Vivir con Conciencia de la Muerte
Ricardo Jiménez, Enero 2008 (Entrevista y reportaje realizado por Andrea Munizaga y Pamela Torres para la Revista Uno Mismo, pero finalmente no publicado)
Todas las tradiciones espirituales y corrientes de la psicología profunda coinciden en señalar a la muerte como tema central, donde, por una parte se encuentra la matriz primordial que genera la totalidad de nuestros miedos y condicionamientos limitantes y, por otra parte, el umbral que de ser atravesado nos libera de la ilusión y posibilita descubrir nuestra verdadera esencia.
- ¿Qué es la muerte para las antiguas tradiciones espirituales?
El Budismo Tibetano es, sin lugar a dudas, la tradición que más exhaustivamente a explorado el misterio de la muerte y, sobre todo, su decisiva implicancia en la vida. Todo este bello y profundo conocimiento está magistralmente expuesto en la obra de Sogyal Rimpoché, “El libro Tibetano de la Vida y la Muerte”, generosamente escrito para occidentales.
En el Tibet los niños desde muy pequeños son invitados a participar de la despedida de sus seres cercanos, porque, en las palabras de propio Rimpoché: “Para la persona que se ha preparado y ha practicado, la muerte llega no como una derrota, sino como un triunfo, el momento más glorioso que corona toda la vida.”
Pero todos los maestros espirituales nos han estado constantemente recordando, desde distintas aproximaciones y énfasis, esta notable oportunidad: “Tomar a la muerte por consejera”, es la consigna del sabio indio Yaqui protagonista de la saga de Castaneda, para inducir a una existencia valerosa y cargada de propósito; “Hasta que no entiendas la muerte no te será posible entender la vida” nos dice el mismo Buda en su invitación a liberarnos de los apegos que generan el sufrimiento; “Sin comprender la muerte pueden ustedes pasarse la vida buscando lo desconocido y jamás lo encontrarán” recalca Krishnamurti en su implacable compromiso con la verdad; “Negando la muerte, la posibilidad de saber quienes somos mas allá del nombre y la forma, la dimensión trascendente desaparece de nuestras vidas porque la muerte es a puerta a esa dimensión” dicen los sutras de Eckhart Tolle para convocar el contacto con la esencia de nuestra alma; “La semilla debe morir para poder germinar”, nos recuerda el maestro Jesús señalando el camino hacia el Padre.
- ¿Qué enseñanza trae la muerte para todos los seres humanos?
Desde diferentes épocas y latitudes la invitación de fondo es una y bien puede sintetizarse en las poéticas palabras de Michel de Montaigne:
“No hay lugar en la tierra donde la muerte no pueda encontrarnos, por mucho que volvamos constantemente la cabeza en todas direcciones como si nos halláramos en una tierra extraña y sospechosa…”
“Los hombres vienen y van, trotan y danzan, y de la muerte ni una palabra. Todo muy bien. Sin embargo, cuando llega la muerte, a ellos, a sus esposas, sus hijos, sus amigos, y los sorprende desprevenidos, ¡Qué tormentas de pasión no los abruman entonces, qué llantos, qué furor, qué desesperación¡…”
“Para empezar a privar a la muerte de su mayor ventaja sobre nosotros, adoptemos una actitud del todo opuesta a la común; privemos a la muerte de su extrañeza, frecuentémosla, acostumbrémonos a ella; no tengamos nada más presente en nuestros pensamientos que la muerte… No sabemos donde nos espera la muerte: así pues, esperémosla en todas partes. Practicar la muerte es practicar la libertad. El hombre que ha aprendido a morir ha desaprendido a ser esclavo.”
- ¿Qué opina sobre la mirada que posee la cultura occidental sobre la muerte?
Es evidente que la actitud predominante de la cultura occidental, en su absurdo e inútil intento de negar esta realidad tan natural como inevitable, nos lleva a quedarnos tras el umbral, para que nuestras vidas terminen gobernadas por el miedo y la superficialidad. La máxima expresión de esta tendencia la encontramos en el patético ejemplo de aquellos que han solicitado conservar artificialmente sus cuerpos sin vida, en “espera” de algún descubrimiento científico que les permita retomarla.
Negar y huir de la muerte es posiblemente el acto más soberbio y arrogante que un ser humano puede acometer, pues lo lleva a desafiar y desconocer la más simple y evidente realidad que lo trasciende y que, paradójicamente, lo conduce a perder totalmente el sentido de su existencia. En palabras de Chuang Tzu: “El nacimiento de un hombre es el nacimiento de su pena. Cuanto más vive, más estúpido se vuelve, porque su ansia por evitar la muerte inevitable se hace cada vez más aguda. ¡Qué amargura!. ¡Vive por lo que está siempre fuera de su alcance!. Su sed de sobrevivir en el futuro le impide vivir en el presente.”
Afortunadamente la muerte tiene esa fuerza implacable que, de cuando en cuando, entra en nuestra existencia para recordarnos que tarde o temprano nos encontraremos con ella… así, los funerales son de los pocos rituales sociales que aún logran liberarse de la banalidad y posibilitan una introspección y encuentro más profundo y sentido entre los convocados.
Pero sería injusto hablar de este tema sin mencionar a la valerosa doctora Elizabeth Kübler-Ross, quién tuvo la lucidez y coraje para desafiar la actitud enajenante frente a la muerte y nada menos que en pleno seno de la comunidad médica europea. Su palabra, su obra y finalmente toda su vida fue un testimonio, sin parangón en occidente, que despertó una nueva conciencia en todos quienes estuvieron dispuestos a escucharla y cuyo legado rinde sus frutos hasta el día de hoy. Comenzó reclamando lo más básico: un trato digno para los moribundos, continuó con el desarrollo y promoción de programas de apoyo para las personas que enfrentaban la etapa final de sus vidas y, a través de su propio proceso de transformación, culminó descubriendo en la muerte la gran oportunidad para despertar a las dimensiones espirituales y trascendentes. En definitiva, rescató lo temido y despreciado hasta ubicarlo en el sitial de lo sagrado… una pionera que, a costa de muchas penurias personales y con una perseverancia inquebrantable, logra construir el puente desde la ciencia médica hasta la espiritual.
- ¿Cuál es la oportunidad que se abre para quienes enfrentan el desafío de la muerte?
La tentación de quienes siguen algún camino espiritual o religioso es a cubrir el temor natural que despierta la muerte con un cúmulo de creencias, habitualmente adoptadas desde un saber externo y ajenas a toda experiencia directa, que solo refuerzan de manera más sofisticada y solapada la actitud evasiva.
El desafío que nos impone la realidad de la muerte es muchísimo mayor que la construcción de defensas racionales, es la rendición ante el misterio, donde toda pretensión o ambición se desploman en forma absoluta. Debemos partir por reconocer y aceptar que hay realidades que nos trascienden y que están totalmente fuera de nuestras posibilidades de control y certeza.
Cuando realmente miramos de frente a la muerte quedamos desnudos, todo atisbo de importancia personal y apego cae derrotado y es descubierto en su carácter ilusorio, lo cual posibilita la apertura de las verdaderas puertas de la trascendencia: la humildad y la vulnerabilidad; solo desde allí podemos experimentar nuestra naturaleza esencial e inmortal: el alma y el espíritu dejan de ser conceptos abstractos para instalarse en el resplandor de una nueva conciencia.
Así, nos encontramos con la manera más eficaz de disolver las tendencias esclavizantes de nuestro ego: contemplar su muerte anunciada. Liberados, podemos gozar de la paz y alegría del espíritu, dulcemente conquistadas con la aceptación de la muerte.
- ¿Qué trabajo terapéutico realiza usted sobre la muerte?
Durante cuatro años, con mi amigo Mario Ritter realizamos un taller vivencial que denominamos “Explorando la Muerte” con el fin de posibilitar la emergencia de este enorme potencial transformador, torpemente desperdiciado por los condicionamientos culturales.
Desde luego el taller no proponía ni intentaba inducir ningún tipo de creencia específica respecto a la muerte, que por lo demás es la forma habitual como ejerzo mi oficio de terapeuta, que ha mi modo de ver difiere absolutamente de la aproximación que pudiera tener un “maestro” o experto en determinada materia. Entiendo mi trabajo como un facilitador que propone experiencias para que cada persona encuentre las respuestas que necesita, en ese determinado momento existencial y dentro de su propia sabiduría interna, en su profundidad natural. No me siento ni con el derecho ni con la autoridad para inducir “verdades”, simplemente porque confío mucho más en el poder personal de cada persona para descubrir su propio camino de autorrealización y trascendencia.
Heredo esta mirada desde el enfoque gestáltico y lo aplico en todo mi trabajo, pero especialmente cuando se trata de temas tan profundos como la muerte, que de forma natural nos lleva a una confrontación radical con el sentido de la existencia.
En el proceso, la gran mayoría de los participantes debieron enfrentarse con los condicionamientos asociados a la muerte, teniendo que atravesar miedos, prejuicios y vivencias, a veces con alta carga emocional. Una vez “vaciada la taza”, era posible el encuentro gentil con alguno de los multifacéticos rostros de la muerte y recibir la inspiración de su mensaje: unos se encuentran con su propia trascendencia, a otros les posibilita concluir con un duelo que han cargado por largo tiempo, a muchos se les revela la necesidad de soltar o renunciar a un apego esclavizante, hay quienes descubren la conexión de alma con algún ser querido que ha muerto y también quienes pierden el temor a acompañar a un ser querido en sus días finales.
Trabajar en torno al tema de la muerte tiene ese enorme poder y belleza que hace emerger el maestro interno de cada uno y, para mi, no hay mayor satisfacción ni privilegio que compartir esa experiencia.
- ¿Qué Maestros o fuentes de inspiración han sido significativos en su vida y trabajo?
Me considero una persona que aprende de la vida y la experiencia, más que de los textos o maestros… como dijo Neruda: “soy hombre del pan y del pescado y no me encontrarán en los libros, sino que con los hombres y mujeres, ellos me han enseñado el infinito”. Esta tendencia, junto a mi innata curiosidad me ha llevado a explorar vivencialmente y aprender de una enormidad de propuestas y caminos de crecimiento espiritual: desde las prácticas provenientes de las tradiciones orientales hasta las chamánicas de suramérica; desde métodos desarrollados en las escuelas de la psicología humanística hasta la transpersonal.
Esta opción es muy atractiva desde el punto de vista de la riqueza que otorga la diversidad, pero impone también un desafío importante por el riesgo de caer en una dispersión que finalmente te mantiene en un plano superficial. Por este motivo la figura de Ken Wilber ha sido tan importante para mi, ya que su genialidad y conocimiento ha permitido articular las más diversas visiones del desarrollo humano y espiritual en torno a su estructura profunda, para desembocar en un modelo muy consistente e integrador que él denomina “Visión Integral”.
Mi trabajo en psicoterapia es el resultado de lo que ha sido mi propio proceso de crecimiento: en él ofrezco diversas alternativas de acompañamiento según los requerimientos del proceso y momento de cada persona; pero la forma en que se vinculan los distintos métodos está inspirada en las premisas de la psicología integral desarrollada por Wilber. Su modelo es sumamente abstracto y genérico, por lo que yo he tenido que desarrollar mi propio modelo para aterrizar los principios básicos en un plano operativo y metodológico, de tal forma que relaciona herramientas específicas de trabajo con las necesidades que surgen en el desarrollo de un proceso de crecimiento o sanación.
-¿Alguna experiencia personal en relación a la muerte?
El fallecimiento de mi madre ocurrido hace 18 años es, hasta el momento, la experiencia más significativa que he vivido en lo que se refiere al tema de la muerte. Lloré por muchísimas horas y en ese llanto transité desde el total desgarro hasta la dulzura más sublime… contemplar el rostro inmóvil y plácido de esa mujer que había amado con pasión en mi niñez, detestado con furia en mi adolescencia y con quién terminé en una dolorosa distancia e incomunicación, hacía que mis emociones se desbordaran ilimitadamente y que casi toda nuestra relación se me revelara como un gran absurdo: un enorme amor obstaculizado por el miedo y el orgullo. Cuando recuerdo esa experiencia, las palabras de Soygal Rimpoche: “la muerte es un espejo donde se refleja el sentido de la vida”, encarnan un sentido muy concreto para mi.
Afortunadamente la pena amarga se fue transformando en dulce tristeza que reconocía ese amor esencial que habitaba tras los velos del ego… días más tarde tuve un encuentro con mi madre, obviamente en un plano simbólico-espiritual, donde nuestras almas se reconocieron íntimamente unidas, solo entonces abracé la paz de su partida.
2 Comentarios »PSICOLOGIA TRANSPERSONAL EN CHILE: Cuando la Sincronía cura
Por Pamela Torres Chomón (Publicado en Diario La Tercera, Diciembre 2001)

Visitamos el taller de algunos sicoterapeutas criollos que incorporan la dimensión espiritual en su consultorio y nos encontramos que lo transpersonal no es un débil eco de Esalen de los años 60. Sin líderes carismáticos, pero con sólidas directrices académicas, la avidez de trascendencia y las cada vez más frecuentes “crisis espirituales” ya no son tratadas con litio ni desde un confesionario.
Pleniluna invernal ladrillo afuera de la comunidad de Castillo Velasco. Ladrillo adentro, una sala de cielo alto y grandes ventanales de pie a las estrellas. El sonido hummmmmmm resuena sutil y sagrado. Son la sicóloga Pamela Campos, el terapeuta Ricardo Jiménez y su grupo de formación transpersonal, que siguen esta noche el movimiento de las esferas.
Sincronizan espíritu a pulso de savia, transitan por el regazo del grupo. En círculo, brazos abiertos, uno al centro se deja caer “para confiar y soltar”, es la idea, y se entrega al arrullo. Luego el siguiente y el siguiente. Después, alerta desde la colchoneta, caminan con su alma al unísono y a destiempo, dejándose llevar por una imaginería.
Soy otro tú, es la consigna una de ellas, Monserrat, que se conecta con los pasos de otro en una “experiencia zen” como dice Pamela, mientras yo voy bajando peldaño a peldaño, abro la puerta y enceguezco a plena ca
nícula.
Camino, soy una gitana en terreno árido, pies curtidos, tez mate, faldas anchas y sucias, pelo desgreñado, corazón a mil. “Puede ser la altura”, pienso y sigo. “A lo mejor estoy colorada”. La gitana ahora es bruja o quizás machi en una ruca tiznada por el fogón. Se aglomeran algunos. Mucho polvo. Desfallezco, agonizo en una piel de rinoceronte, gruesa, vieja, arrugada… Me siento pesada, lenta, muy lenta y me apago mirando el fulgor del brasero… para volar de la mano con un espíritu, mi acompañante sabio.
“Es el fuego que quema, derrite, purifica”, me digo al evocar una caminata por las brasas en el Cajón del Maipo. Divago por el cielo de medio día. Navego calientita y medio acurrucada voy quedando… como anidada. Estoy-en-el-útero. Es mi templo… y de pronto, oh!… voy cayendo. Me siento desprotegida, angustiada. “Es un aborto, quizás”. Me baja la desolación terrible. Lloro descontroladamente. Pena, mucha pena. Una suave caricia en la espalda de uno de los terapeutas me resulta una suave contención.
-Me he preguntado si efectivamente los renaceres y regresiones que he tenido por hiperventilación o meditaciones son verdaderas… y me doy cuenta que son verdaderas en tanto son vivencias que han aflorado de mí y me han ayudado a aclarar y actualizar mi vida del aquí y ahora, en especial asuntos pendientes con mi padre”- manifiesta Cecilia Piga, facilitadora del desarrollo personal, una de las participantes del grupo.
-Siento que lo más válido es lo que aflora naturalmente con uno, como el discurso onírico. No me preocupa que resulte verosímil, comprobable o no. Mi experiencia es confiable en tanto es- indica Mary Zaror, también facilitadora.
Y cuenta que en la sesión se contactó con el abandono:
-El taller me ha servido para ver qué tengo pendiente en esta vida y con lo que dejé pendiente en otras; hallar el sentido, comprender en lo que estoy. No es casual ni azaroso que tenga determinadas visualizaciones y no otras- dice.
SICODELIA Y TRASCENDENCIA
El origen de la sicología transpersonal se remonta a fines de los años 60, cuando en medio de importantes transformaciones culturales, floreció una gran cantidad de formas de terapia, predominantemente inspiradas en la filosofía humanista.
En esos años, la recientemente fundada Asociación de Sicología Humanista -cuyos líderes en el ámbito teórico habían sido Abraham Maslow y Anthony Sutich- comenzó a constituir un techo demasiado bajo para muchos buscadores de inquietudes más radicales, relata Alejandro Celis, sicólogo y presidente de los “encuentros nacionales de sicoterapeutas humanistas y transpersonales”.
Los experimentos con las técnicas meditativas del Oriente y con las drogas sicodélicas como el LSD, la marihuana, la psilocibina, la mescalina y otras, alabadas por académicos como Timothy Leary y Richard Alpert y literatos como Aldous Huxley, abrieron el horizonte de investigación y exploración interior. Así, terapeutas como Stanislav Grof y Claudio Naranjo comenzaron a practicar la terapia mediante algunas de esas sustancias, “con resultados insospechados por su profundidad y trascendencia”, recalca Celis.
Y explica que estas experiencias mostraban aspectos de la experiencia humana que escapaban a los límites estrechos del condicionamiento individual: vivencias y percepciones con un sentido cósmico y unitario que cuestionaba, en lo esencial, el concepto establecido del ser humano, de la vida y de nuestra relación con la naturaleza, así como la idea de que cada individuo se halla separado del resto.
Todas vivencias que ya habían sido descritas siglos antes por religiones como el budismo, el taoísmo, el hinduismo y el zen, entre otras. Es que la sabiduría de Oriente se ahorró los clásicos tormentos de la filosofía occidental: fenomenología-objeto, mente-cuerpo, razón-instinto, ego-circunstancia, mundano-divino y etcétera, etcétera.
Así, con Maslow, se fundó la Asociación de Sicología Transpersonal. El término trans aludía a lo que se hallaba más-allá, y lo personal, al ego, la personalidad, la estructura condicionada. “A nivel individual, el interés de los transpersonales es, entonces, aquello que se halla más allá de lo condicionado: qué es este ser en lo esencial, qué es lo que hay en Él a parte de sus registros de condicionamientos en esta vida y en las anteriores.
En términos más globales, lo transpersonal alude a lo que comunmente se conoce como lo espiritual, aquello que trasciende nuestras identidades individuales”, precisa. Es ese orden universal, esa Unidad (de la que habla el Tao), ese Origen-único de todo lo existente (o Alfa del que habla el cura occidental Teilhard de Chardin), que implica tener fe en esa dimensión.
NIVELES DE CONCIENCIA
En justicia, podríamos decir que Carl Gustav Jung fue el primer sicólogo transpersonal, con la incorporación del concepto de sincronía. Su interés en lo trascendente se expresó en su estudio profundo del budismo tibetano.
Conectarse con lo sincrónico implica entregarse al orden universal. Cuando dos eventos simultáneos sin relación causal entre ellos se juntan, entonces está operando la magia de la sincronía. No hay vinculación causa-efecto y, sin embargo, se ve reflejada la precisión cósmica.
En la actualidad, algunos de los principales expositores de esta línea sicológica son Frances Vaughan, Roger Walsh, Stanislav Grof, Charles Tart, el chileno Claudio Naranjo y Ken Wilber.
Ken Wilber, que es uno de los pilares centrales de este enfoque y que ha contribuido de forma importante a su desarrollo teórico, concluyó lo siguiente de su revisión de las sicologías occidentales existentes hasta los años sesenta: “Exceptuando el nivel supremo de la Unidad, el espectro de la conciencia es un espectro de la patología”.
Wilber había determinado que la conciencia es un atributo de la existencia en vez de un producto accidental de la materia y, por lo tanto, el ser humano tenía la posibilidad de desarrollarla. Y realizó una monumental revisión de la literatura sicológica y mística existente en su obra El Espectro de la Conciencia y en otras que le siguieron, concluyendo que los modelos del hombre y de su evolución pueden agruparse en tres fases: pre-personal, personal y transpersonal que se reflejarían en los modelos de hombre y de su evolución y atravesaría las diversas corrientes sicoterapéuticas.
Ricardo Jiménez sintetiza:
-La cosmovisión del nivel pre-personal sería materialista; el principio rector, la causalidad; el fenómeno de estudio, la formación de la identidad; el paciente integraría sus sombras bajo la terapéutica del conductismo y el sicoanálisis. La óptica existencialista gobernaría el nivel personal con la escuela humanista, donde el participante del proceso de sanación se le facilita la expresión de la personalidad, integrando el organismo. El principio que opera en lo transpersonal sería la sincronía; el terapeuta sería un canalizador de la conciencia hacia la trascendencia de la personalidad.
De este modo, se validan todas las teorías sicológicas, desde el conductismo, pero se les otorga jerarquías, en donde los niveles más básicos son incluidos por los más abarcadores.
El mismo Wilber explica “fue así como llegué a comprender, de un modo vívido, el argumento lógico de las cajas chinas. Es así que el existencialismo es una pequeña caja china -parcial e incompleta pero en sí correcta hasta donde llega-, que es contenida por la caja más grande de los trascendentalistas. Este argumento se transformaría en la base de toda mi teorización posterior, y me ayudaría a establecer una clara jerarquía, no sólo en las filosofías y sicologías, sino también en los niveles de consciencia y de ser”.
EN EL DIVÁN
¡Aún queda alma, compañeros!, exclama Jai Ram Kaur, paciente de Ricardo Jiménez, después de un largo tour terapéutico que partió en el cerro. “Fui al diván como cervatillo asustado. El motivo: estaba agotada con noches insomnes y días rumiando escombros”, confiesa. Sin emitir diagnóstico, el tratamiento fluyó desde la pena a la dulce carcajada.
-Arremetí contra cojines, caminamos entre los espinos de un cerro, bailé y corrí; llegaron a colación los clásicos: madre-padre-amor-trabajo-hijo. Llegué a ser una verdadera bisagra en continuo ir y venir de sonidos quejumbrosos. Hasta que… se asentaron tiempos más difíciles pero mejores- asegura Jai Ram.
Luego, el trabajo en el diván continuó, pero la imposición de manos habló más que mil descripciones, el canto y la música resultó más potente que el llanto, el masaje fue más revelador que la rutina simple de ejercicios, la meditación fue más transparente que la conversación, las cartas del tarot pusieron sobre la mesa elementos ignorados hasta ese momento.
Ricardo recapitula:
-Cuando llegaste te sentí muy débil. Lo primero que me nació fue contenerte, algo así como los primeros auxilios. Después me aboqué a darle espacio a la expresión atorada. Me dio susto el dinamismo que tomó: te casaste, te separaste, te embarazaste. Todo eso en un año. El tránsito fue de niña a mujer. Cuando te encontraste con tu padre, que era un tema pendiente, después de veintitantos años comencé a darme cuenta que estaba operando la sincronía.
Para Él la labor del terapeuta transpersonal es recordarle a la persona que es un ser divino y que lo que tiene afuera viene gestado desde su interior:
-La tarea es desbloquear para que la persona acceda a sus propios tesoros, integre sus sombras, desarrolle un ego sano, lo exprese y lo trascienda. Uno se puede desgastar eternamente en terapias, pero si no se conecta con la fuerza de la dimensión espiritual, los recursos pueden agotarse.
El trabajo posterior consistiría en resolver la polaridad ego-esencia, conflicto que se soluciona cuando “la” esencia se abre y contiene a “el” ego. Es lo femenino, el útero, quien recibe a lo masculino. La implicancia en la terapia es que no se trabaja para cambiar el ego, si no para integrarlo y aceptarlo. “Mientras más conectado con la esencia menos ego somos, y a fin de cuentas reconocemos que nuestro conflicto no es tan dramático”. Y si bien, las transformaciones pueden prod
ucirse, se gestan a partir de la aceptación.
En ese ámbito, el trabajo de vidas pasadas resulta un material interesante y significativo para el cambio. La figura es la experiencia, pero en el fondo hay un tema, que es lo más importante.
-Cuando te reconoces en otro cuerpo, otro sexo, en otra cultura y dices ese-soy-yo hay un paso en discriminar cuál es tu esencia, es una experiencia por contraste que trasciende al ego: todo lo externo ha cambiado y me he encontrado conmigo- explica.
FE QUE MUEVE MONTAÑAS
Contactarse con lo transpersonal es contactarse con un poder y con reconocer también que hay cosas que no podemos resolver si no recurrimos a esta fuente. Porque al saberse un ser determinado y trascenderlo, la angustia disminuye. Según Ricardo, esta mirada resulta útil en asuntos tan cotidianos como las crisis de pareja o los conflictos con los hijos: hay algo que trasciende la confrontación y el ajuste diario.
-Eso de que la-fe-mueve-montañas no es una frasesita así no más. El poder de caminar por el fuego, desafiar las leyes fisicoquímicas, movilizar energías llamadas paranormales en telepatías o telekinesis, habla de que no estamos sólo frente a un juguetito, sino que estamos frente a un territorio que necesitamos habitar y habilitar.
En ese estado no existe tiempo. Somos libres y responsables de que vivimos aquí y ahora.
-El siquiatra judío-austriaco Víctor Frankl es una muestra de ello cuando eligió vivir, en vez de echarse a morir en Auschwitz, a pesar de que por su contextura frágil era candidato seguro a la cámara de gases.
Para Ricardo la lección es que hubo amor detrás de las púas, porque se puede cambiar si asumimos el eterno presente que estamos viviendo.
-¿Puede lo traspersonal convertirse en un estado evasivo?
-Puede ser hasta sicótico, pues existe mucha similitud entre los estados holotrópicos o esenciales y los estados de quiebre con la realidad. Y de hecho, muchos critican esta corriente por estar fomentando lo esquizoide. No obstante, el detalle radica en que el sicótico no tiene sólido los estadios previos (pre-personal, personal) integrados, no es capaz de asimilar la experiencia, pues la vive desde la escisión.
Para este terapeuta, el trabajo trascendental inclusivo sería diferente a un new age que se disuelve en una actitud disociadora, fracturada. Y relata su propia experiencia:
-Hay que tener ojo con ser cómplice de la evasión. Me pasó con un grupo, que era muy esotérico, que
ocurría que cuando planteaba actividades espirituales todos participaban y la sesiones eran muy animadas, pero cuando planteaba actividades de tipo emocional todos enmudecían. Obviamente opté por trabajar desde lo más básico. Y muchos se fueron.
Dice que lo transpersonal tiene su base material: “no es el opio del pueblo”, subraya. No se trata de eludir el rol político, puesto que se asume lo social desde lo personal: “la revolución se gesta desde dentro, en un espiral centrífugo”.
14 Comentarios »PLANTAS DE PODER: San Pedro en el Corazón
Por Pamela Torres Chomón (Publicado en Revista Uno Mismo Nro. 211, Julio 2007)![]()
Difícil distinguir si era el cobijo de la barriga de la tierra pródiga en arbustos, robustos quiscos, transparente estero o era el abrazo amoroso y vital del brebaje amargo del cactus de San Pedro. Lo cierto es que nos acunó un manto de bienaventuranza
En un vendaval fresco y tibio nos envuelve el Raco, viento característico del Cajón del Maipo. Y de repente ocurre que uno busca retazos de aceptación, mendrugos de silencio, pálida placidez y aparece una configuración inesperada. Sentada en una roca me quedo por comodidad y se devela el radiante Ser del entorno. A ratos me causa extrañeza de que todo sea preciso, perfecto, exquisito, conmovedor. La agüita en la que me sumerjo, el viento que acaricia, la madriguera sobre la piedra, la belleza, el regocijo del corazón.
Adentrados por un desvío y, luego, siguiendo las riberas de un estero de aguas cristalinas, llegamos a un paraíso de sol, paz y gratitud. Soledad, psicóloga, fue un hada de la naturaleza conectada con sus sutiles movimientos. Su pareja de la misma profesión, Pablo, hallaba su neardental untado en lodo, perdido en el cerro; la dulce Marta, hasta entonces dedicada a sus hijos y ahora decidida a emprender su empresa, encontraba su mujer fuerte y sensual; Sergio, ingeniero, estaba buscando reavivar el encanto en familia y en su oficina, y yo indagando sobre qué es esto de abrir las puertas de San Pedro. Nos dirigían los psicoterapeutas transpersonales Loreto Frederick y Ricardo Jiménez.
Para Loreto, el carácter del grupo ya viene fraguado en el cocimiento del cactus: “la planta tiene un bello misterio que nace el día anterior cuando comienza la faena del San Pedro en el silencio de la montaña. Sigue una larga cocción en una gran olla de greda, como si estuviese haciendo una pócima. En este proceso, el San Pedro, siempre acertado y mágico, anticipa a través de diferentes símbolos, como forma, color, olor o temperatura, la energía que primará en el desarrollo del taller”. Según ella, el primer grupo fue expansivo, el segundo fue una olla bullente y silenciosa, el tercero fue explosivo, y nosotros, la cuarta horneada, una tribu. “Un grupo de niños”, complementa Ricardo.
ATENDIENDO A LOS PROPÓSITOS
No aparecieron duendes ni monstruos. No hubo vómito, alucinación ni delirio. Bromeamos con que las dosis estaban diluidas, que no hubo suficiente cocción o que, en verdad, se trataba de jugo de tunas. Jiménez explica: “algunos trabajos desembocan en experiencias extravagantes que distorsionan radicalmente su sentido y potencial, pero el factor principal que determina la vivencia en una dirección u otra, se relaciona con las intenciones puestas por quienes participan experienciando o guiando”.
Viví un estado tranquilo, acunada dentro de algo así como una burbuja porosa y danzarina que contenía todo lo percibido, donde uno simplemente se detiene o camina o nada en el agua o se tiende y es armónico. Claro que me encontré con un viejo fantasma que, más que asustarme, me produjo dolor de cabeza. Y se fue evaporando el carnaval interno, ese estado tan silvestre como prístino de sentirse simplemente presente, participando de la gracia divina, perteneciente, amante.
Ayudada por una insolada, mi represora interna obstruyó expresión, tensó quijada y ascendió en un fuerte dolor craneal. El tesoro reluciente se opacaba…
Pero hubo brotes o rebotes. Por ejemplo, cuando llegué a casa, me recibió la fronda de parrón y jazmín que exhalaban una envolvente brisa húmeda, aromática y palpitante. En esa noche de verano santiaguina se sentían hasta los sutilísimos acordes que produce el pasto al crecer.
Seis días después nos juntamos con algunos de los otros tres grupos que ya sabían lo que es canela (o del amargo elíxir). E hicimos comunidad, cofradía y todo. Ammo hizo un bello diaporama de tomas fotográficas de las cuatro “generaciones de sanpedristas”. Su singular seudónimo se debe a que el día de la ingesta abrazó con devoción a todos, como Amma, la santa de la India que sana con sus abrazos.
Él relata: “apareció mi hombre sutil, el seductor que se observa. Y me dejé llevar por una sensación expansiva. Me dediqué a abrazar infinitamente. Sólo a abrazar y conectarme con mi alma y la de mi compañero. Me dejé fluir sin juicios y experimenté la vida como un regalo. Agradecí con intensidad ese espacio de afecto, simpleza, quietud y contemplación. Agradezco a la vida y al universo por los compañeros de ruta que tuve en la experiencia”.
Cecilia cuenta que, luego de la primera ingesta, su conexión fue con el agua: “con su fluir, nada detiene su paso, se adecua a las diversas formas y fluye entre las rocas y sigue… Encontré la certeza de que todo está bien. Siento que me tengo que dejar fluir, no resistir, escucharme y considerar que tengo el conocimiento necesario para seguir evolucionando”.
Geraldine dice que fue “la montaña vino hacia mí, me hizo el amor, me colmó y me calmó… Sentí cobijo y escalofríos en mi piel… Me expandí: fui semilla y flor en su máxima expresión. Reconocí a San Pedro y me reconocí”.
¿OPIO DEL PUEBLO?
Para nuestro guía, Ricardo, es importante aclarar la intención. Y enfatiza: “la misma física cuántica registra cómo afecta y modifica un simple observador el movimiento subatómico. Si lo extrapolamos al mundo de las creencias, intenciones y nivel de conciencia, nos damos cuenta de que influyen decisivamente en la orientación que toma cualquier experiencia. La expresión de la vivencia desciende de lo sutil hacia lo corpóreo y se decide en el interior para florecer en el exterior. Lo que ocurre dentro de nosotros creará lo que ocurre fuera de nosotros. Aunque nada está controlado, la sabiduría está en mantenerse en el misterio”.
-¿Qué implica esa comprensión?
-Primero, recae un fuerte compromiso y responsabilidad. Mucho más allá de la técnica y la teoría, estamos obligados a revisar permanentemente nuestras intenciones, motivaciones y propósitos para que estos se vayan depurando y
madurando hacia una auténtica inspiración compasiva y de servicio. He optado por abordar directamente la intención tanto en el trabajo individual como con grupos. Fomento la toma de conciencia sobre los propósitos a fin de que se puedan conectar en forma responsable y honesta con sus auténticas y más profundas motivaciones. Es maravilloso constatar cómo orientan los procesos que después se desencadenan. Así, verificamos una y otra vez que cada uno cosecha lo que ha sembrado en la intimidad de su corazón y en el silencio de su alma. Cuando el trabajo terapéutico está asentado en intenciones consistentes, se caracteriza por estados sobrios y ecuánimes, muy distantes de extravagancias y distorsiones. Ello no debe confundirse con la seriedad o fomedad, ya que la alegría y el goce son expresiones privilegiadas del espíritu. Otro elemento que considero clave para la distinción es el de la integridad. La psicoterapia transpersonal, más allá de las formas o métodos específicos, debe promover la integración de todas las dimensiones del ser: entre nuestra condición humana y realidad divina, entre nuestra vida cotidiana y espiritual, entre lo social e individual.
-¿Y lo asume todo el mundo?
-Los desafíos que estamos atravesando como humanidad están presionando fuertemente hacia una transformación colectiva de la conciencia y la consecución de este salto puede ser el factor decisivo entre nuestra destrucción o crecimiento evolutivo. La respuesta social en todo este proceso ha sido la enormidad de propuestas y movimientos que se han manifestado en los más diversos campos de la cultura y se engloban bajo el concepto de nueva era. Lo que debemos advertir con sana preocupación es que este nuevo movimiento está fuertemente contaminado por influencias pre-racionales y, por tanto, superficiales, que amenazan su potencial transformador y las posibilidades de construirse como una alternativa auténticamente evolutiva.
-Entonces, ¿cómo distinguir el trabajo terapéutico realmente transformador?
-No es un asunto que se puede resolver a través de leyes o normas, como ingenuamente intenta hacer creer el Ministerio de Salud en su iniciativa de regular el uso de las terapias alternativas. No es posible porque la cuestión de fondo se juega en el plano intencional y ello no se controla mediante disposiciones legales ni certificaciones. El desafío es mucho mayor y nuevamente recae de lleno en el plano de la conciencia individual y colectiva. Estamos plagados de propuestas disociativas que abiertamente tienen un trasfondo regresivo e involutivo. Cuando divorciamos nuestra realidad humana y espiritual, caemos en lo que Marx denunció como “el opio del pueblo”. Lo que no puede ser integrado sanamente a la vida cotidiana carece de significación, es tiempo y plata perdidos.
-¿La responsabilidad es sólo de los terapeutas?
-No, de todos los que participamos de esta maravillosa oportunidad de salto evolutivo. La responsabilidad también recae sobre ustedes, los periodistas y editores, para asumir con rigurosidad el importante rol que juegan es este proceso. Así, creo que tenemos una enorme tarea por delante y buena parte de ella será diferenciar la paja del trigo en todos los campos: educación, salud, ecología…
VIVENCIAS LÚCIDAS
-¿Por qué ingerir San Pedro?
-Este tipo de trabajo es una de las tantísimas formas que existen para explorar la dimensión transpersonal. No me gusta exaltar ningún método y, menos, en desmedro de otros. Yo utilizo diversas técnicas en mi trabajo, porque asumo que no todas son apropiadas para todas las personas ni para todas las necesidades. Sin embargo, me siento especialmente sintonizado y me resulta significativa la energía y conciencia que provee el San Pedro. Simplemente comparto un conocimiento vivo, porque me siento íntegramente involucrado. Los talleres con San Pedro tienen esa viveza, como en otro momento la tienen mis trabajos con regresiones a vidas pasadas o los de exploración de la muerte.
-D
enominas la jornada de ingesta “Honrando la Sagrada Naturaleza” ¿por qué?
-Llevo cinco años viviendo en el Cajón del Maipo y hoy siento muy nítido la poderosa y sanadora influencia del contacto cercano con la naturaleza, al punto de considerarla mi maestra. Y créeme que si esto ha tardado tanto tiempo no ha sido por la debilidad de su sabiduría, si no por la porfía del discípulo. Me siento privilegiado y agradecido de este regalo. Entonces surge en forma natural el deseo de compartirlo con otros. La naturaleza enseña a raudales cuando estamos dispuestos a contemplarla con respeto.
-¿Cuándo fue tu primer encuentro con San Pedro?
-Fue alrededor de quince años atrás y en un contexto muy inadecuado: con un amigo ingerimos la planta sin ninguna preparación previa y con una actitud bastante irreverente. El resultado fue muy duro y doloroso; ambos caímos en espacios bien angustiosos y distorsionados. Fue una gran lección para domesticar mi arrogancia y soberbia. Desde ese entonces he tenido varias oportunidades, en Chile y en Perú, de participar en rituales con ingesta de plantas sagradas guiadas por personas que me fueron enseñando reverencia, humildad y entrega, tan necesarios para entrar en el misterio en forma adecuada… Por supuesto que ese aprendizaje es ahora la fuente de inspiración en mis propios talleres.
-¿Qué es lo distintivo de este cactus?
-Las plantas poseen sus propias cualidades que las hacen propicias para realizar experiencias con determinadas características. Así, en la tradición del Amazonas, el San Pedro encarna el principio masculino, el arte del acecho, y el Ayahuasca, el femenino o el arte del ensueño… Si tuviese que perfilar las principales cualidades de las experiencias con San Pedro diría que se presta especialmente para vivencias lúcidas, al aire libre, donde la conciencia contemplativa se expande muchísimo y la belleza de la naturaleza se revela con majestuosidad. Se experimenta un estado de íntima unión con ella. Además, la mayoría de las experiencias van acompañadas de insights significativos en relación a nuestras vidas. La maestría de San Pedro se caracteriza por llevarnos a espacios de trabajo interno en forma gentil y amable. Las comprensiones profundas emergen en forma suave y natural cuando estamos sintonizados con la entrega y aceptación.
-¿Cómo integrarse desde estados no habituales de conciencia que provee el San Pedro? ![]()
-La conciencia contemplativa que surge con San Pedro convive armónicamente con la conciencia ordinaria, lo que nos permite un estado de tranquilidad y sobriedad, junto a una plena disponibilidad de nuestras facultades y percepciones habituales. Integrar ambas conciencias permite asimilar la experiencia y aprendizaje en todas sus dimensiones y establece una fluida relación entre nuestra condición humana y espiritual, que después facilita muchísimo incorporarla a la vida cotidiana. La mayoría de los participantes asimilan muy rápidamente su aprendizaje, haciendo cambios y transformaciones que su vida requiere, con la tranquilidad, claridad y fuerza que proviene de un encuentro profundo y natural con la Fuente.
La experiencia de Mercedes G.: “Nunca más he sido la misma”
“Temía perder el control o quedar borrada. Así que me despedí de mi hija diciéndole que se encargara de todo, porque tal vez no volvería a ser la misma.
Una superficie lisa y rocosa nos acogió como un gran útero. Con sorpresa y gozo, escuché unas mujeres cantarinas y vi sus diminutos cuerpos en el agua: eran rollizas, rosadas, alegres… Las nubes eran pequeñas fumarolas que cambiaban con rapidez. Las consulté como oráculo. Pregunté por trabajo y se formó una espada; pregunté por pareja y se formó una cama doble; pregunté por el resto de mi vida y se formó un hada con un largo velo blanco. Tenía los ojos abiertos, no estaba soñando. Comencé a escribir. Y surgió una voz en mi conciencia: ‘tu principal miedo son los afectos, a recibir y dar afecto. No puedes abrazar a nadie, temes abrazar a tu madre, nunca has abrazado a tu padre, ni a tus hermanos, ni a tus amigos, ¿Cuándo abrazaste a tus hijos? ¡Cuando eran pequeños! Tú no permites ese contacto ¿Por qué?’. Algo muy añejo y remoto se removía en mí. El dictado no dio tregua: ‘¿sabes por qué evitas el contacto? Porque no has perdonado. Creíste que sí lo habías hecho, pero enterraste tu dolor dentro de ti y eso no es perdonar. Perdonar es liberarse y tú aun no lo has hecho. Cuando 30 años después le dijiste a tu padre que, a pesar de todo lo ocurrido, lo seguías respetando como padre, suponías que lo estabas perdonando para sacarte de adentro esa mochila de rencor y asco, pero no lo hiciste. Porque aún no te lo permites. No puedes abrazarlo a él ni a ningún otro ser viviente, sin sentir temor. Sientes que el abrazo tiene una connotación sexual. No te das cuenta que lo que más necesitas ahora es un abrazo. Si abrazas estarás dando y recibiendo amor y sufres porque nadie te ha dado amor suficiente, pero tú ¿cuánto das?, ¡por qué esperas recibir si no das! Comienza por abrazar y verás la transformación que se dará en ti y el regalo que le darás a tu vida, por permitir que el amor salga de ti y retorne multiplicado. Vence el temor y abraza al mundo que sabrá llenarte de amor’.
Leí lo escrito a mis compañeros y recibí un gran abrazo de todos. Fue una experiencia inusual de cariño y afecto… Lloré con alma. Sentí que la montaña, el agua, las rocas, los árboles, los pájaros y los cerros acogieron mis lágrimas. Me arrulló la suave brisa del atardecer.
Cuando llegué donde mi hija, le di un largo y feliz abrazo. Mis temores iniciales se hicieron ciertos. Porque desde ese día nunca más he sido la misma. Una seguidilla de sucesos mágicos han acontecido en mi vida, que hasta me parece que el efecto San Pedro se quedó para siempre en mí”.
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