos para el desarrollo y destino de nuestro país… los “pingüinos” dieron el punta pie inicial de este proceso que solo muestra señales de expansión. Por eso: ¡Que vivan los estudiantes!.

Me cuestiono la tremenda ingenuidad con que muchos de mi generación  vivimos el así llamado retorno de la democracia: creo que la mayoría, muy puerilmente, supusimos que bastaba poner fin a la dictadura para que nuestra sociedad se enfilara hacia una mayor justicia y auténtico desarrollo. Una ilusión que no se condice con la realidad histórica de ningún lugar del mundo, pues esta indica sistemáticamente que la democracia puede transformarse en “el gobierno del pueblo y para el pueblo”, si y solo si, el pueblo asume activamente su poder, expresa sus demandas con fuerza y coraje; y exige que sus derechos sean respetados… de modo contrario, los poderes (políticos y económicos) terminan sirviéndose a sí mismo favoreciendo los intereses y privilegios de las minorías. Entonces, ahora sí, parece que la auténtica democracia esta dando señales de vida…

Me tomo el tiempo para recorrer varias calles y por doquier me encuentro con vehículos y personal de carabineros… alertas y expectantes, estos seres parecen disfrazados de marcianos y bajo sus atuendos desaparece todo vestigio de humanidad. Pienso que posiblemente muchos de ellos estarían felices de que sus hijos pudieran tener acceso a una educación de calidad y, por ende, gustosos sumarian sus voces a las de la multitud… sin embargo su función termina siendo reprimir la expresión de lo que ellos mismos anhelan. ¿Puede haber algo más indigno para un ser humano?.

Intencionalmente termino mi recorrido pasando por el palacio de la Moneda: completamente rodeado de rejas y contingente policial para protegerlo de los manifestantes… ¡que símbolo más elocuente del divorcio entre el poder político y los ciudadanos!.

Me subo al metro de regreso a mi hogar, asumiendo mi incapacidad de soportar el agua de los guanacos y el ahogo de las lacrimógenas que mi instinto anunciaban cercanos…

En el viaje me descubro algo distinto, con un sueño de antaño reactivado pese a la lápida de decepciones que lo sepultaron… un tanto incómodo y desconfiado por el asomo de ideales adormecidos, no puedo renegar de la porfiada esperanza que remece mi alma, la misma cifrada en los finales del Canto a Bolívar, cuando Neruda interpela poéticamente al prócer preguntando: “Padre: ¿Eres o no eres o quién eres?”…y el libertador responde : “Despierto cada cien años. Cuando despierta el pueblo.”

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Una revolución moral para Chile

Cristián Warnken – Jueves 07 de Julio de 2011 (publicado en Blogs / El Mercurio)

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Los anuncios del Presidente Piñera no satisfacen a los dirigentes de las movilizaciones estudiantiles, y parece que el crudo invierno producido no por la Corriente del Niño, sino la del Joven, va a seguir desatando tormentas. ¿Y por qué?

Porque las máximas autoridades no han logrado entender el trasfondo de esta marejada fervorosa, cargada de nuevas y extremas exigencias y nuevos lenguajes. Estamos ante algo mucho más profundo que un petitorio que se pueda responder con un paquete de medidas. Cuando Piñera habló de la importancia de la educación pública en su discurso por cadena nacional, los jóvenes no le creyeron. Parecía flotar en una escenografía con muchas banderas chilenas de fondo (no sé por qué tantas), lanzando una serie de cifras y siglas ("acuerdo GANE", "fe") que sonaban a palabras vacías, como tantas que los jóvenes de esta generación han escuchado y que han terminado por rechazar instintivamente.

No digo que muchas de esas medidas no puedan (o sí) ir en la dirección correcta. Pero como esta generación ha sido bombardeada desde la cuna por tantas ofertas, como han visto que todo se vende a cualquier precio, tienen ya un sistema de defensa, una inmunidad muy potente ante cualquier mensaje o promesa, o posible trampa o letra chica. Desconfían y son muy exigentes, como cuando un hijo adolescente interpela a un padre sorprendido en una doble vida o con un discurso doble.

El lucro ha sido una de las amantes escondidas adentro del clóset. En este punto, eso sí, no seamos fariseos o hipócritas: muy pocos tienen la autoridad moral para pontificar sobre este tema. Ese lucro encubierto no sólo lo han practicado en estos años algunas universidades privadas que muchos con tejado de vidrio señalan hoy con el dedo. Los jóvenes dicen: la misma ley redactada en el gobierno militar explícitamente prohibía el lucro. ¿Por qué buscaron formas de sortear la ley? No hubo ilegalidades en eso, pero sí sienten que se vulneró el espíritu de la ley, que hubo una falla ética. Es impresionante, pero estos jóvenes vienen a exigir que se cumpla el espíritu de una ley, redactada y pensada por los padres ideológicos de un gobierno que hoy propone legalizar y transparentar ese lucro.

Claro, son principistas, se dirá, pero ¿vamos a pedirles que no lo sean? ¿No habrá un abismo entre nuestros discursos con los que hemos educado a los jóvenes y nuestros actos? ¿No nos habremos acostumbrado a que toda ley o palabra declarada pueda ser letra muerta? La Concertación consolidó la laxitud, incluso la pillería. Y la Alianza, que prometía un gran cambio, un estilo de excelencia, probidad, casi una nueva forma de vida, ha defraudado a estos jóvenes que esperaban mucho más, cansados de vivir en un mundo de verdades a medias, de falta de gratuidad y de puro amor por el poder. Percibo entre sus gritos y consignas variopintas una exigencia de verdad, de consistencia, tan dañadas en estos años de "llegar y llevar" (el país de La Polar). Tengo la sensación de que vienen a levantar las mismas varas de coherencia y amor a lo público de los jóvenes de la élite de viejo cuño, fundadores de la República: un Amunátegui, un Matte, o tantos otros, grandes y genuinos apasionados por Chile.

Eso pareció olvidarlo una parte de la clase dirigente que, cómodamente instalada en el poder en estos años, ha ido quemando a la velocidad de la luz palabras tan sagradas como "igualdad", "libertad", "excelencia", vaciándolas de sentido.

Llegó la hora más dura: nuestros hijos, los hijos de la transición, han venido a refregarnos en la cara nuestras inconsistencias y ambigüedades, que es algo que los jóvenes huelen, y contra lo cual siempre se han rebelado ¿Que están excedidos, que son radicales? Si radicalidad significa ir a la raíz, entonces que ésta sea bienvenida. Lo que Chile necesita urgentemente no es sólo una reforma educacional, sino una revolución moral, y eso es lo que nuestros jóvenes tal vez nos estén pidiendo a gritos.

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CARTA ABIERTA AL RECTOR CARLOS PEÑA

basera

Por Ps. Alejandro Boric – Agosto 26 del 2011

Sr. Carlos Peña

Rector Universidad Diego Portales

Presente

Estimado Rector,

He tomado la iniciativa de dirigirme a usted por medio de esta carta, que además hago pública, como una forma de aportar al debate sobre la educación en el país y en particular al ejercicio del diálogo, la reflexión y la práctica de la democracia al interior de la comunidad académica. Lo hago teniendo como referencia su última columna de opinión en el diario El Mercurio este Domingo 21 de agosto y en mi calidad de docente de la Universidad Diego Portales, entidad que estimo mucho y a la que me siento orgulloso de pertenecer. Entre otras cosas porque valoro de nuestra Universidad su calidad académica, su espíritu pluralista y su preocupación por el acontecer nacional.

Lo que me mueve no es un afán de antagonismo a la autoridad. Sé además que usted emitió sus opiniones en forma personal y no como Rector. Pero tal como usted nos recordó en el caso Matte-Karadima, las palabras están cargadas de significados y consecuencias según el contexto y la condición de quien las emite. De modo que los juicios que usted emite (tales como “vergonzosa nueva beatería”) en relación al comportamiento de profesores, conllevan implicancias también al interior de nuestra universidad y su comunidad de docentes.

He sabido apreciar sus columnas de opinión porque creo que han hecho aportes importantes al análisis y comprensión de situaciones a veces complejas en el país. Especialmente valoro su denuncia de discursos incoherentes y prácticas poco éticas, a veces revestidas en discursos de moral convencional. En esta ocasión no obstante, me permito disentir en varios puntos con su última columna y lo hago desde una postura dialogante y respetuosa, que espero usted valore como un aporte a la reflexión. Me tomo acá de sus palabras en el sentido de que para experimentarnos como seres inteligentes necesitamos que los otros nos ofrezcan cierta resistencia.

Usted plantea en su artículo que “lo más llamativo del conflicto estudiantil es la facilidad con que a veces sin mayor reflexión se les ha concedido toda la razón a los jóvenes”. Y hace un llamado a los adultos a no imitar el comportamiento juvenil ni celebrar acríticamente sus demandas. En particular a que los profesores cumplamos con “el deber” de “comportarnos como tales” y que los políticos estén a la “altura de su dignidad”. De otro modo ni familia, ni universidad, ni democracia funcionan.

Concuerdo con usted en la necesidad de no caer en un facilismo emotivo y embobarse con la rebelión juvenil. Pero estoy sòlo parcialmente de acuerdo. Porque a la vez me pregunto si no sería bueno para el país que los padres dejaran de comportarse según las definiciones que nuestra sociedad racional y patriarcal le asigna a la función paterna: autoridad normativa y proveedor económico. Me pregunto si a Chile no le vendría mejor tener padres más presentes y cercanos, menos centrados en reglamentar y proveer, y más abiertos a escuchar, intimar y conectarse afectivamente con sus hijos. Si no sería mejor tener políticos que, desoyendo los consejos de Macchiavello, estuviesen menos motivados en alcanzar las alturas de un poder dudosamente digno, desde la lógica del antagonismo y la desconfianza, y se atreviesen a ser más transparentes y honestos. Y profesores universitarios capaces de ser sensibles y responsables con el acontecer nacional más allá del cumplimiento de sus deberes de cátedra.

Puedo equivocarme, pero lo más llamativo del conflicto estudiantil es para mí precisamente el hecho de que no se trate sólo de un conflicto por la sola mejora en la calidad de la educación como quieren hacernos creer algunas autoridades de gobierno. Los jóvenes han logrado recoger y expresar una aspiración que viene desde la dimensión de la utopía y de la ética, áreas ambas que trascienden – pero no contradicen – la pura racionalidad y se ubican en la legítima y muy humana esfera del querer y del sentir. Los jóvenes de hoy tal como en su tiempo los de otras generaciones como en los sesenta y ochenta – generación esta última en la que probablemente tanto usted como yo sentimos el orgullo de haber participado activamente – aportan una dimensión valórica y de sentido a un país que parecía haberla perdido, entre otras cosas por exagerar criterios como la racionalidad, el realismo, el pragmatismo y el cumplimiento – a veces acrítico y cómodo – de deberes y roles pre-establecidos.

No desconozco el valor que ocupan en la convivencia humana la racionalidad, la prudencia y el respeto a reglas, procedimientos e instituciones ni me parecen constructivas posturas simplistas, anarquistas o romanticismos sin fundamento. Si bien es posible observar algunas de estas actitudes en las expresiones de ciertos grupos, no creo que ellas caractericen en lo central el comportamiento de los dirigentes estudiantiles actuales. Uno puede disentir en algunas de sus decisiones y no concordar en todas sus demandas, argumentos y propuestas. Pero en lo grueso me parece que han sabido integrar firmeza en su movilización con argumentos válidos y razonables sobre todo en el plano ético, pero también en lo político y lo técnico. En ese contexto, no concuerdo en interpretar la adhesión que su movimiento ha generado en adultos y profesores como acriticismo ingenuo o irresponsabilidad en el cumplimiento de sus deberes. Más me parece apoyo consciente a planteamientos valóricos y a la demanda por soluciones profundas.

Concuerdo plenamente con usted en que la búsqueda e implementación de soluciones concretas al tema de la educación y otros que están en debate, deben ser pensadas desde la razón para que sean viables y posibles. Pero no desconozco el papel que cumplen la movilización social – que a veces debe ser tenaz para conseguir resultados -, el discurso valórico y la adhesión afectiva a una causa justa. Tanto por parte de jóvenes como de adultos y profesores. Y también de autoridades universitarias, a quienes pudimos ver en las calles semanas atrás.

Todos sabemos que hay ciertos temas en el país que no se han resuelto y que por el contrario parecen ir de mal en peor. Por lo tanto valoro el modo cómo los jóvenes están expresando una aspiración por un país más inclusivo, igualitario y justo. Un país en que las condiciones estructurales de inequidad y las diferencias de oportunidades en educación y otros ámbitos no se sigan reproduciendo escandalosamente. En donde la ley y el derecho no sigan amparando que algunas empresas impongan tasas usureras a sus clientes y deudores como ha evidenciado el patético caso de La Polar. Un país en donde no sean posibles ni justificables las escandalosas desigualdades de ingresos, en el que gerentes de empresas – ni hablar de algunos dueños – pueden llegar a ganar más de cien veces lo que uno de sus empleados. Situación que lamentablemente pareciera no ser muy distinta en algunas universidades y establecimientos educacionales privados.

Y como sabemos bien, esto justamente se explica y justifica desde un discurso que apela por ejemplo a la existencia de las leyes del mercado, como realidades irrefutables. Si bien son una realidad factual, ciertamente las leyes del mercado están lejos de ser verdades científicas incuestionables o realidades ontológicas. Son más bien la expresión de una forma de ver y vivir la condición humana. La antropología filosófica que subyace a las leyes del mercado – un ser humano movido sobre todo por motivaciones egoístas y consumistas, desconectado de los otros y del sistema ecológico que lo rodea – es una visión que ha permeado nuestra comprensión del ser humano y la realidad, que merece seriamente ser puesta en discusión, dado su poder para generar y justificar realidades.

El empleo riguroso del pensamiento ciertamente es fundamental para la comprensión y resolución de los problemas humanos y el ejercicio responsable de la democracia. Pero de igual modo, para que la razón sea instrumento válido, ella debe estar conectada a otras esferas de lo humano, como por ejemplo la afectividad y el espíritu. Caso contrario, el pensar correcto se puede transformar en un nuevo mito, tal como en su tiempo lo fueron –y aun hoy en algunos círculos – los dogmas religiosos. La psicología sabe muy bien que la razón suele ser engañosa, cuando está al servicio del ego, ese personaje fabricado por nuestro propio pensamiento y que tiende a emplearlo al servicio de sus intereses. Los psicólogos nos hablan de los mecanismos de racionalización y de intelectualización, un tipo de actividad del pensamiento que usa la razón al servicio de motivaciones veladas inconscientes.

Quizás es tiempo de dejar el racionalismo como paradigma único del saber y darle su lugar a otras esferas del ser. Tal vez es tiempo de que en nuestras universidades nos abramos a formas de convivencia y de saber que desafíen el predominio de la razón pura y el empirismo científico. Y validemos e implementemos espacios dedicados educarnos en afectividad, en sensibilidad, en formas de vincularnos más sanas y amorosas. Los místicos -probablemente quienes han llegado más profundamente en la comprensión de lo humano –nos dicen que si la razón no va unida a esferas más profundas de la consciencia, el pensamiento se vuelve un ejercicio vacío, engañoso y al servicio de los intereses del ego. Para que el pensamiento sea verdaderamente creativo y fructífero, nos dicen, debe estar conectado a una capa más profunda del ser, en donde se revelan verdades tales como la percepción de unidad entre todas las cosas y seres, y la compasión y paz como estados propios de una naturaleza humana más profunda y verdadera. Sería muy provechoso considerar sus propuestas en serio y abrirse a estudiarlas y experimentarlas en escuelas y universidades para poner a prueba la veracidad de sus dichos.

¿Qué es “la realidad” y cuál el así llamado “principio de realidad”? Me pregunto cómo sería hoy la “realidad concreta” de millones de afroamericanos en USA si M. L. King se hubiese dejado llevar sólo por el realismo y no por su profunda capacidad de amar, que lo llevó a soñar y crear una realidad distinta. La epistemología y las ciencias actuales reafirman esta idea de que no existen verdades objetivas, que la realidad es compleja y diversa. Más aun, nos dicen que la realidad la construimos desde nuestras creencias, paradigmas, subjetividades e intersubjetividades. De modo que “ser realista” será distinto según qué realidad estoy viendo y según qué realidad quiero crear en mi mundo y en el mundo intersubjetivo compartido. En lo personal creo firmemente que necesitamos ampliar nuestras definiciones de lo que es real, así como también la de los roles establecidos y los deberes asociados a ellos.

El racionalismo en mi opinión forma parte de una visión patriarcal que ha dominado la consciencia humana por siglos y que “define” un tipo de realidad, que creo es justamente parte del problema. Los psicólogos han demostrado por ejemplo, cómo desde la razón se puede invalidar la experiencia vívida de otra persona y de paso invalidar a ésta como interlocutora. Primero yo defino lo que “es real”, luego invalido la experiencia del otro cuando no calza con mi definición y además no le doy la oportunidad de salirse de mi paradigma. Doble vínculo, le han llamado los teóricos de la comunicación. Es lo que hace un padre cuando ignora e invalida el sentimiento de abandono que experimenta su hijo o hija así como su demanda por mayor autenticidad en la relación. Ante la amenaza de que el padre lo rechace aún más, el/la hijo/a suele negar sus sentimientos y aceptar “la realidad” que le propone-impone su padre. Por supuesto que el padre hace esto como una forma de defenderse ante la amenaza de perder su rígido control emocional y el lugar de poder en la relación. Mecanismo defensivo, autoritarismo, patriarcado.

El lúcido W. Reich nos dijo hace casi un siglo que esta es la forma en que la sociedad patriarcal se reproduce en el seno de los vínculos interpersonales. La autoridad controla al niño y al joven “castrando” su energía creativa, emocional y erótica, de modo que éste debe contraerse en una coraza defensiva y adaptarse a los criterios impuestos por el padre. Y así se transforma en un joven sumiso, obediente y respetuoso de los adultos, dignatarios y poderes establecidos.

Pero el/la hijo/a puede también optar por validar sus propios sentimientos percepciones y demandas y no aceptar los mandatos del Padre (léase también profesor, autoridad, estado) como criterio único de realidad. Me parece que hoy día estamos en presencia de este fenómeno a nivel social y generacional en nuestro país. Los estudiantes organizados están diciendo NO. ¡No queremos sus definiciones de lo que es real y posible en este país! Lejos de aceptar los estereotipos insultantes con que los ven ciertos adultos, que los ningunean como inútiles, subversivos o irreflexivos, ellos corajudamente se están asignando un papel protagónico y creador de nuevas realidades posibles en este país. Y lo están haciendo, a mi modo de ver, mostrando capacidad reflexiva, madurez y generosidad.

La demanda estudiantil revalida el rol de la utopía, la pasión y el anhelo en nuestra sociedad. No es casual que las movilizaciones estudiantiles vayan acompañadas de bailes, murgas, disfraces, carnavales. Es decir reivindicación del eros y la alegría. Recuperación de la capacidad de rebeldía, desfachatez y espontaneidad, que tanta falta le hace a nuestra sociedad chilena, autoritaria, hipócrita y temerosa.

El lugar que usted parece asignarnos en su columna de opinión a adultos, profesores y padres en relación a los jóvenes me parece a lo menos estrecho. No hace justicia a nuestra calidad de personas y ciudadanos ni al desempeño integral de nuestros roles. La escena aludida en el congreso tal vez sea un muy buen símbolo de un necesario cambio y flexibilización en los papeles. Hay técnicas terapéuticas que justamente aplican la inversión de roles para destrabar conflictos, flexibilizar posiciones y abrir lazos de empatía y entendimiento entre las partes. De modo que sin beatificar a nadie celebro profundamente lo que ocurrió en el congreso. Qué bueno que los estudiantes puedan hablarle de igual a igual y con argumentos a sus adultos y dignatarios. Sin complejos, sin temor a ser reprendidos o ridiculizados. Sentimiento tan generalizado en nuestro carácter nacional, tan hábilmente inducido por quienes se ubican en lugares de poder y tan conveniente a sus intereses.

Qué bien le haría a tantas familias de este país que algunos padres dejaran el lugar distante y frío en que se encuentran, escucharan más a sus hijos y se abrieran a nuevas formas de convivencia familiar. Qué bien le haría al país si la educación no estuviese definida sólo como instrucción técnico-cognitiva y se consideraran dentro de su ámbito otras esferas del ser, como la afectividad, las relaciones humanas y el bienestar subjetivo. Tal vez hay que cambiar la mirada sobre el tipo de viejo y de adulto que usted dice necesitamos como sociedad. Tal vez junto a la facultad de buen razonar, necesitamos adultos más capaces de ser sensibles y no sólo “razonables”, dispuestos a dejarse interpelar por los jóvenes, a replantearse sus paradigmas sobre la realidad y a renunciar a sus privilegios.

Puedo equivocarme. Pero junto con anhelarlo, creo que está naciendo, al menos en un buen porcentaje de nuestros jóvenes, un tipo de consciencia humana más madura e íntegra, en que la razón no está escindida del corazón, un tipo de consciencia más sensible a percibir las interconexiones entre los seres humanos y entre éstos y su entorno y el cosmos, una consciencia que aprecia la transparencia y la congruencia en los líderes por sobre los discursos y la retórica. Una consciencia más centrada en lo esencial y “el alma” que en el ego y la apariencia, que valora más el compartir que el competir, y que aprecia también la relajación, el goce y la belleza y no sólo el esfuerzo, el trabajo y el logro. Y quiero creer que esto es parte de lo que se está jugando hoy día en las calles, en los colegios y universidades, en los debates y en el congreso. Entonces, antes que situarme desde la desconfianza o la suspicacia, prefiero alentar esta visión, con decisión y aporte reflexivo, ayudando a que el movimiento y las energías se canalicen creativa y positivamente.

Estas son algunas de mis percepciones, apreciaciones y anhelos en el actual contexto. Muy posiblemente usted comparta algunas de ellas, como tal vez en otras tendremos legítimos desacuerdos. En lo personal, me pareció pertinente compartirlos por medio de esta carta dirigida a usted y hacerla pública como un aporte a la reflexión que, me consta, muchos académicos y alumnos de nuestra universidad y otras estamos haciendo en estos momentos.

Le saluda con sincero respeto y afecto,

Alejandro Boric Pellerano

Docente de Pregrado

Director del Post Título de Psicoterapia Humanista Transpersonal

Facultad de Psicología – Universidad Diego Portales

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