La Causa
Miércoles 10 de Diciembre 2008
En lo que escribí el viernes pasado me refiero a una percepción de que, mucho más allá de una situación persona
l y de los ribetes jurídicos que este proceso irá poniendo en el tapete de discusión, hay una causa común en la que todos nosotros estamos involucrados. (Demás estará decir que la advertencia de no apropiarse de ella está dirigida especialmente a mi ego y espero de uds. el apoyo en esto, mi mayor riesgo).
Pero, ¿cuál es esta causa?, es lo que reflexioné en mi caminata al cerro el día sábado y quería compartir con uds. En un sentido estricto, lo que se deberá resolver en este proceso es la legitimidad del uso de plantas de poder (o sagradas) con fines psicoespirituales, lo cual ya es bastante. Pero desde una perspectiva más amplia y profunda, me parece que a nivel de nuestra cultura el debate versa sobre si nuestra sociedad tiene la madurez suficiente para ejercer el derecho a elegir – libre, conciente y responsablemente – la forma en que cada uno quiere sanar y cultivar su cuerpo, mente, alma y espíritu; en el entendido, claro está, que estas formas no afecten o restrinjan las libertades y derechos de otros. ¿Es un planteamiento revolucionario?. Claro que no, nuestra Constitución es esencialmente libertaria y declara explícitamente la libertad de Culto, Educación, etc.
Estimé en alrededor de un centenar las personas que durante estos poco más de dos años han participado de nuestros Rituales. Nunca hemos tenido un accidente que sobrepase un porrazo durante la caminata por el cerro, todos ellos han declarado una experiencia positiva y benéfica para sus vidas, jamás hemos tenido un reclamo y, hasta el momento, no tenemos conocimiento de denuncia alguna. Entonces: ¿qué origina este tremendo operativo policial y periodístico?, ¿Qué hace que una sociedad que institucionaliza la libertad como principio fundamental reaccione tan radicalmente ante un hecho de tan pequeña escala y con propósitos de sanación?. ¿Una equivocación?, tampoco, ya que la policía tenía todos lo antecedentes sobre nuestras modalidades y propósitos de trabajo; y aún así decidió intervenir como lo hizo.
La respuesta última que llega a mi conciencia cuando me planteo esto coincide con el título del clásico de Erick Fromm: “El Miedo a la Libertad”. Hace ya mucho tiempo que leí ese libro, pero recuerdo que todo su enfoque es sociológico y que termina con un análisis del fenómeno del nazismo en Alemania, como ejemplo histórico extremo de una cultura sustentada en el miedo.
Para los que trabajamos en el campo del desarrollo de la conciencia, el miedo es tema frecuente y también raíz de la mayor parte de nuestras limitaciones psicológicas. No podía ser de otra manera, porque como decía el viejo Perls, es obvio que una sociedad neurótica promueve la presencia de la neurosis en los individuos y que individuos neuróticos tenderán a crear estructuras igualmente insanas.
Para una aproximación sincera hacia lo sicológico siempre me a parecido más adecuado comenzar por mirar la viga en el ojo propio, que reporta más profundidad y detalle que la paja en el ajeno. Porque debemos de reconocer que aún en las distintas manifestaciones del llamado mundo alternativo, estas tendencias sectarias y excluyentes prevalecen. Por más que pregonemos la libertad y respeto a la diversidad, aparecen conductas que revelan esta percepción de la opción distinta como una amenaza para la propia.
Los que velan por los temas ecológicos y sociales nos acusan a los que trabajamos en el campo de la conciencia de permanecer pegados en una mirada hacia el ombligo. Aún dentro de los que trabajamos en el desarrollo de la conciencia tenemos tendencias a competir entre la infinidad de aproximaciones posibles… el cuento no acaba y lo llevamos dentro. Afortunadamente nuestros desencuentros no se resuelven a golpes o con cárcel, pero igual existen.
Recuerdo que la última vez que vi a Claudio Naranjo – en la presentación de su libro sobre educación – le escuché al pasar una declaración que me sorprendió bastante y que básicamente consistió en reconocer que su automarginación de los grupos identificados con la psicología transpersonal no se debía a los principios fundamentales, los cuales evidentemente compartía; sino a razones personales gestadas en la relación con algunos de sus representantes.
Por mi parte debo reconocer lo mismo, las diferencias ideológicas nunca han sido obstáculo para mantener una comprensión integradora. Esto no es solo teórico, sino que responde a una experiencia directa: como soy curioso, e indagado y explorado por muchas aproximaciones posibles dentro del campo de la conciencia y, salvo excepciones, lo que más encuentro son similitudes y coincidencias; por más que algunos se empeñen en destacar las diferencias. Me siento tan cómodo en un Ritual Chamánico como en una práctica de yoga, meditación, encuentro de biodanza o entonando cantos sagrados. Puedo reconocer diferencias de estilo y énfasis entre el Cristianismo, Budismo, Sufismo, Taoísmo y las tradiciones indígenas, pero para mí, el mensaje fundamental es siempre el mismo.
De aquí provienen mis simpatías con Ken Wilber – con quién compartimos una formación en las ciencias duras y su lenguaje abstracto (que a muchos exaspera) me resulta fácil de entender – pues su modelo es el más amplio y abarcativo que me ha tocado conocer. Pero incluso del modelo de Wilber mantengo una posición de adhesión teórica parcial, ya que no logra incluir en forma completa enfoques que en mi experiencia han sido muy importantes, como son la Astrología y el mismo Chamanísmo.
Entonces, al igual que Claudio, debo reconocer que todos mis tropiezos en la vinculación con otros campesinos que labran y cultivan en el campo de la conciencia tienen raíces relacionales y afectivas.
Todo esto para desembocar en lo obvio: las raíces del miedo son siempre emocionales y cuando nos enredamos en discusiones ideológicas solo estamos encubriendo el fondo del asunto; lo que es equivalente a decir que en un clima de confianza siempre lograremos el buen entendimiento y en la desconfianza jamás lo haremos. El entendimiento no tiene nada que ver con la coincidencia de visiones u opiniones, eso es imposible en la diversidad de experiencias, perspectivas y niveles de conciencia que coexisten en la especie humana… el entendimiento tiene que ver – en palabras de Humberto Maturana- con el respeto y aceptación del otro, así, tal como es y distinto a mi.
Sabemos que el miedo se gesta en las etapas tempranas del desarrollo, principalmente en la infancia y opera desde el inconciente por el resto de la vida hasta que no salga al descubierto. En definitiva, para la gran mayoría es en el seno de la familia donde se aprende a temer… son las interacciones familiares insanas las que siembran esta pérdida de confianza en el otro y motivan las actitudes que coartan la libertad propia y ajena.
Días antes de este incidente me encontraba reflexionando en este asunto desde una perspectiva positiva: las implicancias que tendrá en nuestra sociedad la configuración legal del delito de violencia intrafamiliar. Su aplicación es aún débil y encubierta de tabúes, pero confío que mas temprano que tarde las restricciones del marco legal irán dando frutos a mayor escala para poner atajo a los abusos que engendran el miedo.
En mi opinión y por así decirlo, las raíces sicológicas del nazismo las encontramos en el libro autobiográfico de Hitler (“Mi Lucha”), donde con un orgullo y admiración patológica, describe los castigos de su padre que lo golpeaba hasta aturdirlo, toda vez que no cumplía con sus expectativas. Así el pequeño Adolfo aprendió el miedo que gobernó su vida y desde allí desarrolló su fobia y persecución a toda una raza que se esforzó por extinguir. En términos más técnicos: los judíos representaban para Hitler su propia sombra, su parte “inferior” que fue cruelmente maltratada por su padre; y su proceder solo reprodujo esa conducta que él terminó por imitar y admirar.
Pero retomando al tema central, la conclusión de toda esta larga vuelta es muy simple: si nuestra meta es alcanzar la madurez para ejercer una libertad conciente y responsable, nuestro obstáculo es el miedo que nos mantiene anclado en los estadios infantiles; y esto rige tanto a nivel individual como social. Creo que si asumimos completamente esto, podremos sintonizarnos con el flujo del Tao cuando dice:
“Sus enemigos no son demonios, sino seres humanos como el mismo.
El no les desea daños personales…
Entra en el combate gravemente, con pesar y gran compasión.”
Si efectivamente reconocemos nuestros propios temores lograremos ver que tras la violencia – de personas o instituciones; propia o ajena – hay niños heridos y asustados; y ello puede conducirnos hacia la verdadera puerta de salida a este círculo vicioso – de agresión y miedo – en que nos encontramos atrapados como humanidad. Curiosamente, esa puerta finalmente corresponde también al título del otro clásico de Fromm: “El Arte de Amar”.
Entonces, con una mirada aún más amplia y generosa, podremos simbolizar en este proceso la oportunidad de retribuir a la sociedad que nos ha cobijado, lo que por muchos años hemos estado aprendiendo en las modernas catacumbas del mundo alternativo… nuestro pequeño aporte a esta transición desde una cultura del miedo hacia una cultura del amor. Donde los seres humanos podríamos relacionarnos entre nosotros con la misma naturalidad y confianza que nos paseamos por un jardín – rico en variedad de especies, colores, aromas y formas- para reconocer que en esa diversidad radica, precisamente, la riqueza y belleza de la humanidad.
Para ello solo debemos entregarnos a las transformaciones – internas y externas; individuales y colectivas – que la vida nos va indicando… entendiendo que ellas son solo parte de un orden universal que nos traciende.
Estoy haciendo mis mejores esfuerzos por vivirme así este proceso. Golpearon fuerte la puerta de mi modesto templo, me sentí violentado y muy dolido… con humildad, temor y temblor respondo: !estoy disponible!
Ricardo
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