Vivir con Conciencia de la Muerte

Ricardo Jiménez, Enero 2008 (Entrevista y reportaje realizado por Andrea Munizaga y Pamela Torres para la Revista Uno Mismo, pero finalmente no publicado)

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Todas las tradiciones espirituales y corrientes de la psicología profunda coinciden en señalar a la muerte como tema central, donde, por una parte se encuentra la matriz primordial que genera la totalidad de nuestros miedos y condicionamientos limitantes y, por otra parte, el umbral que de ser atravesado nos libera de la ilusión y posibilita descubrir nuestra verdadera esencia.

- ¿Qué es la muerte para las antiguas tradiciones espirituales?

El Budismo Tibetano es, sin lugar a dudas, la tradición que más exhaustivamente a explorado el misterio de la muerte y, sobre todo, su decisiva implicancia en la vida. Todo este bello y profundo conocimiento está magistralmente expuesto en la obra de Sogyal Rimpoché, “El libro Tibetano de la Vida y la Muerte”, generosamente escrito para occidentales.

En el Tibet los niños desde muy pequeños son invitados a participar de la despedida de sus seres cercanos, porque, en las palabras de propio Rimpoché: “Para la persona que se ha preparado y ha practicado, la muerte llega no como una derrota, sino como un triunfo, el momento más glorioso que corona toda la vida.”

Pero todos los maestros espirituales nos han estado constantemente recordando, desde distintas aproximaciones y énfasis, esta notable oportunidad: “Tomar a la muerte por consejera”, es la consigna del sabio indio Yaqui protagonista de la saga de Castaneda, para inducir a una existencia valerosa y cargada de propósito; “Hasta que no entiendas la muerte no te será posible entender la vida” nos dice el mismo Buda en su invitación a liberarnos de los apegos que generan el sufrimiento; “Sin comprender la muerte pueden ustedes pasarse la vida buscando lo desconocido y jamás lo encontrarán” recalca Krishnamurti en su implacable compromiso con la verdad; “Negando la muerte, la posibilidad de saber quienes somos mas allá del nombre y la forma, la dimensión trascendente desaparece de nuestras vidas porque la muerte es a puerta a esa dimensión” dicen los sutras de Eckhart Tolle para convocar el contacto con la esencia de nuestra alma; “La semilla debe morir para poder germinar”, nos recuerda el maestro Jesús señalando el camino hacia el Padre.

- ¿Qué enseñanza trae la muerte para todos los seres humanos?

Desde diferentes épocas y latitudes la invitación de fondo es una y bien puede sintetizarse en las poéticas palabras de Michel de Montaigne:

“No hay lugar en la tierra donde la muerte no pueda encontrarnos, por mucho que volvamos constantemente la cabeza en todas direcciones como si nos halláramos en una tierra extraña y sospechosa…”

“Los hombres vienen y van, trotan y danzan, y de la muerte ni una palabra. Todo muy bien. Sin embargo, cuando llega la muerte, a ellos, a sus esposas, sus hijos, sus amigos, y los sorprende desprevenidos, ¡Qué tormentas de pasión no los abruman entonces, qué llantos, qué furor, qué desesperación¡…”

“Para empezar a privar a la muerte de su mayor ventaja sobre nosotros, adoptemos una actitud del todo opuesta a la común; privemos a la muerte de su extrañeza, frecuentémosla, acostumbrémonos a ella; no tengamos nada más presente en nuestros pensamientos que la muerte… No sabemos donde nos espera la muerte: así pues, esperémosla en todas partes. Practicar la muerte es practicar la libertad. El hombre que ha aprendido a morir ha desaprendido a ser esclavo.”

- ¿Qué opina sobre la mirada que posee la cultura occidental sobre la muerte?

Es evidente que la actitud predominante de la cultura occidental, en su absurdo e inútil intento de negar esta realidad tan natural como inevitable, nos lleva a quedarnos tras el umbral, para que nuestras vidas terminen gobernadas por el miedo y la superficialidad. La máxima expresión de esta tendencia la encontramos en el patético ejemplo de aquellos que han solicitado conservar artificialmente sus cuerpos sin vida, en “espera” de algún descubrimiento científico que les permita retomarla.

Negar y huir de la muerte es posiblemente el acto más soberbio y arrogante que un ser humano puede acometer, pues lo lleva a desafiar y desconocer la más simple y evidente realidad que lo trasciende y que, paradójicamente, lo conduce a perder totalmente el sentido de su existencia. En palabras de Chuang Tzu: “El nacimiento de un hombre es el nacimiento de su pena. Cuanto más vive, más estúpido se vuelve, porque su ansia por evitar la muerte inevitable se hace cada vez más aguda. ¡Qué amargura!. ¡Vive por lo que está siempre fuera de su alcance!. Su sed de sobrevivir en el futuro le impide vivir en el presente.”

Afortunadamente la muerte tiene esa fuerza implacable que, de cuando en cuando, entra en nuestra existencia para recordarnos que tarde o temprano nos encontraremos con ella… así, los funerales son de los pocos rituales sociales que aún logran liberarse de la banalidad y posibilitan una introspección y encuentro más profundo y sentido entre los convocados.

Pero sería injusto hablar de este tema sin mencionar a la valerosa doctora Elizabeth Kübler-Ross, quién tuvo la lucidez y coraje para desafiar la actitud enajenante frente a la muerte y nada menos que en pleno seno de la comunidad médica europea. Su palabra, su obra y finalmente toda su vida fue un testimonio, sin parangón en occidente, que despertó una nueva conciencia en todos quienes estuvieron dispuestos a escucharla y cuyo legado rinde sus frutos hasta el día de hoy. Comenzó reclamando lo más básico: un trato digno para los moribundos, continuó con el desarrollo y promoción de programas de apoyo para las personas que enfrentaban la etapa final de sus vidas y, a través de su propio proceso de transformación, culminó descubriendo en la muerte la gran oportunidad para despertar a las dimensiones espirituales y trascendentes. En definitiva, rescató lo temido y despreciado hasta ubicarlo en el sitial de lo sagrado… una pionera que, a costa de muchas penurias personales y con una perseverancia inquebrantable, logra construir el puente desde la ciencia médica hasta la espiritual.

- ¿Cuál es la oportunidad que se abre para quienes enfrentan el desafío de la muerte?

La tentación de quienes siguen algún camino espiritual o religioso es a cubrir el temor natural que despierta la muerte con un cúmulo de creencias, habitualmente adoptadas desde un saber externo y ajenas a toda experiencia directa, que solo refuerzan de manera más sofisticada y solapada la actitud evasiva.

El desafío que nos impone la realidad de la muerte es muchísimo mayor que la construcción de defensas racionales, es la rendición ante el misterio, donde toda pretensión o ambición se desploman en forma absoluta. Debemos partir por reconocer y aceptar que hay realidades que nos trascienden y que están totalmente fuera de nuestras posibilidades de control y certeza.

Cuando realmente miramos de frente a la muerte quedamos desnudos, todo atisbo de importancia personal y apego cae derrotado y es descubierto en su carácter ilusorio, lo cual posibilita la apertura de las verdaderas puertas de la trascendencia: la humildad y la vulnerabilidad; solo desde allí podemos experimentar nuestra naturaleza esencial e inmortal: el alma y el espíritu dejan de ser conceptos abstractos para instalarse en el resplandor de una nueva conciencia.

Así, nos encontramos con la manera más eficaz de disolver las tendencias esclavizantes de nuestro ego: contemplar su muerte anunciada. Liberados, podemos gozar de la paz y alegría del espíritu, dulcemente conquistadas con la aceptación de la muerte.

- ¿Qué trabajo terapéutico realiza usted sobre la muerte?

Durante cuatro años, con mi amigo Mario Ritter realizamos un taller vivencial que denominamos “Explorando la Muerte” con el fin de posibilitar la emergencia de este enorme potencial transformador, torpemente desperdiciado por los condicionamientos culturales.

Desde luego el taller no proponía ni intentaba inducir ningún tipo de creencia específica respecto a la muerte, que por lo demás es la forma habitual como ejerzo mi oficio de terapeuta, que ha mi modo de ver difiere absolutamente de la aproximación que pudiera tener un “maestro” o experto en determinada materia. Entiendo mi trabajo como un facilitador que propone experiencias para que cada persona encuentre las respuestas que necesita, en ese determinado momento existencial y dentro de su propia sabiduría interna, en su profundidad natural. No me siento ni con el derecho ni con la autoridad para inducir “verdades”, simplemente porque confío mucho más en el poder personal de cada persona para descubrir su propio camino de autorrealización y trascendencia.

Heredo esta mirada desde el enfoque gestáltico y lo aplico en todo mi trabajo, pero especialmente cuando se trata de temas tan profundos como la muerte, que de forma natural nos lleva a una confrontación radical con el sentido de la existencia.

En el proceso, la gran mayoría de los participantes debieron enfrentarse con los condicionamientos asociados a la muerte, teniendo que atravesar miedos, prejuicios y vivencias, a veces con alta carga emocional. Una vez “vaciada la taza”, era posible el encuentro gentil con alguno de los multifacéticos rostros de la muerte y recibir la inspiración de su mensaje: unos se encuentran con su propia trascendencia, a otros les posibilita concluir con un duelo que han cargado por largo tiempo, a muchos se les revela la necesidad de soltar o renunciar a un apego esclavizante, hay quienes descubren la conexión de alma con algún ser querido que ha muerto y también quienes pierden el temor a acompañar a un ser querido en sus días finales.

Trabajar en torno al tema de la muerte tiene ese enorme poder y belleza que hace emerger el maestro interno de cada uno y, para mi, no hay mayor satisfacción ni privilegio que compartir esa experiencia.

- ¿Qué Maestros o fuentes de inspiración han sido significativos en su vida y trabajo?

Me considero una persona que aprende de la vida y la experiencia, más que de los textos o maestros… como dijo Neruda: “soy hombre del pan y del pescado y no me encontrarán en los libros, sino que con los hombres y mujeres, ellos me han enseñado el infinito”. Esta tendencia, junto a mi innata curiosidad me ha llevado a explorar vivencialmente y aprender de una enormidad de propuestas y caminos de crecimiento espiritual: desde las prácticas provenientes de las tradiciones orientales hasta las chamánicas de suramérica; desde métodos desarrollados en las escuelas de la psicología humanística hasta la transpersonal.

Esta opción es muy atractiva desde el punto de vista de la riqueza que otorga la diversidad, pero impone también un desafío importante por el riesgo de caer en una dispersión que finalmente te mantiene en un plano superficial. Por este motivo la figura de Ken Wilber ha sido tan importante para mi, ya que su genialidad y conocimiento ha permitido articular las más diversas visiones del desarrollo humano y espiritual en torno a su estructura profunda, para desembocar en un modelo muy consistente e integrador que él denomina “Visión Integral”.

Mi trabajo en psicoterapia es el resultado de lo que ha sido mi propio proceso de crecimiento: en él ofrezco diversas alternativas de acompañamiento según los requerimientos del proceso y momento de cada persona; pero la forma en que se vinculan los distintos métodos está inspirada en las premisas de la psicología integral desarrollada por Wilber. Su modelo es sumamente abstracto y genérico, por lo que yo he tenido que desarrollar mi propio modelo para aterrizar los principios básicos en un plano operativo y metodológico, de tal forma que relaciona herramientas específicas de trabajo con las necesidades que surgen en el desarrollo de un proceso de crecimiento o sanación.

-¿Alguna experiencia personal en relación a la muerte?

El fallecimiento de mi madre ocurrido hace 18 años es, hasta el momento, la experiencia más significativa que he vivido en lo que se refiere al tema de la muerte. Lloré por muchísimas horas y en ese llanto transité desde el total desgarro hasta la dulzura más sublime… contemplar el rostro inmóvil y plácido de esa mujer que había amado con pasión en mi niñez, detestado con furia en mi adolescencia y con quién terminé en una dolorosa distancia e incomunicación, hacía que mis emociones se desbordaran ilimitadamente y que casi toda nuestra relación se me revelara como un gran absurdo: un enorme amor obstaculizado por el miedo y el orgullo. Cuando recuerdo esa experiencia, las palabras de Soygal Rimpoche: “la muerte es un espejo donde se refleja el sentido de la vida”, encarnan un sentido muy concreto para mi.

Afortunadamente la pena amarga se fue transformando en dulce tristeza que reconocía ese amor esencial que habitaba tras los velos del ego… días más tarde tuve un encuentro con mi madre, obviamente en un plano simbólico-espiritual, donde nuestras almas se reconocieron íntimamente unidas, solo entonces abracé la paz de su partida.

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PSICOLOGIA TRANSPERSONAL EN CHILE: Cuando la Sincronía cura

Por Pamela Torres Chomón (Publicado en Diario La Tercera, Diciembre 2001)

Visitamos el taller de algunos sicoterapeutas criollos que incorporan la dimensión espiritual en su consultorio y nos encontramos que lo transpersonal no es un débil eco de Esalen de los años 60. Sin líderes carismáticos, pero con sólidas directrices académicas, la avidez de trascendencia y las cada vez más frecuentes “crisis espirituales” ya no son tratadas con litio ni desde un confesionario.

Pleniluna invernal ladrillo afuera de la comunidad de Castillo Velasco. Ladrillo adentro, una sala de cielo alto y grandes ventanales de pie a las estrellas. El sonido hummmmmmm resuena sutil y sagrado. Son la sicóloga Pamela Campos, el terapeuta Ricardo Jiménez y su grupo de formación transpersonal, que siguen esta noche el movimiento de las esferas.

Sincronizan espíritu a pulso de savia, transitan por el regazo del grupo. En círculo, brazos abiertos, uno al centro se deja caer “para confiar y soltar”, es la idea, y se entrega al arrullo. Luego el siguiente y el siguiente. Después, alerta desde la colchoneta, caminan con su alma al unísono y a destiempo, dejándose llevar por una imaginería.

Soy otro tú, es la consigna una de ellas, Monserrat, que se conecta con los pasos de otro en una “experiencia zen” como dice Pamela, mientras yo voy bajando peldaño a peldaño, abro la puerta y enceguezco a plena caclip_image002211nícula.

Camino, soy una gitana en terreno árido, pies curtidos, tez mate, faldas anchas y sucias, pelo desgreñado, corazón a mil. “Puede ser la altura”, pienso y sigo. “A lo mejor estoy colorada”. La gitana ahora es bruja o quizás machi en una ruca tiznada por el fogón. Se aglomeran algunos. Mucho polvo. Desfallezco, agonizo en una piel de rinoceronte, gruesa, vieja, arrugada… Me siento pesada, lenta, muy lenta y me apago mirando el fulgor del brasero… para volar de la mano con un espíritu, mi acompañante sabio.

“Es el fuego que quema, derrite, purifica”, me digo al evocar una caminata por las brasas en el Cajón del Maipo. Divago por el cielo de medio día. Navego calientita y medio acurrucada voy quedando… como anidada. Estoy-en-el-útero. Es mi templo… y de pronto, oh!… voy cayendo. Me siento desprotegida, angustiada. “Es un aborto, quizás”. Me baja la desolación terrible. Lloro descontroladamente. Pena, mucha pena. Una suave caricia en la espalda de uno de los terapeutas me resulta una suave contención.

-Me he preguntado si efectivamente los renaceres y regresiones que he tenido por hiperventilación o meditaciones son verdaderas… y me doy cuenta que son verdaderas en tanto son vivencias que han aflorado de mí y me han ayudado a aclarar y actualizar mi vida del aquí y ahora, en especial asuntos pendientes con mi padre”- manifiesta Cecilia Piga, facilitadora del desarrollo personal, una de las participantes del grupo.

-Siento que lo más válido es lo que aflora naturalmente con uno, como el discurso onírico. No me preocupa que resulte verosímil, comprobable o no. Mi experiencia es confiable en tanto es- indica Mary Zaror, también facilitadora.

Y cuenta que en la sesión se contactó con el abandono:
-El taller me ha servido para ver qué tengo pendiente en esta vida y con lo que dejé pendiente en otras; hallar el sentido, comprender en lo que estoy. No es casual ni azaroso que tenga determinadas visualizaciones y no otras- dice.

SICODELIA Y TRASCENDENCIA

El origen de la sicología transpersonal se remonta a fines de los años 60, cuando en medio de importantes transformaciones culturales, floreció una gran cantidad de formas de terapia, predominantemente inspiradas en la filosofía humanista.

En esos años, la recientemente fundada Asociación de Sicología Humanista -cuyos líderes en el ámbito teórico habían sido Abraham Maslow y Anthony Sutich- comenzó a constituir un techo demasiado bajo para muchos buscadores de inquietudes más radicales, relata Alejandro Celis, sicólogo y presidente de los “encuentros nacionales de sicoterapeutas humanistas y transpersonales”.

Los experimentos con las técnicas meditativas del Oriente y con las drogas sicodélicas como el LSD, la marihuana, la psilocibina, la mescalina y otras, alabadas por académicos como Timothy Leary y Richard Alpert y literatos como Aldous Huxley, abrieron el horizonte de investigación y exploración interior. Así, terapeutas como Stanislav Grof y Claudio Naranjo comenzaron a practicar la terapia mediante algunas de esas sustancias, “con resultados insospechados por su profundidad y trascendencia”, recalca Celis.

Y explica que estas experiencias mostraban aspectos de la experiencia humana que escapaban a los límites estrechos del condicionamiento individual: vivencias y percepciones con un sentido cósmico y unitario que cuestionaba, en lo esencial, el concepto establecido del ser humano, de la vida y de nuestra relación con la naturaleza, así como la idea de que cada individuo se halla separado del resto.

Todas vivencias que ya habían sido descritas siglos antes por religiones como el budismo, el taoísmo, el hinduismo y el zen, entre otras. Es que la sabiduría de Oriente se ahorró los clásicos tormentos de la filosofía occidental: fenomenología-objeto, mente-cuerpo, razón-instinto, ego-circunstancia, mundano-divino y etcétera, etcétera.

Así, con Maslow, se fundó la Asociación de Sicología Transpersonal. El término trans aludía a lo que se hallaba más-allá, y lo personal, al ego, la personalidad, la estructura condicionada. “A nivel individual, el interés de los transpersonales es, entonces, aquello que se halla más allá de lo condicionado: qué es este ser en lo esencial, qué es lo que hay en Él a parte de sus registros de condicionamientos en esta vida y en las anteriores.

En términos más globales, lo transpersonal alude a lo que comunmente se conoce como lo espiritual, aquello que trasciende nuestras identidades individuales”, precisa. Es ese orden universal, esa Unidad (de la que habla el Tao), ese Origen-único de todo lo existente (o Alfa del que habla el cura occidental Teilhard de Chardin), que implica tener fe en esa dimensión.

NIVELES DE CONCIENCIA

En justicia, podríamos decir que Carl Gustav Jung fue el primer sicólogo transpersonal, con la incorporación del concepto de sincronía. Su interés en lo trascendente se expresó en su estudio profundo del budismo tibetano.

Conectarse con lo sincrónico implica entregarse al orden universal. Cuando dos eventos simultáneos sin relación causal entre ellos se juntan, entonces está operando la magia de la sincronía. No hay vinculación causa-efecto y, sin embargo, se ve reflejada la precisión cósmica.

En la actualidad, algunos de los principales expositores de esta línea sicológica son Frances Vaughan, Roger Walsh, Stanislav Grof, Charles Tart, el chileno Claudio Naranjo y Ken Wilber.

Ken Wilber, que es uno de los pilares centrales de este enfoque y que ha contribuido de forma importante a su desarrollo teórico, concluyó lo siguiente de su revisión de las sicologías occidentales existentes hasta los años sesenta: “Exceptuando el nivel supremo de la Unidad, el espectro de la conciencia es un espectro de la patología”.

Wilber había determinado que la conciencia es un atributo de la existencia en vez de un producto accidental de la materia y, por lo tanto, el ser humano tenía la posibilidad de desarrollarla. Y realizó una monumental revisión de la literatura sicológica y mística existente en su obra El Espectro de la Conciencia y en otras que le siguieron, concluyendo que los modelos del hombre y de su evolución pueden agruparse en tres fases: pre-personal, personal y transpersonal que se reflejarían en los modelos de hombre y de su evolución y atravesaría las diversas corrientes sicoterapéuticas.

Ricardo Jiménez sintetiza:

-La cosmovisión del nivel pre-personal sería materialista; el principio rector, la causalidad; el fenómeno de estudio, la formación de la identidad; el paciente integraría sus sombras bajo la terapéutica del conductismo y el sicoanálisis. La óptica existencialista gobernaría el nivel personal con la escuela humanista, donde el participante del proceso de sanación se le facilita la expresión de la personalidad, integrando el organismo. El principio que opera en lo transpersonal sería la sincronía; el terapeuta sería un canalizador de la conciencia hacia la trascendencia de la personalidad.

De este modo, se validan todas las teorías sicológicas, desde el conductismo, pero se les otorga jerarquías, en donde los niveles más básicos son incluidos por los más abarcadores.
El mismo Wilber explica “fue así como llegué a comprender, de un modo vívido, el argumento lógico de las cajas chinas. Es así que el existencialismo es una pequeña caja china -parcial e incompleta pero en sí correcta hasta donde llega-, que es contenida por la caja más grande de los trascendentalistas. Este argumento se transformaría en la base de toda mi teorización posterior, y me ayudaría a establecer una clara jerarquía, no sólo en las filosofías y sicologías, sino también en los niveles de consciencia y de ser”.

EN EL DIVÁN

¡Aún queda alma, compañeros!, exclama Jai Ram Kaur, paciente de Ricardo Jiménez, después de un largo tour terapéutico que partió en el cerro. “Fui al diván como cervatillo asustado. El motivo: estaba agotada con noches insomnes y días rumiando escombros”, confiesa. Sin emitir diagnóstico, el tratamiento fluyó desde la pena a la dulce carcajada.
-Arremetí contra cojines, caminamos entre los espinos de un cerro, bailé y corrí; llegaron a colación los clásicos: madre-padre-amor-trabajo-hijo. Llegué a ser una verdadera bisagra en continuo ir y venir de sonidos quejumbrosos. Hasta que… se asentaron tiempos más difíciles pero mejores- asegura Jai Ram.
Luego, el trabajo en el diván continuó, pero la imposición de manos habló más que mil descripciones, el canto y la música resultó más potente que el llanto, el masaje fue más revelador que la rutina simple de ejercicios, la meditación fue más transparente que la conversación, las cartas del tarot pusieron sobre la mesa elementos ignorados hasta ese momento.

Ricardo recapitula:

-Cuando llegaste te sentí muy débil. Lo primero que me nació fue contenerte, algo así como los primeros auxilios. Después me aboqué a darle espacio a la expresión atorada. Me dio susto el dinamismo que tomó: te casaste, te separaste, te embarazaste. Todo eso en un año. El tránsito fue de niña a mujer. Cuando te encontraste con tu padre, que era un tema pendiente, después de veintitantos años comencé a darme cuenta que estaba operando la sincronía.

Para Él la labor del terapeuta transpersonal es recordarle a la persona que es un ser divino y que lo que tiene afuera viene gestado desde su interior:

-La tarea es desbloquear para que la persona acceda a sus propios tesoros, integre sus sombras, desarrolle un ego sano, lo exprese y lo trascienda. Uno se puede desgastar eternamente en terapias, pero si no se conecta con la fuerza de la dimensión espiritual, los recursos pueden agotarse.

El trabajo posterior consistiría en resolver la polaridad ego-esencia, conflicto que se soluciona cuando “la” esencia se abre y contiene a “el” ego. Es lo femenino, el útero, quien recibe a lo masculino. La implicancia en la terapia es que no se trabaja para cambiar el ego, si no para integrarlo y aceptarlo. “Mientras más conectado con la esencia menos ego somos, y a fin de cuentas reconocemos que nuestro conflicto no es tan dramático”. Y si bien, las transformaciones pueden producirse, se gestan a partir de la aceptación.

En ese ámbito, el trabajo de vidas pasadas resulta un material interesante y significativo para el cambio. La figura es la experiencia, pero en el fondo hay un tema, que es lo más importante.

-Cuando te reconoces en otro cuerpo, otro sexo, en otra cultura y dices ese-soy-yo hay un paso en discriminar cuál es tu esencia, es una experiencia por contraste que trasciende al ego: todo lo externo ha cambiado y me he encontrado conmigo- explica.

 

FE QUE MUEVE MONTAÑAS

Contactarse con lo transpersonal es contactarse con un poder y con reconocer también que hay cosas que no podemos resolver si no recurrimos a esta fuente. Porque al saberse un ser determinado y trascenderlo, la angustia disminuye. Según Ricardo, esta mirada resulta útil en asuntos tan cotidianos como las crisis de pareja o los conflictos con los hijos: hay algo que trasciende la confrontación y el ajuste diario.

-Eso de que la-fe-mueve-montañas no es una frasesita así no más. El poder de caminar por el fuego, desafiar las leyes fisicoquímicas, movilizar energías llamadas paranormales en telepatías o telekinesis, habla de que no estamos sólo frente a un juguetito, sino que estamos frente a un territorio que necesitamos habitar y habilitar.

En ese estado no existe tiempo. Somos libres y responsables de que vivimos aquí y ahora.

-El siquiatra judío-austriaco Víctor Frankl es una muestra de ello cuando eligió vivir, en vez de echarse a morir en Auschwitz, a pesar de que por su contextura frágil era candidato seguro a la cámara de gases.

Para Ricardo la lección es que hubo amor detrás de las púas, porque se puede cambiar si asumimos el eterno presente que estamos viviendo.

-¿Puede lo traspersonal convertirse en un estado evasivo?
-Puede ser hasta sicótico, pues existe mucha similitud entre los estados holotrópicos o esenciales y los estados de quiebre con la realidad. Y de hecho, muchos critican esta corriente por estar fomentando lo esquizoide. No obstante, el detalle radica en que el sicótico no tiene sólido los estadios previos (pre-personal, personal) integrados, no es capaz de asimilar la experiencia, pues la vive desde la escisión.

Para este terapeuta, el trabajo trascendental inclusivo sería diferente a un new age que se disuelve en una actitud disociadora, fracturada. Y relata su propia experiencia:

-Hay que tener ojo con ser cómplice de la evasión. Me pasó con un grupo, que era muy esotérico, que ocurría que cuando planteaba actividades espirituales todos participaban y la sesiones eran muy animadas, pero cuando planteaba actividades de tipo emocional todos enmudecían. Obviamente opté por trabajar desde lo más básico. Y muchos se fueron.

Dice que lo transpersonal tiene su base material: “no es el opio del pueblo”, subraya. No se trata de eludir el rol político, puesto que se asume lo social desde lo personal: “la revolución se gesta desde dentro, en un espiral centrífugo”.

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